La guerra en Irán entra en una fase imprevisible: más frentes abiertos, más actores implicados y una economía mundial en alerta
Israel bombardea Beirut tras un ataque de Hizbulá, las bolsas asiáticas arrancan a la baja, Reino Unido toma partido, China se pronuncia y el precio del petróleo se dispara. El tablero de juego va cambiando.

La guerra en Oriente Medio ha entrado en una dimensión completamente nueva. La escalada sigue creciendo. Esta madrugada, Israel ha lanzado una intensa oleada de bombardeos contra los suburbios meridionales de Beirut, el Dahye, bastión histórico de Hizbulá, en respuesta al ataque con proyectiles y drones que el grupo chií libanés había perpetrado horas antes contra el norte del estado judío. Las explosiones resonaron en distintos puntos de la capital libanesa y grandes columnas de humo se elevaron sobre el extrarradio sur.
El conflicto ya no se limita a Irán. El tablero de juego se agranda. Ya no es un intercambio concentrado entre dos actores. Hay mucho más. Es una guerra que suma frentes, multiplica implicados y empieza a sacudir la estabilidad económica mundial.
Desde el bombardeo conjunto de Estados Unidos e Israel contra la República Islámica, operación bautizada como Furia Épica, y la muerte del líder supremo iraní, el ayatolá Alí Jameneí, la escalada no ha dejado de intensificarse. Lo que parecía una ofensiva quirúrgica se ha convertido en un movimiento de placas tectónicas geopolíticas.
Irán responde. Israel intensifica los ataques. Hizbulá entra de lleno. Reino Unido se implica. Francia sufre daños colaterales. China condena. Australia toma posición. Las bolsas asiáticas caen y el petróleo se dispara. El tablero ya no es regional: es global.
Beirut vuelve a arder: el Dahye, de nuevo en el centro
El ataque sobre el Dahye no es simbólico, es estratégico. Se trata del corazón político y militar de Hizbulá, el enclave que ya fue duramente castigado durante la guerra entre septiembre y noviembre de 2024. Desde el alto el fuego acordado entonces, había sufrido ataques puntuales, pero no una ofensiva de esta magnitud.

El primer ministro libanés, Nawaf Salam, ha hablad de "irresponsable" a la hora de comentar el ataque lanzado este lunes por el grupo chií Hizbulá contra el norte de Israel y ha prometido que no dejará que el país sea arrastrado a un nuevo conflicto, poco más de un año después del final de la última guerra.
Israel, por su parte, ha descrito la operación como un "ataque selectivo" contra altos mandos del grupo chií en el área de Beirut. Además, ha asegurado haber alcanzado a otro responsable "clave" en el sur del Líbano. El objetivo no es únicamente castigar la agresión previa contra Haifa, sino debilitar la estructura operativa de Hizbulá y enviar un mensaje disuasorio claro y contundente.
El grupo libanés había atacado instalaciones militares al norte de Israel en lo que supuso su primera acción desde la entrada en vigor del alto el fuego. En su comunicado, justificó el ataque como una represalia por la muerte de Jameneí. La implicación directa de Hizbulá convierte a Líbano en frente activo de una guerra que ya desborda sus límites iniciales.
Y todo esto en un momento en el que el Gobierno libanés había intensificado contactos diplomáticos para evitar este escenario. No lo ha conseguido. Beirut vuelve a ser campo de batalla en un conflicto que trasciende sus fronteras. Veremos las consecuencias de este movimiento de piezas.
Teherán bajo presión constante
Mientras el frente libanés se reabre, Israel continúa golpeando en Irán. Las Fuerzas de Defensa israelíes han confirmado nuevas oleadas de bombardeos contra el "corazón de Teherán", la capital. Van dirigidos contra infraestructuras militares, depósitos de misiles y centros de mando.
La estrategia israelí es clara: destruir la capacidad ofensiva iraní antes de que pueda desplegarse. Desde el sábado, más de 200 personas han muerto en la República Islámica, según datos difundidos por la Media Luna Roja, entre ellas figuras clave del aparato militar.
La muerte de Jameneí no ha supuesto una pausa, sino una aceleración de la ofensiva. Washington sostiene que la operación avanza "más rápido de lo previsto", mientras Irán insiste en que mantiene intacta su capacidad de respuesta.
Teherán ha ampliado el radio de sus represalias. Misiles y drones han impactado en Emiratos Árabes Unidos, Catar, Baréin y Kuwait, países que albergan bases estadounidenses. En Emiratos se han registrado víctimas mortales y decenas de heridos.
La Guardia Revolucionaria asegura haber alcanzado objetivos estratégicos, aunque Washington ha desmentido algunos de esos impactos. Estados Unidos sí ha confirmado la muerte de tres militares desde el inicio de la ofensiva. Y Trump no ha tardado en avalanzarse sobre ello y amenazar a la Guardia Revolucionaria de que detengan sus ataques o afrontarán "una muerte segura".
El nuevo liderazgo iraní, por su parte, sostiene que su sistema de defensa descentralizado le permite seguir combatiendo sin depender de una estructura centralizada. Al mismo tiempo, a través de Omán, se había trasladado su predisposición a negociar, algo que ha negado el secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional de Irán, Ali Larijani, quien ha afirmado categóricamente que no negociarán con Estados Unidos.
Guerra y diplomacia conviven en la misma frase
Reino Unido da un paso al frente y Europa reacciona, algo que era inevitable conforme iban pasando los días y la guerra va creciendo. El primer ministro británico, Keir Starmer, ha anunciado una mayor implicación y ha autorizado el uso de bases británicas para acciones defensivas que incluyan ataques contra instalaciones iraníes. Poco después, explosiones sacudieron la base aérea de Akrotiri, en Chipre, declarada en estado de amenaza de seguridad, algo ya confirmado por el propio país insular.
Francia también ha reportado daños materiales en un hangar militar en Abu Dabi tras un ataque iraní con drones. El bloque formado por Francia, Alemania y Reino Unido ha advertido que podría colaborar con Estados Unidos en la neutralización de la capacidad iraní de lanzar misiles.
La Unión Europea pide moderación, pero se prepara para los diferentes escenarios que puede encontrarse en los próximos días y semanas. Sabe que el impacto económico y estratégico de una guerra prolongada sería profundo.
China ha condenado la muerte de Jameneí por considerarla una violación de la soberanía iraní y ha exigido el cese inmediato de las operaciones militares. Pekín, gran comprador de crudo iraní, observa con preocupación cualquier amenaza sobre el estrecho de Ormuz, una arteria energética clave para la economía global. Mientras las bombas caen, la importancia del dinero toma el control.
Australia, por su parte, ha dejado claro que no participará en ataques, aunque respalda impedir que Irán desarrolle capacidades nucleares. La ampliación de la asistencia consular para ciudadanos en la región confirma que la crisis ha adquirido dimensión internacional.
Los mercados, en alerta
Las bolsas asiáticas reaccionaron con descensos significativos. El Nikkei japonés abrió la jornada cayendo cerca de un 2%, el Hang Seng retrocedió más de un 1%, y los parqués chinos abrieron en rojo. El petróleo intermedio de Texas se disparó más de un 8%.
Las navieras han suspendido rutas por el estrecho de Ormuz y varias aerolíneas han cancelado vuelos debido al cierre del espacio aéreo regional. Cada día que pasa aumenta el riesgo de que el conflicto tenga consecuencias económicas globales más profundas. Desconocido o no, Ormuz es capital en la distribución mundial del petróleo, algo en lo que Estados Unidos ahora se siente más fuerte que nunca tras haber tomado el control del de Venezuela.
Las cuatro semanas de Trump
Donald Trump sigue en sus trece y ha señalado que la operación podría durar "más o menos cuatro semanas", y ha reconocido que habrá más bajas estadounidenses. Ha insistido en que los ataques continuarán hasta alcanzar todos los objetivos estratégicos. Al mismo tiempo, afirma que Irán quiere negociar. La ambigüedad forma parte del momento: presión máxima sobre el terreno, posibilidad de diálogo en paralelo.
Israel bombardea Teherán y Beirut. Irán ataca Israel y los países del Golfo. Hizbulá dispara desde Líbano. Reino Unido intercepta drones. Francia sufre daños. China condena. Australia se posiciona. Las bolsas caen. El petróleo sube.
El conflicto ha dejado de ser un episodio puntual, ya lo ven, para convertirse en una prueba de resistencia global. El mayor riesgo no es solo la intensidad de los ataques, sino el error de cálculo. Un impacto mayor, una reacción desproporcionada o una implicación directa de nuevas potencias podrían alterar radicalmente el escenario.
Por ahora, la única certeza es que la escalada continúa y que el margen para la contención se estrecha. La tensión es máxima. Y el mundo entero aguanta la respiración. No queda otra.