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18/09/2012 19:34 CEST | Actualizado 18/11/2012 11:12 CET

La aristócrata y el comunista

¿Uno más? Se debe ser de pasta especial para ser durante tantos años y en condiciones tan difíciles secretario general de un partido que sufrió purgas, crisis internas, caídas, deserciones, erráticos cambios de rumbo... ¿Se debe de ser, por ejemplo, mucho más duro, despiadado incluso, de lo que aparenta Carrillo puertas afuera?

Fragmento de "La aristócrata y el comunista: una historia de la Transición", un largo relato publicado al cumplirse el pasado mes de abril 35 años de la legalización del PCE. Puede leerse íntegro en Lamentable.org.

Febrero de 1975. París. Un pequeño piso de seguridad del Partido Comunista de España. El secretario general del PCE se somete a una entrevista a lo largo de varias tardes. Transcrita, la entrevista ocupó 120 folios que el vértigo político que vivió el país quemaron antes de llegar a la imprenta.

Le conté a Carmen (Diez de Rivera) que la habitación era austera: una mesa circular y media docena de sillas. La iluminación, escasa. Carrillo llegó siempre precedido de un guardaespaldas y en las muchas horas de conversación no cesó de mover su pierna izquierda y de extraer con dos dedos de su mano derecha cigarrillos que tenía en la cajetilla de uno de los bolsillos de su chaqueta.

-¿Y por qué no dejaba la cajetilla encima de la mesa? -me peguntó Carmen, práctica como casi todas las mujeres.

-Interesante pregunta que espero le formules el día que te lo presenten.

Seguí contándole a Carmen que Carrillo extraía cigarrillos con precisión logística. A lo largo de las cuatro horas diarias de conversación se levantó de la silla una sola vez cada una de las tardes: siempre se levantó cuando oscurecía y la habitación iluminada ofrecía un blanco perfecto un francotirador situado en una de las ventanas del edificio levantado en la acera de enfrente. Carrillo, sin dejar de hablar, se acercaba a la ventana y con la naturalidad del que está habituado a hacer estas cosas bajaba la persiana metálica no sin antes dar una ojeada a la calle, que la que estaba aparcado un coche de negra carrocería, siempre con un hombre de aspecto taciturno al volante.

Una tarde, Santiago Carrillo llegó muy contento. En una de sus manos sostenía una botella de Tío Pepe. De la otra mano colgaba su cartera de mano, de piel negra y con esas. "La botella me ha regalado un camarada que ha venido de España", me dijo. Luego, añadió eufórico: "Ya queda poco tiempo para que me tengan que traer este tipo de obsequios". O sea que piensa volver pronto a España, le pregunté. Me respondió que sí.

La última imagen que Carrillo conservaba de España era de 1939: la imagen de combatientes de las Brigadas Internacionales intentando crear a la desesperada una línea sobre el Ter. Esa imagen se superponía, se fundía con el recuerdo del momento en el que cruzó la frontera junto a restos de un ejército republicano en plena desbandada y una población civil aterrorizada y hambrienta.

Carrillo tenía entonces veintiún años y experiencia sindical y política desde los trece. Ya había estado tres veces en la cárcel y reconocía que, probablemente, era puritano y menos humano, como sucede generalmente con los jóvenes.

-Pero bueno, Carmen, esto es largo. Te enviaré una copia de lo que me dijo. Comamos quisquillas.

Se la envié. Carmen pudo leer mi versión de Carrillo antes de conocerle personalmente.

"Se cruzan muchos tipos de fronteras a lo largo de una vida. Antes de cruzar la frontera geográfica Carillo cruzó la frontera ideológica: de las Juventudes Socialistas pasó al comunismo. ¿Una traición? Durante muchos años, Rodolfo Llopis, secretario general del PSOE en el exilio mantuvo esa denuncia. A Carrillo le parecía una memez. Traición, me decía, habría sido si el siete de noviembre, con Madrid cercado, él se hubiese pasado a los fascistas. ¿Pero de qué traición podía hablarse si en el momento más difícil del Madrid sitiado asumió más riesgos al ingresar en el PCE? 'Yo no gané nada; arriesgue mucho más que si hubiese continuado siendo un joven socialista. Ocurrió que las Juventudes Socialistas eran la izquierda del partido, estaban ligadas a Largo Caballero y creían en la unidad de la izquierda para hacer frente al fascismo. De haber querido hacer carrera en el PSOE estaba mejor colocado que nadie. Pero me fui, nos marchamos muchos al PCE y la prueba de que no lo hicimos para medrar está a la vista: la mayoría de los hombres fusilados por la dictadura de Franco eran dirigentes comunistas clandestinos que habían militado en las Juventudes Socialistas y en 1936 se pasaron al PCE'.

En sus años de exilio, pasados básicamente en Francia, pero también en Bélgica, la Unión Soviética, México, Estados Unidos, Argentina, Portugal, África del Norte y Cuba, Carrillo utilizó diferentes identidades. Una temporada fue Miguel Urrutia porque la documentación que tuvo en su mano tenía ese nombre y ese apellido, como ocurrió cuando pasó a ser López Asís. Pero también se llamó simplemente Pedro o monsieur Giscard porque su esposa había vivido en l'Auvergue y ese apellido era corriente allí. Giscard fue el apellido escogido por los Carrillo cuando llegó el momento de inscribir a sus hijos en la escuela y Giscard fue la familia Carrillo hasta 1968, año en el que lograron legalizarse en Francia con su apellido, aunque el amable peluquero de su barrio le siguió llamando monsieur Giscard pese a que ya sabía que le estaba cortando el pelo a monsieur Carrillo.

Me hablaba ya Carrillo, en las frías tardes del París de 1975, de temas a los cuales siguió siendo fiel al regresar a España y liderar el legalizado PCE: compromiso histórico a la italiana para aglutinar a las fuerzas democráticas y espíritu de reconciliación alejado del revanchismo. Plantear represalias creía que volvería a despertar en los españoles demonios que podían retrotraer al país al ciclo de la violencia. También estaba convencido de que los problemas nacionales de Cataluña, el País Vasco y Galicia sólo cabía pensar que tendrían solución en el ejercicio del derecho de autodeterminación. 'Je, je, je' rió Josep Tarradellas sentado en su butaca preferida en el destartalado, gélido salón en invierno de su casa en la Turena cuando le conté esto último. 'Carrillo no ha entendido nunca la política catalana. Ocurre que en puntuación de cero a cincuenta él se coloca en veinticinco y los restantes dirigentes comunistas no suelen pasar de dos', añadió el cáustico anciano cuando se le pasó el acceso de hilaridad al que no era propenso. Tarradellas era de sarcasmo, de ironía, de retranca. No de risa.

Carrillo fumaba dos cajetillas diarias de cigarrillos. Rubio, porque el médico, que siempre solía aconsejarle lo que Carrillo quería que le aconsejara, le había dicho que el tabaco rubio era menos dañino que el negro. No paraba de mover las piernas mientras hablaba aunque decía que a él los nervios le repercutían en el estómago y las piernas eran simplemente las tuberías por las que dejaba escapar la corriente nerviosa.

Llopis le llamaba Carrillito, lo que para Carrillo era signo inequívoco de que el reloj biológico del ya anciano dirigente socialista se había parado en los años treinta, cuando Carrillito tenía pocos años. 'Llopis está en una peligrosa fase de chochez y el PSOE ha hecho bien sacándoselo de encima', me comentó Carrillo, al que empezaron a llamarle don Santiago cuando en 1946 pasó a ser miembro del Gobierno republicano en el exilio. A él nunca le gustó lo de don y siempre prefirió que le llamaran simplemente Santiago porque, decía, no era sino un camarada, un amigo más.

'¿Amigo? ¿Dijo amigo?", rió a carcajadas Jorge Semprún al explicárselo. Había entre ellos dos, y también entre Carrillo y Fernando Claudin, la vieja cuenta pendiente de su expulsión del partido. 'Carrillo sólo ha sido amigo de sí mismo', añadió Semprún. ¿O quizás Claudin? No lo recuerdo.

En cierto modo coincido con ellos, Carmen. ¿Uno más? Se debe ser de pasta especial para ser durante tantos años y en condiciones tan difíciles secretario general de un partido que sufrió purgas, crisis internas, caídas, deserciones, erráticos cambios de rumbo... ¿Se debe de ser, por ejemplo, mucho más duro, despiadado incluso, de lo que aparenta Carrillo puertas afuera? Era curiosa su falta de reflejos ante preguntas que se salían del contexto estrictamente político como ¿es cierto que tiene una guardia pretoriana?, ¿qué le gusta, al margen de la política?, ¿cuánto tiempo hace que no ha ido a bailar?, ¿cuántas mujeres han pasado por su vida?... Carrillo daba una calada al cigarrillo y preguntaba ¿eh ...? , viejo truco del entrevistado en apuros para ganar tiempo para pensar una respuesta forzando al entrevistador a reformular la pregunta que su interlocutor ha entendido perfectamente en primera instancia.

Las respuestas a las preguntas políticas Carrillo las tenía programadas. El comunismo aceptaba, como parte del patrimonio común, lo que de bueno hay en la cultura burguesa. Se ha de acabar con el mito de que el patriotismo es propio de la derecha. Se ha de ser capaz de admitir que gente que ha estado picoteando a los comunistas durante cuarenta años pasen a la democracia al mismo tiempo y con los mismos derechos que los picoteados. Los comunistas debían admitir que pasó el tiempo de la toma de los palacios de invierno porque en los países desarrollados de Occidente el acceso del socialismo al poder a través de las vías democráticas y no revolucionarias permitirá construir un mundo más avanzado socialmente que el de la Unión Soviética y países de su área de influencia. La burguesía repite que cuando los comunistas acceden al poder asfixian las libertades, pero no dice nada de los momentos en los que la burguesía, en defensa de sus privilegios económicos, barrió las libertades.

En el París frío, húmedo y gris de febrero de 1975 el hombre de baja estatura y mirada vivaz se me mostró sólo por un momento como un ser humano aquejado de nostalgia. Fue, minutos fugaces de debilidad, cuando me explicó que el día que regresase definitivamente a España viajaría, sólo, a Gijón y Avilés, sus dos ciudades de infancia, para reencontrarse con parte de su pasado, el del niño que hacía travesuras en las calles y el adolescente que soñaba con ser ingeniero y no fue hasta llegar a Madrid que descubrió que no podría serlo porque su familia no tenía los 35 duros que, creía recordar, debían pagar para cursar el bachillerato y por eso Carrillito dejó los estudios y se metió a trabajar en una imprenta, de la imprenta pasó al periodismo y, como tantos otros en la España de aquellos años, del periodismo pasó a la política, suponiendo que en aquella época el periodismo y la política estuviesen disociados.

Lucía en la muñeca un hermoso reloj de oro. Un reloj que no podía comprarse un hombre que como secretario general del PCE cobraba 1.500 francos mensuales. Carrillo se sacó el reloj de la muñeca. Me mostró el dorso, con una dedicatoria del que le había regalado el reloj: el presidente de Corea del Norte. Todavía vivía buenos tiempos el heterogéneo y en algún caso heterodoxo Movimiento Comunista Internacional que, a falta de servir para aglutinar una política común, servía como espacio de intercambio de experiencias que Carrillo valoraba.

Era consciente de lo muy complejo de la época. 'En las condiciones de hoy es inimaginable que surjan unos Carlos Marx o Engels, hombres de una época en la que, siendo culto, se podía tener una buena idea de conjunto de los avances científicos, de la economía, de las ciencias sociales. Hoy, todo está muy fragmentado. Es imposible que el hombre acumule todo el saber que hace falta para elaborar una teoría como la que pudo elaborar Marx. Los líderes políticos de hoy juegan un papel, pero dependen en última instancia de grandes equipos de asesores y del fluctuar de las culturas de masas, inmersas en vertiginosas transformaciones sociales que en muchos casos desbordarán a la clase política. Más que en un tiempo de crisis de líderes estamos inmersos en tiempo de crisis de la sociedad'

Estaba Carrillo implicado por entonces en el conflictivo diálogo cristiano-marxista. No le preocupaba el hecho de que un cristiano que ingresase en el PCE continuase siendo cristiano o dejase de serlo. Incluso diría que le daba cierto miedo que en algunos casos dejasen de ser cristianos 'porque entonces a lo mejor un día dejan también de ser comunistas'.

Me contó una historia. 'Una vez vino a París un comité provincial del partido. Venían a discutir algunas cosas. Con gran sorpresa por mi parte uno de los miembros de aquel comité era sacerdote. No me pareció muy bien, pero a lo largo de los tres días de conversaciones mantenidas con él percibí que aquel sacerdote había dejado de ser creyente pero seguía siendo sacerdote por cobardía o comodidad. Hablé seriamente con él. Le expresé mi opinión de si había perdido la fe debía dejar el sacerdocio, que no podía seguir engañando. Y él lo entendió'.

Fue un hecho, Carmen, y tú lo sabes tanto como yo, que en los sesenta gran número de cristianos ingresaron o simpatizaron con el PCE. ¿Por qué? Cabe pensar, y creo que coincidirás conmigo, que llegaron al comunismo impulsados por su idea de que la religión estaba ligada a un aspecto ético de la lucha por la justicia social. Fue en ese sentido que Engels reflexionó sobre la semejanza entre los cristianos y la Primera Internacional. Carrillo lo entendió. Hay una anécdota divertida sobre este asunto que tantos quebraderos de cabeza provocó a la jerarquía católica. Ya legalizado el PCE, Carrillo participaba en un mitin. Al finalizar, cogió el micro y dijo dirigiéndose a los asistentes: "Me indican unos camaradas encargados del servicio de orden que los hermanos que hayan perdido unos rosarios los pueden pasar a recoger al pie de la mesa presidencial".

Por los días en que nos veíamos a media tarde Carrillo había ido al cine para ver Emmanuelle. No le gustó. Había visto también los cuentos de Boccacio filmados por Pasolini. Me aseguró, textualmente, que había reído como un loco.

Las conversaciones acabaron una tarde en la que por primera vez a lo largo de aquellos días lució el sol en las calles de París. Me dijo Carrillo, en el momento de despedirnos:

-Hasta pronto, en el sol de España.

-¿En qué tiempo fija ese "hasta pronto"? -le pegunté.

-Nos felicitaremos personalmente las Navidades en Madrid.

No te canso más, Carmen. Cumplí mi palabra. Un beso.

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