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12/12/2015 09:50 CET | Actualizado 12/12/2016 11:12 CET

La crisis del clima: una oportunidad única para hacer del mundo un lugar más justo

climate change flooded womanLa desobediencia no nos insensibiliza ni nos convierte en hooligans. Es nuestro deber para con aquellos que ahora sufren y que tienen mucho que perder si perdemos esta carrera contrarreloj por la justicia climática. Además de unirnos para rechazar las peligrosas ofertas de futuro que nos hacen los gobiernos y las empresas que los financian, tenemos que dar un paso y decir "no".

SAEED KHAN via Getty Images
A mother and child travel inside a plastic tub as flood waters inundated a new residential area in Bangkok on November 7, 2011. According to experts Thai capital, built on swampland, is slowly sinking and the floods currently besieging Bangkok could be merely a foretaste of a grim future as climate change makes its impact felt. AFP PHOTO/ SAEED KHAN (Photo credit should read SAEED KHAN/AFP/Getty Images)

Este artículo es una adaptación del discurso que dio Naomi Klein el pasado lunes 7 de diciembre en el debate 'Now is Not the Time For Small Steps: Solutions to the Climate Crisis and the Role of Trade Unions' ["no es el momento de dar pasos pequeños: soluciones a la crisis del clima y el papel de los sindicatos"], que se celebró en la Sala Olympe de Gouges (París).

Esto es lo que sabemos sobre lo que cabe esperar de las negociaciones oficiales sobre el clima.

El acuerdo que saldrá a la luz en menos de una semana -probablemente entre una fanfarria y una autocongratulación excesivas por parte de los políticos y de los demasiado respetuosos medios de comunicación- no será suficiente para garantizar nuestra seguridad. De hecho, será extraordinariamente peligroso.

Los objetivos que las principales potencias económicas llevaron a París nos conducen a un futuro en el que la temperatura global aumentará en 3 o 4 grados -esas son las cifras que estima el centro de investigación Tyndall Centre- y no en 2, como se prometió en Copenhague. Un aumento de la temperatura de 2 grados fue lo que se definió como "calentamiento peligroso" en el Acuerdo de Copenhague.

También sabemos, gracias a climatólogos como James Hansen, que un aumento de 2 grados de la temperatura global ya es demasiado. Además, sabemos por nuestra propia experiencia que ya hemos calentado demasiado al globo terráqueo. Ya estamos viviendo la era del calentamiento peligroso. Ya nos ha costado miles de vidas y de recursos. Desde Filipinas a Bangladesh pasando por Nigeria, Nueva Orleans o las Islas Marshall.

Hablar del cambio climático como algo "peligroso" es nada menos que, como afirmaba ayer mi amigo Kumi Naidoo, "racismo subliminal". Y cada día que pasa se vuelve menos subliminal.

Los objetivos que las principales potencias económicas llevaron a París nos conducen a un futuro en el que la temperatura global aumentará en 3 o 4 grados; y no 2, como se prometió en Copenhague.

Así que ya sabemos que el acuerdo ignorará por completo los límites de los que advierte la ciencia. También sabemos, por los niveles de financiación irrisorios que los países ricos han puesto sobre la mesa, que el acuerdo ignorará por completo los límites de la equidad. Que los países ricos seguirán sin reducir equitativamente las emisiones o sin pagar equitativamente por el impacto que produzcan. Y tenemos que pagar. Pagar para que a los países más pobres, que son los que menos han contribuido en la creación de esta crisis, se les compense por las pérdidas y los daños que han sufrido y para que puedan avanzar, dejar atrás los combustibles fósiles y pasarse a una economía en la que primen las energías limpias.

Esa es la razón por la que el 12 de diciembre a las 12 en punto -o sea, el 12 del 12 a las 12- cientos de activistas llenaremos las calles de París para manifestarnos pacíficamente contra la violación de los límites anteriormente mencionados. Lamentaremos las vidas que hemos perdido a causa de las alteraciones del clima, en solidaridad con las vidas perdidas en los trágicos atentados de París.

Al salir a la calle, estaremos rechazando de manera inequívoca las decisiones crueles y oportunistas del Gobierno de Hollande de prohibir las marchas, las protestas y las manifestaciones, las vergonzosas detenciones preventivas de los activistas y las restricciones sin precedentes de la libertad de expresión de la sociedad civil en torno a la Cumbre del Clima.

"Liberté" no es solo una palabra para utilizar en Navidad o en los partidos de fútbol. De hecho, no significa nada si no se aplica a la disconformidad política y a la defensa de la vida en la Tierra.

Hablar del cambio climático como algo 'peligroso' es nada menos que, como afirmaba mi amigo Kumi Naidoo, 'racismo subliminal'.

La desobediencia no nos insensibiliza. No nos convierte en hooligans. Es nuestro deber para con aquellos que sufren en el presente y para con aquellos que tienen mucho que perder si perdemos esta carrera contrarreloj por la justicia climática. Además de unirnos para rechazar las peligrosas ofertas de futuro que nos hacen los gobiernos dentro de Le Bourget, al igual que las empresas que los financian, tenemos que dar un paso más y decir "no".

También debemos decir "sí", "sí" al mundo que queremos. Necesitamos hacer un boceto de lo que podría llegar a ser la vida dentro de los límites marcados por la ciencia, dentro de los límites que se nos imponen por naturaleza. Y la vida tiene que ser no solo mejor que un futuro asolado por una catástrofe climática, sino mejor que el presente; un presente en el que reinan unos niveles de austeridad catastróficos, una desigualdad cada vez más profunda y un creciente racismo.

Ese es nuestro cometido. Jeremy Corbyn describe, muy acertadamente, el desafío al que nos enfrentamos como una "crisis de la imaginación". Tenemos que imaginar un mundo radicalmente diferente y radicalmente mejor que el que tenemos actualmente.

Así que me gustaría compartir una experiencia de mi país natal, Canadá, en el que un grupo de 60 personas -organizadores, líderes y teóricos de movimientos relacionados con el clima, los derechos de los inmigrantes, el derecho a la vivienda, la justicia alimentaria, la pobreza y los derechos de las mujeres- se unieron para hacer algo un tanto inusual.

Tenemos que pagar. Pagar para que a los países más pobres, que son los que menos han contribuido en la creación de esta crisis, se les compense por las pérdidas y los daños que han sufrido y para que puedan avanzar, dejar atrás los combustibles fósiles y pasarse a una economía en la que primen la energía limpia.

Y esto es soñar de manera conjunta. Hacer un boceto de un futuro en el que se respeten los límites de la naturaleza y también los derechos y las necesidades de los seres humanos. Llegamos a redactar un documento llamado "manifiesto The Leap" (que significa "el manifiesto del salto"), que hasta la fecha ya han firmado 100 organizaciones canadienses -incluidos numerosos sindicatos- y más de 10.000 canadienses, incluidos Leonard Cohen y Ellen Page. Además, ha servido de inspiración para la elaboración de otros manifiestos, desde Nunavut hasta Australia.

La base de este manifiesto es que si construimos de manera rápida y seria una economía postcarbono, tenemos una oportunidad única en el siglo de transformar nuestra economía en algo más equitativo para que funcione para mucha más gente. Se trataría de una economía limpia en la que hubiera más buenos puestos de trabajo sindicalizados que recibieran un salario digno. Con mejores servicios públicos que estuvieran distribuidos de una forma más equitativa.

Pero, antes de meterme de lleno en todos estos asuntos tan optimistas, quiero confesar que no me involucré en el tema del cambio climático limitándome a ver la parte buena del desastre. Justo lo contrario: me metí aquí tras ver las atrocidades de las que son capaces los seres humanos en momentos de crisis; lo que yo llamo "capitalismo del desastre".

Lo que me hizo abrir los ojos y darme cuenta del cambio climático fue el Huracán Katrina, que azotó Nueva Orleans (Estados Unidos) hace casi 10 años. La experiencia me enseñó que existe un conflicto irreconciliable entre la realidad del cambio climático y la llamada "ideología de libre mercado" que lleva cuatro décadas dominando el mundo.

No podemos olvidar que lo que pasó en Nueva Orleans no fue solo una cuestión del tiempo atmosférico. Se trató del choque entre las condiciones atmosféricas adversas y el legado de cuatro décadas de desmantelamiento sistemático de la esfera pública, coronado por el racismo del sistema.

Cuando el Katrina azotó Nueva Orleans, los residentes de la ciudad se enfrentaron a lo que Paul Krugman denominó "el estado de 'no podemos hacer nada'". La FEMA (Agencia Federal Estadounidense para la Gestión de las Emergencias) pareció ignorar a Nueva Orleans durante cinco días. Los ciudadanos -en su mayoría, afroamericanos- fueron abandonados a su suerte.

Y después de este suceso llegó La Doctrina del Shock. Para los ideólogos de derechas, el plan post Katrina era sencillo: utilizar la crisis para acabar con la esfera pública. Las viviendas sociales. Los colegios públicos. Los hospitales públicos. Lo siguiente que querían los republicanos tras el Katrina era la suspensión de los estándares laborales en esa área.

Por lo tanto, la reconstrucción de Nueva Orleans se convirtió en un nido de explotación, particularmente de trabajadores inmigrantes. Esta es la razón por la que la lucha por los derechos laborales y la lucha contra la austeridad no pueden separarse de la lucha por la acción climática. La esfera pública que el movimiento laboral internacional se está esforzando tanto por defender es nuestro único escudo contra las tormentas, las inundaciones y las emergencias sanitarias.

Existe un conflicto irreconciliable entre la realidad del cambio climático y la llamada 'ideología de libre mercado' que lleva cuatro décadas dominando el mundo.

Y, tal y como se nos ha recordado, Europa no es inmune. Reino Unido no es inmune. En mi libro Esto lo cambia todo: el capitalismo contra el clima, hablo sobre cómo las inundaciones que tuvieron lugar en Gran Bretaña en 2013 revelaron que la austeridad era incompatible con la crisis del clima.

En 2012, el periódico de Reino Unido The Guardian reveló que, en Inglaterra, "se habían quedado sin construir alrededor de 300 sistemas de protección contra las inundaciones debido a los recortes presupuestarios del gobierno". El Primer Ministro de Reino Unido, David Cameron, culpó a la Environment Agency (la Agencia de Medioambiente de Reino Unido), que es la responsable de lidiar con las inundaciones. Desde 2009, se han perdido al menos 1150 puestos de trabajo en la agencia, y otros 1700 están en peligro, que en total son un cuarto del total de empleados de la agencia. Cameron sabía que le habían pillado. "El dinero no es problema en esta labor de socorro. Se gastará todo el dinero que sea necesario".

El problema de la austeridad es solo que interfiere con nuestra habilidad para defendernos de las condiciones meteorológicas adversas. Y la cuestión es que invertir dinero público en energía renovable y transporte público es la única manera de reducir las emisiones lo suficientemente rápido como para prevenir un calentamiento global catastrófico.

Esta es la razón por la que en el manifiesto The Leap demandamos este tipo de cosas: "Es necesario invertir en las decadentes infraestructuras públicas para que podamos resistir los cada vez más frecuentes fenómenos meteorológicos extremos".

No podemos olvidar que lo que pasó en Nueva Orleans no fue solo cuestión del tiempo atmosférico.

Pero queríamos hacer algo más que exigir "empleos sostenibles" como respuesta al desastre y poner paneles solares. También exigimos un aumento de la inversión en métodos de trabajo bajos en carbono ya existentes. Así que esta es otra de nuestras peticiones: "Tenemos que expandir aquellos sectores que ya sean bajos en carbono: la enseñanza, el trabajo social, las artes y los asuntos de interés público".

Los ecologistas no suelen mencionarlo, pero la educación de los más pequeños no genera muchas emisiones de carbono. Ni el cuidado de los enfermos. Cuando nos preocupamos los unos por los otros, nos preocupamos por el planeta. Por eso no tiene sentido que estos sean precisamente los sectores que se ven afectados por los recortes de los políticos.

Esa es la razón por la que sentimos que es absolutamente crucial añadir en nuestro manifiesto que la austeridad es la manufacturación de una crisis.

Impuestos sobre las transacciones financieras. Aumento de las regalías por la extracción de combustibles fósiles. Aumento en el impuesto sobre la renta a empresas y a personas ricas. Impuesto progresivo sobre el carbono. Recortes en gasto militar.

Este proceso se ha inspirado en un grupo de justicia climática del Área de la Bahía de San Francisco (Estados Unidos) llamado Movement Generation (que significa "la generación del movimiento"). En un evento que hicimos juntos, uno de los organizadores, Quinton Sankofa, dijo algo que debería servirnos de ejemplo: "La transición es inevitable; la justicia, no".

La lucha por los derechos laborales y la lucha contra la austeridad no pueden separarse de la lucha por la acción climática.

Eso significa que, si queremos que la respuesta al cambio climático sea justa y equitativa, vamos a tener que luchar para asegurarnos de que sea así. Si queremos que los puestos de trabajo relacionados con el clima sean seguros, sindicalizados y remunerados con un salario digno, tenemos que luchar para hacerlo realidad.

Somos conscientes de que el cambio climático no es la única crisis a la que nos enfrentamos. También nos enfrentamos a la crisis de la falta de empleo. De la injusticia. De la desigualdad entre géneros y razas. De la exclusión social. Nos enfrentamos a una crisis de explotación y maltrato hacia los trabajadores, especialmente a los inmigrantes.

Por lo tanto, cuando hablamos de soluciones climáticas en este contexto, no podemos limitarnos simplemente a hablar de la reducción de emisiones. Ni tampoco a decir: "El cambio climático es tan grande y tan urgente y tenemos tan poco tiempo que debería ser lo más importante".

Hay que diseñar y luchar por conseguir soluciones, unas que reduzcan radicalmente las emisiones mientras se construyan más economías justas y más democracias basadas en la igualdad.

Las inundaciones que tuvieron lugar en Gran Bretaña en 2013 revelaron que la austeridad era incompatible con la crisis del clima.

Contamos con ejemplos que demuestran que esto puede funcionar:

Fijémonos en Alemania. La transición energética de Alemania ha creado 400.000 puestos de trabajo en una década y no se ha limitado a hacer que la energía sea más limpia, sino que también ha hecho que sea más justa, haciendo que los sistemas energéticos sean controlados por cientos de distritos y de cooperativas energéticas.

Pero necesitamos algo más que una democracia energética. Necesitamos una justicia energética. Reparaciones energéticas. Esta es la razón por la que en el manifiesto The Leap establecemos que "los pueblos indígenas y otros que estén empezando a tener actividad industrial deberían ser los primeros en recibir apoyo público por sus propios proyectos de energía limpia".

Como es evidente, el cambio climático es un poderoso argumento contra la privatización y la austeridad, igual que contra los acuerdos comerciales entre empresas. Alemania ha sido cuestionada por su visionaria transición energética bajo una cláusula inversor-Estado. La empresa energética sueca Vantenfall pide a Alemania una indemnización de 4700 millones de euros. Es un escándalo; y, como este, hay muchos más.

Tenemos que expandir aquellos sectores que ya sean bajos en carbono: la enseñanza, el trabajo social, las artes y los asuntos de interés público.

Y, por esta razón, esta es otra de las exigencias del manifiesto The Leap: "Exigimos que finalicen los acuerdos comerciales que interfieran con nuestros intentos de reconstruir las economías locales, de regular las corporaciones y de detener los dañinos proyectos de extracción". De hecho, no deberían firmarse proyectos nuevos como el del TTIP (Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión) y el TPP (Acuerdo Transpacífico de Libre Comercio).

Creemos que los derechos de los inmigrantes y los refugiados también están relacionados con la crisis del clima. Somos conscientes de que el cambio climático es ya de por sí una causa de conflicto y de inmigración y de que la situación solo va a empeorar.

Así que, en nuestro manifiesto, exigimos que todos los trabajadores disfruten de todos sus derechos, independientemente de su estatus, y que se abran las fronteras a los inmigrantes y a los refugiados. Así estaríamos reconociendo el papel de Estados Unidos en las guerras, los acuerdos comerciales y los desastres climáticos que hacen que tanta gente tenga que dejar su país.

Ahora me doy cuenta de que parece que hay muchos asuntos de los que tenemos que hacernos cargo. Pero de eso se trata The Leap. Se basa en el hecho de que nos hemos alejado tanto del camino -y nos queda tan poco tiempo- que no vamos a conseguir llegar a nuestra meta si no empezamos a cambiar las cosas ya.

Cada comunidad debería poseer y controlar sus propios proyectos energéticos.

Tenemos que ir a por ello, en todos los frentes, y trazar una historia coherente sobre cómo todos nuestros problemas están conectados por un conjunto diferente de valores acerca de la forma en la que deberíamos tratarnos los unos a los otros y la manera en la que deberíamos tratar a la naturaleza, que es la fuente de la vida.

Amigos, no es que nos quede poco tiempo, es que ya se nos ha acabado. Este es un momento histórico.

No defraudemos. Hay demasiado en juego.

No es el momento de dar pequeños pasos.

Es el momento de atreverse.

Es el momento de dar el salto.

Este post fue publicado originalmente en la edición estadounidense de 'The Huffington Post' y ha sido traducido del inglés por Lara Eleno Romero