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20/10/2015 21:07 CEST | Actualizado 20/10/2016 11:12 CEST

"Los virus de Hussein": la migración de refugiados hacia Europa

Necesito creer que la humanidad, solidaridad y generosidad de Hussein son como virus y se contagian. Que algún día los poderosos que deciden con cierta arbitrariedad sobre las vidas de otras personas (desde sus grandes despachos o cenas copiosas en restaurantes caros) se van a "infectar" de los virus de Hussein. Quizás entonces las cosas sean un poco mejor.

Hace poco más de un mes, el 14 de septiembre, llegué a la ciudad de Roeszke, al sur-este de Hungría, donde me integré como Coordinador Médico al equipo de Médicos Sin Fronteras España (MSFE). Desde el lunes anterior MSFE había instalado un centro médico con cuatro tiendas de campaña para poder atender a los refugiados que comenzaban a llegar desde Serbia, a través de la frontera de Horgos.

La mayoría venían de Siria, pero no eran los únicos; personas de Afganistán, Pakistán, Iraq, Irán e incluso del Sahel y África Subsahariana, huían de las eternas y devastadoras guerras en sus países. Llegaban familias enteras, agotados de tanto caminar, exhaustos, con caras de extenuación. Aunque la mayoría eran hombres, también había muchas mujeres, niños y bastantes ancianos. Cada caso era diferente: una familia paquistaní, que traía a la abuela en silla de ruedas, o unos chicos que cargaban con su hermano parapléjico en una camilla desde Kabul... Familias enteras buscando una nueva y segura vida en Europa.

El campo de Roeszke al fondo, desde la línea fronteriza entre Hungría y Serbia. La gente con chalecos son voluntarios que daban agua y comida a los refugiados que llegaban (Foto: Jota Echevarria)


En un descampado, a un kilómetro de la línea fronteriza, se iba formando, poco a poco, un "campo-camping" de refugiados. De 2.000 a 3.000 nuevas personas llegaban cada día. Portando apenas una mochila como equipaje, se instalaban en tiendas de campaña despegables (de las que encuentras en las tiendas de deporte) donadas por organizaciones de voluntarios que también les proveían de comida y botellas de agua.

La noticia de este gran asentamiento circuló rápidamente por los medios de comunicación. El miércoles 16 de septiembre había más de 12.000 refugiados y algunos centenares más entre periodistas, organizaciones humanitarias y de voluntarios, y diferentes Organizaciones No Gubernamentales.

El campo de refugiados de Roeszke el 22 de septiembre, horas antes de ser vaciado (Foto: Jota Echevarria)


Las autoridades tomaron dos decisiones: la primera fue instalar una valla de alambre metálico a lo largo de toda la línea fronteriza, con la idea de cerrar las posibles vías de entradas y poder, así, dirigir todo el flujo hacia un pequeño paso que daba al campo de Roeszke. Y la segunda fue negociar con países vecinos la evacuación de esta población foránea que, según la televisión húngara, era incomoda, ya que dañaba seriamente la economía y bienestar del país. Finalmente el gobierno de Hungría decide cerrar definitivamente las fronteras con Serbia, a partir del miércoles 23 toda persona que se  encuentre en territorio húngaro, sin tener la documentación correspondiente, será detenida por ser considerada ilegal.

Durante la noche del martes 22 el campo fue totalmente vaciado en apenas ocho horas, los refugiados fueron trasladados en autobuses (más de tres horas de espera sentados, sin poder bajar) hacía la estación de tren de Roeszke (donde también tuvieron que esperar dentro de los vagones, casi cuatro horas, sin poder abrir las puertas) para llevarles a la frontera con Austria. La población del campo pasó de más de 10.000 a unos cuantos cientos. A las 17:00 del miércoles 23, la policía valló el único punto que todavía permanecía abierto; la frontera fue completamente cerrada.

La estación de Roeszke, metiendo a los refugiados en los trenes. Al fondo a la izquierda los autobuses. (Foto: Jota Echevarria)


Panorámica de la zona de embarque de los refugiados en los trenes. Autobuses al fondo. A la izquierda la clínica de MSF y los puestos de asistencia de los voluntarios dando agua, mantas y comida. (Foto: Jota Echevarria)


Ante la baja presencia de los refugiados, en un par de horas desaparecieron los medios de comunicación, los equipos de voluntarios y las  organizaciones humanitarias. El equipo de MSF mantiene el centro médico en el campo y al mismo tiempo, con el permiso y colaboración de la policía, se monta una "tienda-clínica", con seis camas, y se organizan siete equipos médicos móviles en la estación. Gracias al acuerdo con las autoridades al mando, los refugiados que necesitan asistencia médica pudieron bajar de los autobuses y tren para ser atendidos por los equipos móviles o, en los casos necesarios, trasladados a la "tienda-clínica".

Sobre las 21:00 un policía nos avisa de que hay una persona tumbada en medio de las vías del tren, sin moverse. Uno de nuestros equipos se desplaza rápidamente y encuentra un anciano, en tal estado de agotamiento que no podía andar ni hablar, por lo que se le traslada a la "tienda-clínica" donde tras un reconocimiento médico se le acomoda en una cama

Todo ha terminado. El último tren con refugiados camino de la frontera Austria deja la estación a las 7 de la mañana del 23 de septiembre (Foto: Jota Echevarria)


Sentado en la cama de al lado se encontraba Hussein, el protagonista de mi historia, un joven afgano de 28 años, que estaba siendo atendido por el equipo de MSFE. Hablaba muy bien inglés y nos ayudaba como traductor con los pacientes de su país. También, en los pocos momentos de relajo, nos había ido contando su dura historia. Siendo un adolescente dejó su ciudad natal, Kabul, para ir a buscarse la vida a Suecia, donde tenía un pariente. Ya con 27, y algún dinero ahorrado, volvió a su país. Una triste vuelta al descubrir que toda su familia (sus padres y sus dos hermanas) había muerto en un ataque talibán que afectó a su negocio y vivienda familiar. Según  nos cuenta Hussein, alguien había señalado a su padre como colaborador de las "tropas de invasión". El motivo fue que su negocio, una tienda de yogures caseros artesanales de excelente calidad, tenía mucha clientela occidental. (Coincidencias de la vida, durante mi trabajo en Kabul en 2011 yo era uno de esos clientes)

Estando totalmente solo en un país donde se le podría considerar "non-grato", Hussein decidió volver a Suecia y para ello utilizó sus ahorros pagando, por él y sus tres mejores amigos, a las mafias que organizan estas "travesías".

Hussein vio al anciano encontrado en las vías y creyó reconocer a un compatriota. Se acercó a hablar con él, pero al principio pocas palabras pudo conseguir, ya que el hombre estaba totalmente ausente, los ojos entreabiertos y la mirada perdida. Al poco rato empezaron conversar, y así pudimos conocer la historia de este anciano, Ibrahim. Tenía 82 años, era de un pueblo cerca de Zaranj (próximo a la frontera con Irán) donde vivía con su familia: su hijo, nuera y dos nietos. Pero hacía ya cuatro años que tuvieron que huir de Irán por los continuos enfrentamientos en la zona.

Los protagonistas Ibrahim y Hussein (Foto: Jota Echevarria)


Su hijo, comerciante de pieles y jugador de buzaskhi (un deporte tradicional de Afganistán) había conseguido ahorrar dinero para pagar la migración a Europa de toda la familia, pero dos días antes de partir su hijo fue asesinado. El motivo fue robarle ese dinero con el que pensaban abandonar el país, pero no lo consiguieron. Por lo que Ibrahim decidió partir junto con su nuera y sus dos nietos rumbo a Europa.

Yo te voy a cuidar, tienes un hijo hasta que encontremos a tu familia

Tras un largo viaje, el cual iba por su tercer mes, lleno de agresiones, violaciones a su nuera, intentos de robo y muchos otros problemas, el día 22 cruzaron la frontera de Horgos por la mañana y se instalaron todos juntos en una misma tienda de campaña, a la espera de que les trasladasen a la estación.

 

Esa noche fue cuando comenzó el vaciado masivo del campo. Los refugiados fueron puestos en largas colas para ir llenando los autobuses y, después, trasladados a la estación de tren. Cuando esto sucedió Ibrahim estaba esperando turno para poder usar las letrinas. Al volver a la tienda su familia había desaparecido y nadie podía ayudarle porque él solo habla farsi. Finalmente un policía, ayudado por un intérprete, le dice que podrá encontrar a su familia en los autobuses o en los andenes del tren.

Casi seis horas después consigue subir a un autobús y llegar a la estación, pero una vez allí no le dejan bajar a buscarles. Nadie le entiende y nadie le presta atención. Tras varios minutos golpeando el cristal y haciendo gestos, el policía que custodia la puerta del autobús se apiada de él dejándole bajar entendiendo que quiere ir al baño. Ibrahim aprovechó para escapar e ir buscando autobús por autobús, sin éxito, y más tarde vagón por vagón, a la vez que se escondía de la policía. Tras cuatro horas buscando a su familia es cuando, agotado no solo del cansancio físico sino por la desesperación, se desploma en las vías del tren.   

Ibrahim y Hussein, junto a Jota Echevarría (Foto: Ana Lemos)


 

La actividad en la "tienda-clínica" era continua mientras Ibrahim y Hussein charlaban en una esquina donde estaba su cama.  En un momento de calma, me acerqué a la pareja para ver cómo estaban y cómo se podría ayudar. Husseín me contó (como siempre con una sonrisa de esperanza y sincero agradecimiento) que sus amigos habían recorrido el tren buscando la familia del anciano pero no habían conseguido ninguna información. Y que le había dicho a Ibrahim: "Yo te voy a cuidar, tienes un hijo hasta que encontremos a tu familia". Hussein y sus amigos adoptaron al anciano como a un padre, y no dejaron ni dejarían de cuidarle y consolarle mientras estuviera con ellos.

No volvimos a saber de ellos

Quiero pensar que en algún momento Ibrahim se reencontró con su familia. Y si no fue así, que por lo menos encontró una nueva que le devolviera la ilusión por vivir. No quiero ni pensar en que Hussein y sus amigos vayan a ser devueltos a Afganistán (porque Kabul no se considera zona de guerra) y de que Ibrahim vaya a quedarse solo otra vez.

 

Necesito creer que la humanidad, solidaridad y generosidad de Hussein son como virus y se contagian. Que algún día los poderosos que deciden con cierta arbitrariedad sobre las vidas de otras personas (desde sus grandes despachos o cenas copiosas en restaurantes caros) se van a "infectar" de los virus de Hussein. Quizás entonces las cosas sean un poco mejor.

 

Llevo más de 25 años trabajando en ayuda humanitaria como médico y te doy gracias Hussein, donde quiera que estés, porque en tan solo unas horas con toda tu humildad y tu imborrable sonrisa me enseñaste, sin pretenderlo, que la gente como tú es la que de verdad conoce el significado de palabras como solidaridad, humanitarismo, generosidad, ayuda desinteresada, entrega y tantas otras que nos llenan la boca al decirlas y que tu demuestras en un susurro.