Aja Barber, experta en moda sostenible: "Nadie debería llevar ropa hecha en talleres de explotación, ni la mujer del secretario de Defensa de EEUU ni tus amigos"
“En general, nuestra sociedad debería tomarlo en serio”, denuncia.
El pasado 25 de abril, en una noche pensada para la política y el espectáculo mediático en Washington, un vestido terminó robándose el foco. Jennifer Rauchet, esposa del secretario de Defensa de Estados Unidos, Pete Hegseth, apareció en la cena de corresponsales de la Casa Blanca con un diseño rosa que muchos en redes no tardaron en comparar con modelos de bajo coste de Shein o Temu. Lo que parecía una simple elección de vestuario, acabó abriendo un debate mucho más amplio sobre consumo.
En cuestión de horas, varios críticos de moda comenzaron a señalar la contradicción entre el discurso nacionalista del entorno de Hegseth y el uso de una prenda asociada a la ultrarrápida producción textil china. Un tema de conversación que derivó hacia un terreno más incómodo: las condiciones en las que se fabrica esa ropa que llega al consumidor a precios bajos, así como la realidad de quienes la producen, atrapados en una cadena que abarata costes a base de precariedad.
Es ahí donde voces como la de Aja Barber recuerdan que, detrás de cada ganga, suele haber una historia que rara vez se cuenta. "Nadie debería llevar ropa hecha en talleres de explotación, ni la mujer del secretario de Defensa de EEUU ni tus amigos", asegura la experta en moda en declaraciones recogidas por The Guardian, que lleva años denunciando que la moda rápida se sostiene sobre salarios bajos, opacidad y una cadena global de producción que casi nunca paga el coste real de una prenda.
Una responsabilidad colectiva
Aja Barber defiende que llamar “asequible” a un vestido no dice nada si esa rebaja se consigue a costa de otras personas. La supuesta asequibilidad de la moda rápida solo existe para quien compra, ya que para el trabajador textil, para el agricultor del algodón y para el planeta sale carísimo. También defiende que el problema no se resuelve solo con decisiones individuales, sino que hace falta regulación, presión pública y menos consumo impulsivo.
En este caso, el foco no debería quedarse en la anécdota ni en el partido político de quien lleva el vestido. “Sus crímenes son muchos y usar un vestido fabricado en talleres clandestinos es uno de ellos”, denuncia la experta sobre Jennifer Rauchet, pero su advertencia va más allá de lo individual. “En general, nuestra sociedad debería tomarlo en serio, incluso cuando no se trata de alguien que trabaja en una dictadura fascista”, defiende apuntando a una responsabilidad colectiva.
La moda siempre se ha usado como arma política: unas veces para castigar a figuras de izquierdas por vestir “demasiado caro” y otras para celebrar la supuesta modestia de quienes llevan prendas baratas. Barber dice que en ese juego se borra a la parte más invisible de la cadena: las trabajadoras y trabajadores que hacen posible que una prenda cueste 40 dólares, o incluso menos.
En la era de Shein, Temu y el consumo exprés, donde la ropa se compra casi con la misma rapidez con la que se descarta, el debate va mucho más allá de un vestido viral o de quién lo lleva. “Nuestra sociedad mejoraría enormemente si la gente dejara de ser tan tacaña. Esto no debe confundirse con la pobreza”, reflexiona Aja Barber, proponiendo un cambio de mentalidad en nuestra relación con el precio y el valor de lo que vestimos.