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20/09/2014 09:58 CEST | Actualizado 19/11/2014 11:12 CET

Un viaje peligroso

artículoY fue entonces cuando me lo contó todo. Me lo disparó a bocajarro. Yo no daba crédito, estaba muy confuso y la ginebra no ayudaba precisamente. Le hice mil preguntas. Me las contesto todas.Al principio pensé que iba de farol. La profusión de detalles me confirmo que no. Me quedé completamente helado. En puro y duro estado de shock.

"Se buscan hombres para viaje peligroso. Sueldo escaso. Frío extremo. Largos meses de completa oscuridad. Peligro constante. No se asegura el regreso. Honor y reconocimiento en caso de éxito".

Anuncio insertado el año 1907 en el diario londinense "The Times" por el explorador de la Antártida Ernest Shackleton.

-¿Es tuyo eso?--pregunté sorprendido al camarero, señalando la postal clavada con una chincheta en la pared con el anuncio original de Shackleton. Casi no se veía, estaba justo detrás de la máquina de café, entre un cuadro de publicidad de la bebida de la chispa de la vida y una horrorosa fotografía aérea de aquel bonito pueblo en el que me encontraba.

-Sí, claro--contestó el tipo mientras secaba con un paño los vasos empapados que iba sacando del fregadero--. ¿Conoces la historia?

-¡Por supuesto!--exclamé emocionado--. Es la cita de apertura de mi novela. Soy muy de Shackleton, su historia es increíble.

-Posiblemente el aventurero más importante del siglo XX. ¿Eres escritor?--me preguntó sorprendido--.

-Guionista. Series de televisión. Pero ahora voy a empezar una novela.

-No veo nunca la tele--contestó con desgana--. Me aburre soberanamente.

-Pues ya somos dos. Solo veo series americanas, todo lo demás me trae absolutamente sin cuidado. ¿Sabes que respondieron más de cinco mil personas?

-¿A qué?--dijo mientras me ponía una cerveza en la barra y él atacaba la suya.

-Al anuncio. Al anuncio de Shackleton. ¡Cinco mil tíos!-- comenté antes de dar el primer trago a mi quinta cerveza de la mañana--. Imagínate que se publica ese anuncio ahora...

-Le habrían denunciado los del sindicato exigiendo el cumplimiento riguroso del convenio. ¿De qué va tu novela?

-De un agente secreto del CNI. Novela negra.

-Vaya...--respondió el camarero con curiosidad--. Avísame cuando la publiques para comprarla, me gustan mucho las novelas de espías. ¿Cómo se llama?

-La suerte de los irlandeses.

-¿Como Shackleton?

-Así es, como Shackleton. Un tipo como ese solo podía ser irlandés de pura cepa. Amo Irlanda y a los irlandeses.

-Yo también, estuve un par de años viviendo en Dublín, son una gente estupenda. ¿Quieres comer algo?

-Lo que me pongas me vale--dije dolorido mientras bajaba con cuidado la pierna vendada de la banqueta--. Tengo un hambre de la hostia, deben ser las medicinas.

-¿Te valen un par de huevos fritos con chorizo?

-Te lo compro inmediatamente. Y si le añades unas patatas fritas y tres o cuatro pimientos verdes te hago la ola.

-Pues claro coño, sin problema. Siéntate anda, ahora te lo llevo todo--dijo mientras se metía en la pequeña cocina situada junto a la barra del bar.

Cogí las muletas y fui dando saltos hasta la mesa sin apoyar la pierna en el suelo. Me senté en una de las sillas y comencé a ojear el periódico del día, confieso que con poco interés. Había salido de Roncesvalles diez días atrás con la intención de hacer el Camino de Santiago a lo largo de un mes, era el plan perfecto para desconectar del mundo antes de encerrarme a escribir mi novela. Pero como dijo John Lennon, la vida es eso que te pasa mientras estas ocupado haciendo planes. Me había levantado esa mañana en la litera del albergue completamente cojo con un dolor horrible en la pierna derecha. "Tendinitis--dijo el médico del pueblo sin inmutarse-. Os ponéis a hacer treinta kilómetros diarios como si nada y claro, a la semana os rompéis. Cuatro días de reposo, vendaje y antiinflamatorio--dijo con desidia mientras garabateaba la receta de la medicación con una letra completamente ilegible para cualquier ser humano--. Y paciencia, mucha paciencia."

"La madre que me parió", pensé. Poco podía hacer. Me resigné a seguir puntualmente los consejos del médico y decidí convertir el bar de aquel pequeño albergue de peregrinos en mi dulce hogar durante cuatro o cinco días, hasta que mi pierna se recuperara y pudiera retomar mis planes. Llegaron los huevos fritos, tenían una pinta extraordinaria. Cogí un trozo de pan y lo mojé en una preciosa yema completamente naranja. "Paciencia", pensé. "Sobre todo mucha paciencia". Lo que aun no sabía en ese momento es que el genio de The Beatles tenía razón por partida doble, y que aquella ruta por el Camino de Santiago iba a terminar convirtiéndose en un viaje peligroso. Un viaje muy peligroso que cambiaria para siempre el resto de mi vida.

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Dos botellas de Rioja. Un kilo de cordero. Un par de tomates. Una cebolla. Un pimiento rojo. Dos cabezas de ajo. Laurel. Pimentón. Perejil. Vino blanco. Aceite. Si, lo llevaba todo. Caldereta de cordero a la extremeña, una de mis especialidades. Salí de la tienda de ultramarinos del pueblo y me puse en marcha hacia el albergue cargado con las bolsas. Mi pierna seguía aún algo tocada, pero el descanso había surtido efecto y ya podía andar casi perfectamente. A la mañana siguiente continuaría mi viaje hacia Santiago, pero antes quería invitar a cenar a Emilio, el camarero del albergue que me había cuidado como un padre durante mis largas y aburridas jornadas en el dique seco. Me había dado de desayunar, comer, merendar y cenar durante cuatro largos días en los que nos habíamos contado nuestra vida de cabo a rabo a razón de quince o veinte cervezas diarias. Ese camarero era un tipo extraordinario. Le estaba muy agradecido y habíamos quedado para cenar esa noche en el albergue cuando cerrara el bar a eso de las once.

Pasé toda la tarde en la pequeña cocina situada junto a la barra, escuchando el griterío de los peregrinos en el bar después de una dura jornada de Camino, mientras observaba cocer el cordero lentamente y mi amigo y yo consumíamos cervezas a un ritmo bastante similar al del primer día del Oktoberfest. Según Emilio echó el cierre, comenzó la fiesta. Fue una magnifica velada. Devoramos el cordero y las dos botellas de vino como dos viejos amigos. Contamos mil anécdotas y hablamos de futbol, de libros y películas. Recordamos Irlanda. Cantamos canciones. Añoramos antiguos amores. Creo que fue al cuarto o quinto gintonic cuando me preguntó por mi novela. "Te puedo ayudar mucho", me dijo. "¿En qué?", pregunté ya bastante borracho sin saber muy bien a que se refería. "Coño, ¿no me dijiste que era de espías?", dijo muy seguro de sí mismo con una lengua de trapo completamente acartonada. "Si claro. ¿Y?", contesté economizando al máximo mis palabras, dada la escasa velocidad a la que circulaban las ordenes desde el cerebro hasta mi boca. Y fue entonces cuando me lo contó todo. Me lo disparó a bocajarro. Yo no daba crédito, estaba muy confuso y la ginebra no ayudaba precisamente. Le hice mil preguntas. Me las contesto todas. Al principio pensé que iba de farol. La profusión de detalles me confirmo que no. Me quedé completamente helado. En puro y duro estado de shock.

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Amanecí tarde, serían las doce de la mañana. La resaca que me acompañaba era de magnitud siete en la escala de Richter, pero a pesar de ello me vino inmediatamente a la cabeza la conversación con Emilio. Al fin y al cabo soy escritor, una esponja de vidas humanas. Me tiré de la litera a toda velocidad, directo a por un café y una aspirina, mientras decidía camino del bar aplazar un día más la continuación de mi viaje. Ya era media mañana, no estaba en condiciones de dar dos pasos seguidos cargado con una mochila de veinte kilos y quería hablar tranquilamente con aquel camarero que me había contado la noche anterior la historia más alucinante que había escuchado en mi vida.

Pero cuando llegué al bar mi confidente no estaba. Había una señora cincuentona detrás de la barra preparando bocadillos. "¿Y Emilio?", pregunté. "Ya me gustaría a mí saberlo. No ha venido a trabajar, le estoy llamando al móvil y no coge el teléfono. Es muy raro, no ha faltado ni un solo día en cinco años." "Estará de resaca", pensé para mí. Tomé tres cafés, dos aspirinas, un par de cervezas y un bocadillo. Pero dieron las tres de la tarde y Emilio seguía sin comparecer. Me fui a dormir la siesta para intentar paliar el dolor de cabeza, pero cuando me desperté a las ocho y volví de nuevo al bar aquel camarero seguía desaparecido. Cené algo haciendo tiempo, ya bastante preocupado, pero cuando dieron las once y cerraron el bar mi amigo continuaba sin aparecer por ningún lado. Y a la mañana siguiente cuando me levanté, también. Retomé mi viaje y me puse en marcha hacia Santiago, dándole todo el día mil y una vueltas a la historia que me había contado aquel tipo a través de los bellos senderos arbolados de aquel tramo del Camino. Cuando finalicé la etapa del día llamé de nuevo al albergue para saber de su vida. Me dijeron que no había vuelto, que no sabían nada de él. Lo mismo hice al acabar el viaje, con la Compostela en la mano, en la misma puerta de la Catedral. Emilio seguía desaparecido. Más de tres semanas después, no habían vuelto a saber nada de él. Hice un último intento al regresar a mi casa un par de días más tarde con el mismo resultado. Nunca volvieron a saber en aquel albergue del bueno de Emilio. Había desaparecido al día siguiente de nuestra cena, y al parecer todo apuntaba a que su huida tenía carácter definitivo. Ya no me preocupé por él. Sabía perfectamente lo que había sucedido.

Comencé mi novela una semana después. Pero no la que tenía prevista. Hice caso a Lennon y cambié de planes. Tenía que contar la historia de aquel tipo al que traicionó el alcohol una mala noche y tuvo que huir a la mañana siguiente para salvar su vida. La de un agente de los servicios secretos persiguiendo a un terrorista de ETA infiltrado en el CNI. La historia de un viaje peligroso. La historia de Emilio. Mi intuición me decía que iba a tener suerte. La buena, la mala o ninguna de las dos. La suerte de los irlandeses. Y así fue...

J. L. Rod es autor de La suerte de los irlandeses (Ediciones B)