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12/06/2012 11:15 CEST | Actualizado 12/08/2012 11:12 CEST

¡Ay de los vencidos!

El heroísmo escasea en los momentos duros. El robo, la traición, el abandono de seres queridos enmedio de la más absoluta histeria y del hambre más voraz, es lo más habitual en plena lucha por la supervivencia.

Es curioso lo que enseñan los peores escenarios de guerra, miseria y desolación. En una ocasión, recuerdo, una madre libanesa sacaba a su hijo en su silla de paseo cada tarde mientras la población de Tiro era asediada, día y noche, por la aviación y la armada israelí. Cada vez que un estruendo amenazaba con hacer llorar al pequeño, la madre sonreía dulcemente y juntaba las manos en un sonoro aplauso, "¡boum!", haciéndole creer que en realidad se trataba de fuegos artificiales. Cualquiera de esas bombas podría haber caído sobre sus cabezas pero, sin otra alternativa que convivir con la amenaza constante de la muerte, esa madre decidió ahorrarle al niño la tremenda angustia de aquellos momentos, venciendo para ello su propio terror. En otra ocasión, le pregunté a un vecino palestino de Hebrón qué pensaba hacer después de haber perdido por segunda vez parte de su familia y todo cuanto poseía: "Celebrar que puedo seguir empezando", contestó. Todavía hoy, al recordarlo, me impresiona la fortaleza interna de aquel hombre, en medio de tanto dolor.

Con ello, no quisiera transmitir una idea equivocada: el heroísmo escasea en los momentos duros. El robo, la traición, el abandono de seres queridos enmedio de la más absoluta histeria y del hambre más voraz, es lo más habitual en plena lucha por la supervivencia. Los jóvenes abandonan a sus ancianos; los hermanos luchan desesperadamente por un último trozo de pan que llevarse a la boca. Hay quien delata por envidia, hay quien condena al prójimo con tal de salvarse de la quema. Cuando es tu vida o la de otro, es difícil juzgar la decisión que asume cada cual. Eso lo saben bien los alpinistas.

Todo esto viene al caso porque últimamente vivo con la sensación de que nuestro privilegiado mundo mental, ese espacio de relativa confianza en la vida del que hemos gozado en Occidente durante décadas, está acortando distancias con el del mundo en conflicto, donde las personas conviven con el dolor y la incertidumbre a diario. El ambiente que respiramos es tan asfixiante, los mensajes tan descorazonadores, que el miedo -"ese depredador cruel y voraz" que decía Ryszard Kapuscinski- amenaza con hacerse amo y señor de nuestras vidas. Personas que antes tenían una posición resuelta, confiada y generosa ante el futuro, ahora se muestran pesimistas, angustiadas y egoístas. Pero, ¿qué nos está pasando? Nuestra escala de valores está cambiando, el "sálvese quien pueda" se está institucionalizando. Es preocupante porque el desprecio por la suerte del otro es el primer síntoma de ese lado nuestro tan primitivo que despierta el miedo más atroz. Y el miedo no trae nada bueno. No ayuda a salir del atolladero, al contrario, sólo paraliza y deshumaniza.

No hay que engañarse: el presente es difícil y el futuro, incierto. Pero no es la primera vez que la humanidad atraviesa un oscuro túnel y no cabe duda de que saldremos adelante. Sin embargo, ¿qué actitud vamos a adoptar frente a las adversidades? ¿Vamos a mantener nuestra dignidad o vamos a perderla? Tras sobrevivir a los campos de concentración, el psiquiatra austriaco Viktor Frankl constató en sus memorias (El hombre en busca de sentido) cómo los prisioneros que perdían la fe en el futuro estaban condenados a morir. El ser humano que no mira al futuro se aniquila física y mentalmente. "¡Ay de los vencidos!", dijo una vez el caudillo galo Brenno. Y sin embargo, nadie puede derrotarnos sin nuestro consentimiento; nadie puede decidir por nosotros cómo nos afrentamos a las dificultades, la humillación, la injusticia, la pobreza, la derrota, la desesperanza, la enfermedad. Esa libertad de elección íntima, espiritual, constituye estos días nuestra única posesión segura y verdadera. Hagamos buen uso de ella pues. Podemos superar el miedo o sucumbir ante él. De nuestra decisión dependerá en última instancia la fortaleza de nuestros hijos y nietos, de nuestra sociedad, y su capacidad para renacer del peor de los escenarios imaginables en libertad y confianza.