La desigualdad en el acceso a la atención sanitaria entre Occidente y África subsahariana es enorme y aún más palpable cuando se trata de atención oncológica.
Nos hemos acostumbrado a la paz. A la absoluta tranquilidad en un contexto seguro. A un Estado que garantiza (incluso precariamente) que no estaremos solos ante el paro, la enfermedad, la necesidad. Y por ello es sorprendente nuestra sorpresa ante amenazas de baja intensidad que se nos presentan como intolerables, inasumibles.