Que el primer ministro húngaro haya tenido el descaro de reunirse en el Kremlin con el autócrata ruso y extender beneficios al no menos despótico Lukaschenko, es en sí una elocuente muestra de su contumaz desprecio por lo común.
Les place experimentar ese voto como una forma exasperada o nihilista de rechazo por casi todo lo demás, y saborear al daño que creen infligir, al votar, a ese supuesto statu quo cuyo desprecio incita la ultraderecha flamígera.
Urge preservar la mayoría proeuropea frente a quienes la impugnan, pero no es sensato subestimar —menos aún, ignorar— el riesgo indicado por la tendencia al alza de la reacción nacionalista, del populismo de ultraderecha y su explotación de las incertidumbres y temores.
Que el PP y Vox quieran influir en la Justicia es humanamente comprensible (aunque no por ello deje de ser inmoral y desde luego ilegal), ya que la política no la hacen espíritus puros, pero hay que reconocer que no lo intentarían si no vieran una predisposición favorable en una parte de la judicatura.
La impresión que se trasmite es la de que está nervioso y se siente inseguro en su liderazgo -la sombra de Casado es alargada-, necesita ganar lo que sea como sea para mantener la esperanza.
Pierde clientela por el centro, que huye despavorido de las nuevas inclinaciones ultraderechistas, y pierde por la extrema derecha ya que los ultras prefieren el producto genuino al sucedáneo sobrevenido.
"España adopta esta decisión junto a otros dos países: Irlanda y Noruega. Y parece que otros, como Malta, Eslovenia y Bélgica, se inclinan por lo mismo".
El antisionismo es un despojo antiguo, y conviene vigilar que no tenga reminiscencias; el antiislamismo y la arabofobia están en cambio muy presentes en nuestro ámbito cultural, elitista y xenófobo.