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27/10/2015 07:17 CET | Actualizado 26/10/2016 11:12 CEST

La cuarentena de la cuarentona

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Irene Lozano es una cuarentona. Cumplió 44 años el pasado 17 de junio. Según los intoxicadores de La Caverna, todo el problema de su polémico fichaje es que la cuarentona no se ha sometido a una cuarentena. Tendría que haber esperado.

Según los tertulianos de la TDT Party, lo que es indecoroso no es tanto que Lozano se haya pasado al PSOE (en realidad sólo ha alquilado sus servicios a este partido como independiente) sino que lo haya hecho sin respetar un plazo de alejamiento de la política que, alguno de estos telepredicadores se ha atrevido incluso a fijar (sin dar argumento alguno) en dos años. 

-¡No se hace así! - bramaba una rubia avinagrada con nombre de Reina Católica-. ¡Primero fundas un partido y después te fusionas, como hizo Fulanito!

-¡Ha agarrado una liana, como la Jane de Tarzán, antes de soltarse de la otra! - tronaba un moderador que inmoderaba -¡Primero hay que soltar la liana, desnucarte contra el suelo, y solo entonces asirte a otra trepadora!

Según el diccionario de la RAE, la cuarentena es un aislamiento preventivo a que se somete durante un período de tiempo, por razones sanitarias, a personas o animales. Pero en el caso que nos ocupa, todo el mundo coincide en que aquí, de haber un apestado, un contaminado por prácticas corruptas y dedocráticas, es el PSOE, no Irene Lozano. La exdiputada de UPyD se integra en su nuevo batallón gracias a una hoja de servicios inmaculada, en la que brillan con luz propia la defensa de Zaida Cantera y el fustigamiento implacable de indeseables como Rodrigo Rato o Pedro Morenés. Por tanto, la primera pregunta que surge es:

¿Por qué hay que tener a Irene esperando en cuarentena, durante más de 700 días, cuando el enfermo es el PSOE?

¿No habría que reconocer, antes por el contrario, el valor personal y coraje cívico de la cuarentona, por atreverse a arriesgar su salud democrática y su prestigio político para trabajar desde el interior de un organismo supuestamente putrefacto?

Decía Javier Pradera que las conductas humanas suelen estar siempre multimotivadas. Uno roba, se casa o se va del trabajo por más de una razón y no siempre es fácil establecer, entre las motivaciones, una jerarquía clara. En el caso de las demandas médicas, por ejemplo, no basta con que haya habido un error o negligencia. El paciente solo demanda si se produce, además, un maltrato por parte del galeno. ¿Pero qué pesa más, los malos tratos del médico o el error en sí? Es imposible saberlo.

En el caso de Lozano, todos los analistas políticos, salvo honrosas excepciones, han decidido que su único móvil para aceptar la oferta de Pedro Sánchez es la pasta: la cuarentona ha decidido traicionar sus principios políticos para vivir de la sopa boba.

¿No es un alivio que una persona tan preparada esté al frente del proyecto reformista más ambicioso que le hayan encomendado a político alguno desde la redacción de la Constitución? 

Son los mismos periodistas que, si tuvieran que dar explicaciones sobre sus propios actos -por ejemplo, ¿por qué he aceptado la oferta de un diario que llevo poniendo a parir desde hace años, por haberse vendido a los bancos?-, serían capaces de confeccionar una lista de motivos y disculpas como la de los Reyes Godos.

Sí, el trabajo de diputado no es de los peor pagados. Irene cobraba 2800 euros al mes en UPyD. Pero si hubiera esperado hasta enero para ser, por ejemplo, presidenta de la Corporación RTVE, trabajo para el que concibo a pocas personas más capacitadas, por ser, a un mismo tiempo, independiente, culta y periodista, pasaría a cobrar 125 mil euros al año.

Sí, el de diputado es un trabajo que te asegura hoy que vas a vivir sin problemas hasta el 2020. ¿Pero no puede ser que además Lozano tenga otras motivaciones para aceptar la oferta? ¿Todo el problema es que va a cobrar dinero público por trabajar? ¿Si se hubiera ofrecido a donar la totalidad de su sueldo como diputada a las Hermanitas de los Pobres, sería entonces deontológicamente aceptable su decisión?

La cuarentona me contó en el libro Conversación con Irene Lozano que, para ella, estar en política pasa por las actividad parlamentaria.  No por ser ministra de Trabajo como Fátima Báñez, ni alcaldesa de Madrid como Ana Botella, ni embajador ante la OCDE en París, como José Ignacio Wert.

La oferta que ha recibido de Pedro Sánchez consiste en ponerse al frente de una Comisión Parlamentaria de nueva creación, para realizar una auditoría democrática de las instituciones y emitir desde allí un dictamen que tendrá carácter vinculante.

En otras palabras, no le han ofrecido democratizar el PSOE, como sostiene mucho indocumentado, sino trabajar para mejorar la convivencia y la salud democrática de los ciudadanos. Cambiando, por ejemplo, el sistema de contratación en el Tribunal de Cuentas, hoy lleno de amiguetes y parientes, o reformando el Reglamento del Congreso para que ninguna mayoría absoluta pueda volver a bloquear jamás una comisión de investigación parlamentaria.

Si la cuarentona decide respetar la cuarentena, como le exigen sus detractores, pierde un tren que no volverá a pasar nunca más. El momento parlamentario es ahora, no dentro de dos, ni de cuatro años. Por otro lado, si lo que se le reprocha a Lozano es que haya malversado un valioso capital político con una decisión precipitada, quiere decir que el personal tiene un alto concepto cívico y político de la exdiputada, elegida Mejor Parlamentaria del año en 2012 y Premio Avizor por el mismo motivo en 2014.

¿No es un alivio entonces que una persona tan preparada esté al frente del proyecto reformista más ambicioso que le hayan encomendado a político alguno desde la redacción de la Constitución? 

¿No hay que agradecerle a la cuarentona que no se ponga en cuarentena?

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