La generación que hoy tiene 70 y 80 años fue la última en aprender de niña, y gratis, lo que ahora los adultos pagan por reaprender en talleres
Unas capacidades que adquirieron gracias a una infancia con más juego libre.
Durante años, aprender a resolver conflictos sin ayuda o confiar en el propio criterio fue una consecuencia natural de crecer. No había talleres, ni aplicaciones, ni cursos especializados, sino que bastaba con una infancia en la que el juego libre, la autonomía y el tiempo sin supervisión formaban parte de la rutina. Hoy, muchas de esas habilidades se han convertido en algo que millones de adultos intentan recuperar a través de cursos, libros y programas de desarrollo personal.
Diversas investigaciones sobre desarrollo infantil apuntan a que la generación que hoy tiene entre 70 y 80 años fue la última en adquirir muchas de estas capacidades de forma casi automática. Crecieron en una época en la que pasar horas jugando en la calle, ir solos al colegio, resolver discusiones entre amigos o buscar maneras de combatir el aburrimiento era parte de la vida cotidiana. Unas experiencias que ayudaban a desarrollar autonomía, iniciativa y confianza en uno mismo.
Sin saberlo, estaban desarrollando habilidades que décadas después acabarían convirtiéndose en el objetivo de talleres, retiros y programas de crecimiento personal. El psicólogo Peter Gray, del Boston College, ha seguido este patrón a lo largo de su carrera. En un artículo publicado en 2011 en el American Journal of Play sostuvo que desde mediados del siglo XX el juego libre de los niños ha caído con fuerza en Estados Unidos y otros países desarrollados, mientras aumentaban el control adulto, la escolarización y las actividades dirigidas.
Reaprendizaje a base de pagar
Peter Gray también recogió datos comparativos que muestran cómo, entre 1981 y 1997, los niños de 6 a 8 años jugaron menos y dedicaron más tiempo a la escuela, al trabajo escolar en casa y a actividades organizadas por adultos. Según el investigador, este cambio no solo redujo el tiempo de ocio espontáneo, sino también las oportunidades de aprender por experiencia propia a gestionar conflictos, tomar decisiones o desenvolverse sin supervisión constante.
En paralelo, el Global Wellness Institute definió el bienestar mental como un sector económico propio y calculó que en 2020 movía 120.8 mil millones de dólares en el mundo. Dentro de ese universo aparecen justamente los productos y servicios que prometen entrenar lo que antes se aprendía jugando o viviendo: mindfulness, autoayuda, talleres, retiros, apps, herramientas para dormir mejor, concentrarse o regular las emociones. Un mensaje comercial claro: si no lo aprendiste de niño, ahora puedes reaprenderlo pagando.
En definitiva, lo que la industria presenta como descubrimiento personal muchas veces es realmente una reconstrucción tardía de capacidades que antes surgían de una infancia más libre. La evidencia dice que un fin de semana de práctica no sustituye miles de horas de juego, ensayo, error y autonomía acumuladas durante años. Una diferencia generacional que ayuda a explicar por qué hoy se enseña de forma deliberada lo que antes se aprendía simplemente creciendo.