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19/03/2016 10:34 CET | Actualizado 19/03/2016 10:35 CET

La nada que lo es todo

librosHay títulos que marcan una época y, para mí, Nada es uno de ellos. La pesadumbre y el tremendismo que encontré en esta obra me cautivaron en mi adolescencia. La Barcelona que retrataba (esa gran ciudad que pisaban los "zapatos vagabundos" de su protagonista), me resultaba entrañable y reveladora, tanto que todavía hoy conservo su recuerdo.

Hay títulos que marcan una época, una generación. Y en toda generación hay personajes que son trascendentales, y otros que son soslayados o se encuentran perdidos dentro del imaginario colectivo, tan reacio en ciertos casos a admitir a según qué miembros. Esto sucede muy a menudo. Hay autores que, bien por dejadez de sus coetáneos, bien por ceguera o el afán de burlarse de la historia, parafraseando a Mario Benedetti, han sido arrinconados a lo largo de los años. En ello pienso mientras observo, en un céntrico edificio de Madrid, la placa homenaje a Carmen Laforet. Es dorada y romboide, como todas las que despliega la capital, y en ella se menciona que desde esa calle, mirando a Barcelona, escribió la autora su obra Nada, en 1944. Ya he dicho que hay títulos que marcan una época y para mí Nada es uno de ellos. Leída en mi adolescencia, la pesadumbre y tremendismo que pude encontrar en las páginas de esta obra me cautivaron. Ganadora del Premio Nadal, la Barcelona que retrataba (esa gran ciudad que pisaban los "zapatos vagabundos" de su protagonista), me resultaba entrañable y reveladora, explicada de una manera tan sorprendente que todavía conservo su recuerdo después de los años. De ellas, de Carmen Laforet y de su obra, dijo Juan Antonio Bardem ser fundamentales, llegando a afirmar que su generación sería conocida como la generación de Nada. También Edgar Neville reparó en ella cuando en 1947 decidió adaptar la novela al cine, con Conchita Montes en el papel protagonista.

Integrante junto a Camilo José Cela, Miguel Delibes y Torrente Ballester de la generación del 36, por extraño que parezca, su figura no ha adquirido la importancia que se le puede presumir, siendo por el contrario desconocida por el público en general. Sobre ello voy cavilando mientras atravieso General Pardiñas, la calle desde la que Laforet pensaba su obra, cuando emerge en mi mente el recuerdo de un magnífico documental titulado Las sinsombrero. Realizado por Tània Balló, Manuel Jiménez Núñez y Serrana Torres en 2014, en él se aborda la vida y obra de las prolíficas autoras de la generación del 27, justo la anterior a la de Laforet. En el documental, sus creadores analizan la teoría que han acertado en llamar de "los puntos ciegos", la cual se pregunta el motivo por el que la historia ha encumbrado a tantos artistas en detrimento de sus compañeras femeninas. A nadie se le escapa la importancia radical que tuvieron (y aun a día de hoy tienen) Federico García Lorca, Luis Buñuel, Salvador Dalí, Rafael Alberti o Luis Cernuda; sin embargo, poca gente sabría nombrar, ni tan siquiera a vuelapluma, los nombres de poetisas como Concha Méndez o Ernestina de Champourcín; de escritoras como Rosa Chacel, María Teresa León y la polivalente Josefina de la Torre (escritora, poeta, actriz e incluso doble de Marlene Dietrich); de pintoras como Maruja Mallo, de escultoras e ilustradoras como Marga Gilroësset o de filósofas como la gran María Zambrano, Premio Cervantes 1988.

Ella, en su ingenuidad infantil, confesó: "¡Yo quiero ser capitán de barco!", algo que el visitante corrigió de inmediato, aduciendo: "Las niñas no son nada". Nada.

A través de testimonios de expertos en la materia, vamos recorriendo la senda que estas autoras abrieron décadas atrás, una senda repleta de valentía, de talento e inteligencia, y de muchas dificultades, como no podía ser de otra forma. Mujeres fuertes que "debajo de las faldas llevaban pantalones", como no dudaba en admitir Concha Méndez. Una generación de oro en las intelectuales españolas que acompañó a la generación de plata de sus compañeros varones, y que sin embargo fue sepultada en el olvido de un descabezado siglo XX. Ahora, cuando este documental reaviva la llama de su obra y consigue devolver la dignidad de un grupo de auténticas precursoras, se puede observar y admirar su arrojo y su voluntad. En una sociedad en la que no se esperaba nada de las mujeres, ellas pusieron toda su energía al servicio del arte. En cierta ocasión, cuenta Concha Méndez, siendo ella muy pequeña, un amigo de la familia preguntó a sus hermanos qué querían ser. Ella, en su ingenuidad infantil, confesó: "¡Yo quiero ser capitán de barco!", algo que el visitante corrigió de inmediato, aduciendo: "Las niñas no son nada". Nada. Qué terrible aseveración para una niña que "quería ser algo". Nada. Esa inmensa nada en que ha quedado postergada la producción femenina de una generación irrepetible. Esa nada que también inspiró a Carmen Laforet, décadas después, para hacer su emblemática novela.

Las sinsombrero es, sin duda, un documental que nadie se puede perder, tanto si les gusta el cine, como si les gusta ser honestos con la historia. Una película que nos reconcilia con una generación que, sin ser nada, lo representa todo.