La versión del 23-F contada por el rey Juan Carlos: "Con toda sinceridad, con mi memoria como única limitación, no tengo nada que ocultar"
Dos meses y medio antes de la desclasificación de 153 unidades documentales del intento de golpe de estado, el rey emérito contó en sus memorias, 'Reconciliación', cómo vivió aquel episodio.
Juan Carlos I lamentaba que pudiera ser recordado por 'el de los elefantes y Corinna'. Él aspiraba a que la historia le juzgara como el rey que trajo la democracia a España y que la salvó el 23-F cuando pronunció aquel recordado discurso con el que paró el golpe de Estado.
El emérito sentía que se le estaba robando su propia historia, o eso dice él, y por eso se lanzó a escribir sus memorias. O mejor dicho, contactó con Laurence Debray para que se encargara de ellas bajo su dictado. Y así nació Reconciliación (Planeta), su biografía... ¿definitiva?
En la vida de Juan Carlos I hay mucho que contar... y que olvidar. Y dentro de lo que hay que contar está el 23-F, ese día y noche para la historia en la que él jugó un papel como rey de España y como capitán general de los tres ejércitos.
Los antecedentes del 23-F
En el capítulo de Reconciliación titulado Crisis y desencanto, el rey Juan Carlos relata este episodio fundamental en la historia reciente de España comenzando por la Operación Galaxia, una conspiración militar de finales de 1978 que tuvo entre sus líderes al teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero. Sí, ese Tejero. Fue condenado en aquel momento a siete meses de prisión.
Había ruido de sables de unos cuarteles no demasiado inclinados a la democracia y aquello fue el germen de lo que vendría después. Esta es su versión, publicada dos meses y medio antes de la desclasificación de 153 unidades documentales del 23-F:
"Y desde entonces circulaban rumores. Quizá no lo tomamos suficientemente en serio, pero ¿cómo condenar o contrarrestar meros rumores? Algunas personas abogaban por instaurar un Gobierno fuerte de salvación nacional presidido por un militar".
"Se decía, entre otras muchas cosas, que los socialistas habían aprobado la idea. Cada cual tenía su propia solución a los problemas del país. Las intrigas estaban cobrando fuerza", señala en el libro el emérito, que añade que tampoco se tomó en serio cuando su padre le contó que en una cena en la que se encontraba Milans del Bosch, el general gritó: "¡Antes de jubilarme, voy a sacar los tanques a la calle!"
Posteriormente el emérito menciona al general Alfonso Armada, al que se refiere como su hombre de confianza, y a quien invitó a una cena en Baqueira para "calibrar el estado de ánimo de las tropas y obtener información de primera mano".
Y lo hizo no solo porque hubiera sido su consejero y amigo, sino porque había ascendido a segundo jefe del Estado Mayor por indicación de Juan Carlos y pese a la oposición de Adolfo Suárez y podía sonsacarle. ¿Qué dice que sacó de esa cena? Nada. Había calma tensa, pero calma al fin y al cabo. Mintió.
"Todos los partidos tramaban en secreto conspiraciones políticas para llenar a su manera el vacío de un poder tambaleante. Decididamente, todos estaban jugando con fuego... y yo me di cuenta demasiado tarde. Si no recuerdo mal, animé a Armada a hablar directamente con el que había sido ministro de Defensa, el general Gutiérrez Mellado", del que recuerda que fue un gran defensor de la democratización de España. No todos en las Fuerzas Armadas eran partidarios ni de Gutiérrez Mellado, ni de la democracia, “pero yo estaba lejos de imaginar que se estuviera tramando un golpe de Estado”.
Tres golpes en uno
Y llegó el 23 de febrero de 1981, día en el que el Congreso debía votar en segunda vuelta la candidatura de Calvo-Sotelo a la presidencia del Gobierno en sustitución de Adolfo Suárez, que había dimitido. Esa sesión sería una de las más famosas de la historia del Hemiciclo, cuyo techo quedó marcado por los disparos de las metralletas de los golpistas mientras Tejero gritaba el famoso: "¡Se sienten, coño!".
Y ya aquí Juan Carlos I se deja de preliminares y se lanza a contar su versión de la historia para desmentir las habladurías sobre el 23-F, sobre todo lo que señalan que él estuvo detrás. "Circulan muchos rumores conspirativos sobre este suceso, que puso en serio peligro nuestra democracia. Quiero dar aquí mi versión, con toda sinceridad, con mi memoria como única limitación No tengo nada que ocultar".
Cuenta el emérito que esa noche no hubo un intento golpe de Estado, sino tres. El del teniente coronel Tejero y el general Jaime Milans del Bosch, "el más conocido y visible", dice Juan Carlos. El de Armada, "que fue muy doloroso en el plano personal". Y por último el de los falangistas, "que quisieron acoplarse a los dos anteriores en una vuelta al orden franquista".
"Aquel lunes 23 de febrero por la tarde terminé mis audiencias y luego jugué un partido de squash con mi fiel amigo Miguel Arias. Eran sobre las seis de la tarde y me disponía a cambiarme de ropa, como hago siempre después de hacer deporte. De camino a mi habitación, pasé por delante de la mesa de mi ayudante, que tenía la radio encendida para seguir la sesión del Congreso. De pasada, oí los nombres de los diputados llamados a votar y, unos instantes después, ruido de ametralladoras. Me quedé estupefacto. '¿Qué clase de locura es esta?'". Era tan solo el principio...
Se enteró entonces de que un teniente coronel de la Guardia Civil, que resultó ser Tejero, había irrumpido en el Congreso y había tomado como rehenes a todos los civiles. Su indignación creció cuando supo que el golpe se llevaba a cabo en su nombre, lo que para él "era un ultraje. Estaba totalmente consternado".
Cuando se dio cuenta de que Armada estaba en el ajo
Entonces Juan Carlos se decidió a actuar mucho antes del famoso discurso con el aque paró la intentona golpista. Se reunió con el entonces secretario general de la Casa Real, Sabino Fernández Campo, y llamó al jefe del Estado Mayor del Ejército, José Gabeiras, aunque se puso al teléfono su segundo, Alfonso Armada, del que dice que estaba extrañamente tranquilo.
"Majestad, le propongo ir a verle para explicárselo todo", le dijo. Y como el emérito presume de tener una gran intuición, notó algo raro y no le contestó en ese momento. Llamó entonces a La Zarzuela el general José Juste, jefe de la división acorazada Brunete, que preguntó si Armada estaba allí. Al decirle Sabino que no, soltó con alivio que eso lo cambiaba todo. Juste se mantuvo al lado de la democracia y de la Constitución.
Entonces el rey se dio ya cuenta completamente de que algo pasaba con Armada y no era precisamente bueno. "Si insistía tanto en estar a mi lado, era para comprometerme y, sin duda, para hacer creer que yo apoyaba el golpe. Reanudé mi conversación con él: 'Quédate donde estás. Si te necesito, te llamaré, pero, de momento, no vengas'. Y de inmediato avisé al jefe de seguridad de la Zarzuela para que no le permitieran entrar".
Sabino logró ponerse en contacto vía telefónica con Tejero "por mediación de un miembro de la Guardia Real que asistía a la sesión de investidura vestido de civil". Cuando Fernández-Campo le preguntó que hacía ahí, contestó que recibía órdenes del capitán general de Valencia.
"¿Cómo te atreves a hacer lo que estás haciendo en nombre del Rey? No lo vuelvas a hacer, no estás autorizado a ello", le espetó Sabino, que le ordenó que liberara el Congreso. Su respuesta fue colgar el teléfono. "Fue entonces cuando me di cuenta de que él pensaba que estaba actuando con mi acuerdo implícito".
Y Juan Carlos pasó a la acción: "No sabía si vendrían a detenerme. Ante tanta incertidumbre, era necesario actuar". Y actuar implicaba que su hijo Felipe fuera testigo. La reina Sofía le llevó a donde estaban todos para que viera lo que estaba ocurriendo. Al preguntarle el adolescente, que tenía 13 años y acababa de perder a su abuela materna de forma repentina hacía 15 días, por lo que estaba pasando, su padre le dijo: "He lanzado una pelota al aire. La Corona está en el aire. ¡No sé de qué lado va a caer!".
"Pasamos la noche picoteando de vez en cuando y tomando café. Más tarde llegaron mis dos hermanas con sus respectivas familias. Estábamos a puerta cerrada, aislados del mundo, con el teléfono sonando sin parar". Una de las más importantes vino de una diputada socialista llamada Anna Balletbò, que había sido liberada porque estaba embarazada de gemelos. Al salir llamó a La Zarzuela, pero le costó porque la operadora la puso en contacto con el Teatro de la Zarzuela.
Finalmente hablaron porque Jordi Pujol le dio su número. Ella le contó el número de atacantes que había, cómo estaban organizados y qué armas tenían. Así él se hizo una idea de cómo estaban las cosas, porque hasta el momento no sabía realmente lo que ocurría dentro del Congreso.
Como anécdota, Juan Carlos comenta que después de lo ocurrido la invitó a La Zarzuela, fue el padrino de sus gemelos y conservaron su amistad para siempre. Ella murió en octubre de 2025, poco antes del lanzamiento de estas memorias.
Habló también con militares que le llamaban en busca de órdenes. "Yo era un rey constitucional, pero sobre todo era el jefe de las Fuerzas Armadas, además de su antiguo compañero de armas, y había sido nombrado por Franco. Tenía toda la legitimidad, y se lo dejé claro a los interesados. Si era necesario, les pediría que se pusieran firmes al otro lado de la línea. Mi autoridad no podía ser cuestionada; era lo único que me quedaba. Nunca he sido tan autoritario en mi vida. Hablaba con aplomo y persuasión, porque sabía que estaba en juego el destino de la Corona y del país".
El entonces monarca recuerda que llamó a todos los capitanes generales. De los once, la mitad apoyaban el golpe, pero no querían desobedecer al rey, que les advirtió que "quien se levante contra el Rey está dispuesto a provocar una guerra civil y será considerado responsable".
Se plantearon un asalto al Congreso que no se llevó a cabo, y finalmente Juan Carlos quiso dirigirse a la nación, pero no fue fácil: "Radio Televisión Española estaba rodeada por un regimiento inflexible. Tras infructuosas conversaciones, el marqués de Mondéjar consiguió por fin convencer a un amigo, el capitán al mando de esa unidad militar, para que dejara salir a un equipo de grabación".
"Dado el riesgo de que los coches, incluso sin el logotipo de RTVE, fueran interceptados por las Fuerzas Armadas, se decidió finalmente que se enviarían a la Zarzuela dos equipos, que tomarían rutas separadas. Todas esas gestiones llevaron mucho tiempo", asegura Juan Carlos para justificar lo que tardó en aparecer en televisión.
Mientras tanto, Armada llamó otra vez para pedirle permiso para ir al Congreso a negociar con Tejero. ¿Se lo dio? Ni hablar: "No te doy ningún permiso, y no vayas allí en mi nombre". Esa fue la última conversación que tuvieron, pero supo que sí fue a la Carrera de San Jerónimo y pasó una hora hablando con Tejero: "Defendió la idea de un Gobierno de unidad nacional; imagino que se veía presidiéndolo. Había estado en la Escuela de Guerra de París y había vuelto admirador del general De Gaulle. Quizá tenía en mente su toma del poder en 1958. Nunca hablamos de ello".
El discurso que desactivó el golpe de estado
A Juan Carlos ya no le preocupaba Armada, sino el mensaje a la nación. "Habían llegado las cámaras y se había montado a toda prisa un estudio de grabación en mi despacho. Me enfundé la chaqueta de capitán general. Para acelerar las cosas, ni siquiera me puse los pantalones a juego. Fue un discurso sobrio y eficaz, de noventa segundos".
"Al dirigirme a todos los españoles con brevedad y concisión en las circunstancias extraordinarias que en estos momentos estamos viviendo, pido a todos la mayor serenidad y confianza y les hago saber que he cursado a los Capitanes Generales de las regiones militares, zonas marítimas y regiones aéreas la orden siguiente", comenzó.
"Ante la situación creada por los sucesos desarrollados en el palacio del Congreso, y para evitar cualquier posible confusión, confirmo que he ordenado a las autoridades civiles y a la Junta de Jefes del Estado Mayor que tomen las medidas necesarias para mantener el orden constitucional dentro de la legalidad vigente. Cualquier medida de carácter militar que, en su caso, hubiera de tomarse deberá contar con la aprobación de la Junta de Jefes del Estado Mayor".
"La Corona, símbolo de la permanencia y unidad de la Patria, no puede tolerar en forma alguna acciones o actitudes de personas que pretendan interrumpir por la fuerza el proceso democrático que la Constitución votada por el pueblo español determinó en su día a través de referéndum", finalizó.
El mensaje se mandó en un coche, utilizando otro para despistar. El mensaje se emitió a las 01:15 horas. Muy tarde, sí. "Se me ha criticado mucho por no haber hablado antes por televisión, pero pasaron varias horas incomprensibles entre el momento en que tenía intención de dirigirme al país, hacia las 22:30, y el momento en que mi mensaje se emitió realmente, a la 1:15. Creo que una vez que los españoles me oyeron, apagaron la radio y se fueron a la cama más tranquilos".
La reina Sofía pensó que los tanques iban a por ellos
Pero no había acabado todo. La noche todavía iba a ser larga: "A la 1:45 envié un segundo télex a Milans del Bosch. A las 2:30 le pregunté por tercera vez por qué no se habían cumplido mis órdenes. Se mostró muy testarudo. Hasta las 4:30 de la mañana los tanques no volvieron a sus cuarteles. ¡Parece que algunos incluso se paraban en los semáforos en rojo! Tejero seguía obstinadamente encerrado en el Congreso. No se rindió hasta el mediodía del 24 de febrero, después de dieciocho horas de asedio".
Aquí la anécdota: "Por la mañana, oímos un ruido sordo de motores de coches que rompía el silencio de la Zarzuela, siempre tan tranquila gracias al gran parque que rodea el palacio, aunque a veces, si el viento viene del sur, llega más ruido. '¡Son los tanques que vienen a por nosotros!', se preocupó Sofi".
Nada más lejos de la realidad: "Mi amigo Miguel Arias, que había pasado la noche con nosotros, corrió a mirar afuera. '¡No son los tanques, es el tráfico normal de cada mañana! ¡La gente solo va a trabajar!', nos dijo con una carcajada de alivio. Insté a Sofi a que llevara a los niños al colegio como cualquier otra mañana, a pesar de la intensa noche. También pedí a mis amigos que hicieran lo mismo y volvieran a la normalidad lo antes posible".
Armada, el traidor que fue indultado por Felipe González
¿Queda todo aclarado? Bueno, tenemos aquí su versión, pero el propio emérito señala en sus memorias que sigue "teniendo preguntas y dudas sobre la forma en que se desarrollaron los acontecimientos y el papel que asumieron algunos. Lo único que sé con certeza es que algunos militares intentaron utilizar las armas para mofarse de la joven democracia española, mi obra, y yo no podía tolerarlo".
Buscando olvidar aquella pesadilla, como dice Juan Carlos, cambió la decoración del despacho y tiró la ropa que llevaba puesta, "una camiseta azul de la marca italiana Fila que recuerdo bien".
Más importante que eso fue que horas después de su liberación recibió en La Zarzuela a algunos de los secuestrados como Felipe González, Santiago Carrillo o Adolfo Suárez. El ya expresidente vivía en una mentira de la que no tardó en sacarle Juan Carlos. Estaba convencido de Armada había contribuido a su liberación al ir al Congreso a hablar con Tejero: "Nos ha salvado la vida! ¡Hay que condecorarlo!". Además de eso lamentó haber tratado de impedir su ascenso, ante lo que el emérito no pudo callarse y le contó lo que sabía: "No, Adolfo, tenías razón. Armada es un traidor".
"No fue fácil aceptar la traición de un amigo íntimo de quien me fiaba ciegamente. ¿Había sido demasiado confiado? Nada me había hecho dudar de él hasta aquel fatal día". Armada fue condenado a 30 años de cárcel, pero salió de prisión el 24 de diciembre de 1988 tras ser indultado por el gobierno de Felipe González. Murió 25 años después.
Ese fatal día, como dice Juan Carlos, finalizó con el triunfo de la democracia y el fracaso de la intentona golpista. Con su actuación se dijo siempre que Juan Carlos I se había ganado la corona que llevó hasta que tuvo que entregarla en 2014, cuando estaba en su peor momento de popularidad. Pero esa es otra historia...