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19/07/2013 07:30 CEST | Actualizado 17/09/2013 11:12 CEST

Síndrome del espejo IV: Las soluciones

Hemos visto los problemas que nos dan los espejos. Las soluciones habría que buscarlas en los que nos miramos en ellos, y deberían venir de la mano de la sabiduría, para conocer y admitir la verdad; de la bondad, para reconocer y tolerar los defectos; del equilibrio y del disfrute hedonista de la vida.

En las entregas anteriores hemos visto los problemas que nos dan los espejos. Veamos ahora las soluciones. La primera sería romperlos todos, pero... no es posible: los espejos se multiplican, se diversifican, se imponen. Luego las soluciones habría que buscarlas en los que nos miramos en ellos, y deberían venir de la mano de la sabiduría, para conocer y admitir la verdad; de la bondad, para reconocer y tolerar los defectos y conflictos; del equilibrio en la higiene física y mental; y del disfrute hedonista de la vida.

Sabiduría: conócete a ti mismo

Dicen que Sócrates era un hombre sabio y feo, y, aunque en su época no había muchos espejos, "exhortaba a los jóvenes a que se mirasen frecuentemente al espejo, a fin de hacerse dignos de la belleza, si la tenían; y si eran feos, para que disimulasen la fealdad con la sabiduría".

Y es que los espejos son sabios si el que se mira sabe hacerlo sabiamente, pero casi nunca lo hacemos, pues no queremos saber la verdad, sino recibir una opinión favorable.

Pero los espejos pueden ser utilizados como instrumentos de auto-terapia, pues sirven para reflexionar ante ellos de forma inteligente y sensata. El uso inteligente del espejo es eficaz, se lo asegura uno que lo hace cada día, pues te permite conocerte mejor a ti mismo, el método por excelencia para alcanzar la virtud equilibrada y sabia.

Luego, tu espejo es tan listo como lo seas tú. Aprende a mirarte inteligentemente, y tu espejo será sabio y justo.

Bondad: sé generosamente egoísta

En 1987 se descubrieron las neuronas espejo que se activan cuando observamos a alguien haciendo algo y reproducen lo que otros hacen y sienten. Ese mecanismo nos permite reconocer, entender y comprender a los demás, es decir practicar la empatía. Gracias a ellas podemos elaborar una teoría de la mente ajena y ser amables y generosos con los demás.

Podemos aprovechar estas neuronas para ayudar empáticamente a la persona que vemos en el espejo. La actitud de autoconocimiento inteligente, unida a ésta aceptación empática de sí mismo, podemos aplicarla a la imagen que vemos en el espejo. Eso sí, la compasividad no debe ser pasividad, la tolerancia no puede ser abandono y la autoaceptación debe ser autoexigente.

Luego, aprende a ser bondadoso, comprensivo y empático con esa persona que ves cuando te miras al espejo, y te sentirás mucho mejor.

Equilibrio: nada en exceso

Si tuviera que resumir en una frase el método más eficaz de prevención de enfermedades elegiría nada en exceso. Es la higiene basada en la moderación y el equilibrio. Pero esas palabras suenan a aburrimiento y cuando la higiene es aburrida, no se hace. Lo contrario ocurre con el prototipo de belleza imperante, que es atrevido y divertido, aunque se le acuse de poner en riesgo la salud. El motivo es el exceso, la hybris, la desmesura. Por eso, cuando la belleza se convierte en lujorexia y mercadotecnia ejerce una malsana influencia sobre ciertas personas débiles que acaban teniendo problemas de salud al caer en el círculo vicioso del autocontrol rígido de su cuerpo y su imagen. Pero el uso de los espejos como instrumentos terapéuticos representa una oportunidad de corregir distorsiones y mejorar la autoestima mediante la aplicación de las recomendaciones previas, sabiduría y empatía, y la mesura y el equilibrio.

Hay que romper el círculo neurótico, dejar la autoevaluación en detalles o partes que nos desagradan y que generalizamos a toda la persona: "Si mi barriga es gorda, yo soy gorda, luego fea, luego...." Hay que aprender a hacer evaluaciones globales, a desplazar la atención desde partes del cuerpo menos agraciadas al conjunto de la corporalidad, a fijarse más en la actividad y las relaciones y menos en la estética, y, sobre todo, a no obsesionarse con la figura. Seamos moderados en el uso del espejo, practiquemos ejercicio, velemos por la dieta, pero no nos desvelemos por nada de ello.

Luego, sé mesurado, pero no aburrido; practica la higiene, pero no te esclavices a ella; haz ejercicio, pero no te agotes; mírate al espejo, pero no te escrutes hasta los mínimos detalles, y te verás mejor.

Disfrute hedonista: aprende a reírte de ti mismo

Conozco un espejo feliz, pertenece a una mujer madura pero aun pinturera, que cada mañana cuando se mira se hace un guiño a sí misma. Es una mujer sofisticada y lista, más atractiva que bella, que me consultó deprimida por el síndrome de los 40. Le prescribí pastillas y la terapia del espejo. Pilló el mensaje al vuelo y desde entonces su espejo es tan feliz como ella misma.

Luego, aprende a pasar tus asuntos estéticos por el filtro del buen humor, y piensa, como Tomás Moro, que: "Bienaventurados los que saben reírse de sí mismos, porque tendrán diversión para rato".

Y para acabar, he aquí algunas moralejas contra tantos espejismos:

Moraleja 1: Entre cada persona y su espejo siempre está el amor propio y el de los demás. Ambos se sienten y se padecen, se reciben y se dan, y siempre aumentan cuando se entregan.

Moraleja 2: La belleza es deseable y positiva, pero es una condición mutable y relativa, y poseerla nunca es garantía de felicidad.

Moraleja 3: Los espejos son extraordinarios, pero peligrosos. Si los observas muy fijamente siempre te muestran defectos, y si no aprendes a interrogarlos no te responden con bondad y generosidad.

Moraleja 4: No eres responsable de la cara que ves en tu espejo, pero sí de la cara que pones ante él.

Moraleja 5: Dispensemos a los espejos, son mágicos pero no milagrosos, inanimados pero no insensibles, inclementes pero no injustos, y aunque parezcan severos no son tristes, como lo demuestra el espejo de la corista, que cuando ella le pregunta siempre le responde: "Se te ve el plumero".

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