La habilidad alejada de la música y el deporte que mejora la inteligencia emocional de los más pequeños
Una actividad humilde pero realmente poderosa.

Cuando llega el momento de elegir actividades extraescolares, la mayoría de las familias piensa casi de forma automática en apuntar a sus hijos a música, deporte, idiomas o clases de refuerzo académico. Estas son opciones asociadas al rendimiento y al éxito en un futuro a largo plazo, pero en medio de esa elección suele quedar en segundo plano una dimensión igual de importante: el desarrollo emocional de los niños.
Precisamente es ahí donde una actividad poco considerada empieza a ganar peso entre educadores y especialistas: la pintura. Lejos de ser solo un pasatiempo o una forma de entretener a los más pequeños, el dibujo y las artes plásticas se han consolidado como una herramienta clave para el bienestar emocional infantil. A través de colores, trazos y formas, los niños encuentran un canal seguro para identificar, regular y expresar emociones.
A diferencia de actividades que exigen resultados medibles, pintar permite a los pequeños traducir estados afectivos difíciles de verbalizar. Esa expresión no verbal actúa como una herramienta de regulación emocional, ya que la concentración en la obra baja el ritmo, reduce la tensión y ofrece un espacio donde la frustración puede transformarse en línea y color. Varios estudios muestran que prácticas artísticas repetidas favorecen la autoobservación y ayudan a los niños a manejar mejor sus sentimientos.

Decisiones pequeñas, grandes aprendizajes
El gesto cotidiano de elegir un color, controlar la presión del pincel o aceptar que el resultado no coincide con la idea inicial obliga al niño a tomar decisiones y a tolerar la discrepancia entre expectativa y realidad. Esa sucesión de pequeños retos fortalece la tolerancia a la frustración, la flexibilidad y la autoestima. Además, completar una obra ofrece una evidencia visible del esfuerzo y del logro personal.
Aunque a priori se trate de una actividad individual, la pintura en grupo añade una capa social de gran relevancia. Compartir materiales, respetar turnos y comentar las creaciones de otros fomentan la empatía y las habilidades comunicativas. En esta línea, actividades guiadas que combinan observación, diálogo y creación ayudan a ampliar el vocabulario emocional de los niños y a entrenar su capacidad para identificar y conversar sobre sentimientos.
Incorporar la pintura en el día a día es una labor realmente sencilla que requiere materiales básicos y accesibles, basta con papel, acuarelas o témperas, pinceles y ceras. Se recomienda tenerlos a la vista para facilitar la creatividad espontánea y abrir la puerta la experimentación en vez de pedir dibujos concretos. El rol del adulto debe ser acompañar sin dirigir, es decir, preguntar qué han querido transmitir y escuchar en lugar de corregir o interpretar en exceso.
