Celia Incio, psicóloga: "La misofonía es como una botella de Coca-Cola que agitas hasta que la presión salta por el tapón"
No son “manías” ni simples molestias, es una reacción neurológica.
Hay sonidos que pasan completamente desapercibidos para la mayoría, pero que para otras personas pueden convertirse en un auténtico dolor de cabeza. Masticar, respirar con fuerza o el sonido de un teclado son gestos cotidianos que pueden desencadenar una reacción emocional tan intensa que termina condicionando la vida diaria. Una realidad invisible para quienes no lo viven, pero que cada vez reclama más atención tanto dentro como fuera de las consultas.
De esa realidad, todavía poco conocida, habla la psicóloga Celia Incio, que busca dar visibilidad a la misofonía y romper el silencio que durante años ha rodeado a este trastorno. En plena promoción de su libro ‘Maldito Ruido’, la especialista insiste en que no se trata de “manías” ni de simples molestias, sino de una reacción neurológica intensa ante sonidos cotidianos que puede llegar a ser tan molesta que altera la vida diaria.
Según explica, quienes conviven con esta condición mantienen un estado de alerta constante ante determinados estímulos sonoros, lo que provoca que la tensión emocional vaya acumulándose con el paso del tiempo. "La misofonía es como una botella de Coca-Cola que agitas hasta que la presión salta por el tapón", explica la especialista en una entrevista con La Voz de Galicia, una metáfora con la que resume el efecto de esa sobrecarga emocional.
Podría afectar a un 20% de la población
Con esta comparación, Celia ilustra cómo un cerebro cada vez más sensibilizado acaba reaccionando de forma automática y desproporcionada ante sonidos que para el resto de las personas resultan completamente normales. Eso sí, la psicóloga sostiene que la misofonía sigue infradiagnosticada, pese a que distintas estimaciones apuntan a que podría afectar en mayor o menor medida hasta a un 20% de la población.
En consulta, describe perfiles que reaccionan con irritación intensa, ansiedad o incluso impulsos de huida o confrontación ante estímulos tan cotidianos como tragar, el tictac de un reloj y el chasquido de un bolígrado. “Esta irritación propia de la misofonía ha sido catalogada durante muchos años como producto de la exageración, del mal carácter o de manías”, explica aludiendo a los prejuicios que durante años han acompañado a este trastorno.
Lejos de reducirlo a un problema aislado del sonido, Celia subraya que el origen está en cómo el cerebro procesa esos estímulos, activando sistemas de alarma que anulan la parte más racional. Por eso, insiste en la necesidad de nombrar el problema, ya que solo así puede entenderse, investigarse y tratarse de forma adecuada. Un paso que considera fundamental para que quienes conviven con esta realidad dejen de sentirse incomprendidos y puedan acceder al apoyo que necesitan.