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12/11/2014 07:08 CET | Actualizado 11/01/2015 11:12 CET

Cuando hablar por teléfono era un lujo

teléfonoLos que en los últimos años se han marchado de España en busca de un futuro mejor (o simplemente de un futuro) ya no sufren esa oscuridad de la desconexión de su país y su gente. En las redes sociales o por el instantáneo Whastapp pueden saber más de su familia y sus amigos que el que se quedó por aquí.

Hubo un tiempo (antes de ayer, se podría decir) en que hablar por teléfono era un verdadero lujo. Era el tiempo en que a uno le decían que había que evitar las "conferencias", o por lo menos, acortarlas lo más posible, si no quería luego encontrarse con una factura estremecedora de Telefónica, que era la única compañía que ofrecía el servicio.

Ahora, cuando las decenas de operadoras que hay regalan miles de minutos y te dan tarifa plana de Internet, es muy difícil que alguien nos crucifique por una llamada o por una conexión. Uno ya no siente el tictac del contador corriendo mientras ponía una conferencia (término en desuso, pero todavía reconocido por la RAE con esta acepción) para comunicar con el pariente lejano o el amigo que cambió de domicilio y se fue a vivir a otra provincia o, peor aún, al extranjero. En mi casa, donde el teléfono, como otras tantas cosas, llegó muy tarde, sólo se ponía una conferencia en casos de fuerza mayor, y el ritual exigía que uno se adecentara la voz, como uno se adecentaba para ir a misa los domingos por la mañana.

Sólo los menos avezados pagan hoy tarifas de antaño, y lo hacen cuando salen de viaje y siguen usando el móvil como si estuvieran en casa, sin tener en cuenta las todavía prohibitivas tarifas del roaming, o, peor aún, cuando la llamada la hacen desde el hotel. Lo de los hoteles me cuesta mucho entenderlo. ¿¡Cómo, a las alturas que estamos, siguen cargando en la cuenta de sus clientes decenas de euros por una llamada o vendiéndoles un wifi de medio pelo como si fuera un artículo de lujo!?

Hoy, los parientes más lejanos o los amigos que tanto echamos de menos porque algún día decidieron poner cientos o miles de kilómetros de por medio, están a un par de clics de distancia. Podemos estar al día con alguien en Estados Unidos, en Alemania o en Mozambique a través de Facebook, Twitter o Instagram, compartiendo fotos, comentarios sobre las noticias o la comida o felicitaciones, e irremediablemente alejados del amigo o pariente que vive dos calles más abajo, y al que encontramos esporádicamente en el supermercado o en el autobús, siempre corriendo, siempre con prisas.

Antes (no hace mucho, menos de 20 años) ir al extranjero suponía la desconexión casi total. Llamar por teléfono era prohibitivo y sólo quedaba recurrir a las cartas en papel, un terreno de cultivo para la meditación y la confesión, pero un género que hoy sencillamente nos sacaría de quicio por su lentitud. A mediados de los noventa estuve viviendo en Londres huyendo de la crisis económica nacional (mucho más suave que ésta, todo hay que decirlo) y, de camino, estudiando inglés. Era el tiempo en que los británicos estaban embelesados con la tercera vía de Blair y Anthony Giddens, y se empezaban a ver en las calles los primeros teléfonos móviles, aquellos zapatófonos que Motorola vendía a precio de oro.

En mi destierro londinense, de madrugones, caminatas interminables, frío y oscuridad, sólo llamaba a España los domingos, porque era más barato y el ritmo del contador de las cabinas acristaladas de BT, entonces tan modernas, era un poco menos trepidante que en los días laborables ¡Cómo se tragaban las siempre escasas libras aquellas cabinas! Yo no tuve el Plan Europa 15 de Telefónica con el que mis amigos de clase media y sus padres mitigaban la lejanía. Además, para saber de lo que pasaba por aquí, tenía que recurrir a Radio Exterior o comprar, también a precio de oro, la edición internacional de El País, en realidad un subproducto con pocas páginas, con las noticias pasadas de dos días antes y fabricado en un calamitoso papel como el de fumar que se quedaba en las manos a poco que lo usaras.

Los que en los últimos años se han marchado de España en busca de un futuro mejor (o simplemente de un futuro) ya no sufren esa oscuridad. En las redes sociales o por el instantáneo Whastapp pueden saber más de su familia y sus amigos que el que se quedó por aquí. En Internet pueden estar más al día de lo que pasa con la economía, con el Gobierno o en los barrios de su ciudad que los que no tuvieron que moverse. Al menos, eso tienen a favor lo que han tenido que irse por crisis actual. El resto es otro cantar.

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