Después de Irán, Taiwan
Las incertidumbres que extiende Trump en el mundo forman, como puede verse, una cadena sin fin, y sus pintorescas divagaciones pueden conducir al planeta hacia un inimaginable despeñadero.

China está contemplando en relativo silencio los acontecimientos de Oriente Medio y, en concreto, el desbarajuste que el «lunático genocida» —como ya llama a Trump algún caracterizado miembro del MAGA, otrora un club de amigos del presidente norteamericano— ha provocado en Irán, con la interrupción del tráfico marítimo por el estrecho de Ormuz y la consiguiente crisis energética en todo el mundo.
China se surte en gran medida de los hidrocarburos de Oriente Medio, por lo que es víctima también de la crisis. Pero lo que la dirección del gran país asiático debe estar analizando con detenimiento es el cambio de equilibrios que la alocada frivolidad de Trump, deseoso de complacer al otro genocida, Netanyahu, ha provocado en la geopolítica mundial. Porque podría ser buen momento de agitar la reivindicación china de la isla de Taiwan —la antigua Formosa—, hoy con pretensiones de mantenerse como un estado soberano, aunque a juicio de Pekín debe reintegrarse a la madre patria continental.
La crisis iraní ha mostrado claramente que Occidente no va a seguir a Trump en sus alucinaciones ni en sus absurdas aventuras bélicas. La hegemonía de los Estados Unidos se mantiene, pero en términos políticos es muy grave que la mayoría de los demás países de la OTAN no hayan seguido las consignas del sátrapa amigo de Jeffrey Epstein. Ya nadie cree que la absurda iniciativa de Trump tuviera por objeto impedir a Irán obtener la bomba atómica: más bien, la destrucción de Irán es un requisito impuesto por Netanyahu, que quiere extender la limpieza étnica aplicada a Gaza no solo al Líbano sino a los iraníes, financiadores de Hamas.
En estos días, la líder del partido de oposición de Taiwán, Cheng Li-wun, se encuentra de viaje en China, y se reunió con Xi Jinping el viernes. El Partido Comunista Chino se niega a tratar directamente con el gobierno legítimamente electo de Taiwán, encabezado por el presidente Lai Ching-te del Partido Democrático Progresista (PDP). En declaraciones a la prensa, la Sra. Cheng, del Kuomintang (KMT), describió su misión como un "viaje histórico por la paz" y su objetivo sería contribuir al "apaciguamiento", táctica que los taiwaneses han considerado adecuada históricamente para evitar una anexión unilateral por el coloso chino.
Sin duda, Xi Jinping utilizará este viaje de Cheng para reforzar ante la comunidad internacional y ante el presidente Trump —que viaja a China los días 14 y 15 de mayo, tras un retraso sobre lio planificado anteriormente a causa de la guerra de Irán— el argumento de que Taiwán es un asunto interno de China, a pesar de que una mayoría objetiva de taiwaneses desea conservar el actual statu quo (hace unos treinta años, el país funciona como una democracia parlamentaria homologable).
Es reseñable además que, en tanto el presidente taiwanés, Lai, líder de la minoría mayoritaria, es partidario de incrementar el gasto anual de defensa hasta los 40.000 millones de euros (el 3,3% del PIB), la lideresa de la oposición, cuyo respaldo es necesario en el parlamento, solo accederá a dedicar a este gasto vital 11.000 millones de dólares. Esta disputa, aunque relevante, es estéril porque la verdadera defensa de Taiwan y el muro de contención ante Xi es el prometido respaldo norteamericano a Taiwan si llegara una crisis, si China amagara con apoderarse de la isla por la fuerza...
Después de su desempeño presidencial alocado, Trump ya no es un valor seguro, y los taiwaneses temen que el magnate les venda por un plato de lentejas, ya que no está claro que el patán norteamericano conozca realmente el valor estratégico de la isla —Taiwán es el centro mundial de la producción de semiconductores avanzados—, haya leído la historia de la región y tenga arrestos para mostrar firmeza ante su antagonista. Porque, además, el control de Taiwán por Pekín permitiría al ejército chino convertirse en la primera potencia del Pacífico y dividir en dos el perímetro de defensa estadounidense, desde Japón hasta Filipinas.
Las incertidumbres que extiende Trump en el mundo forman, como puede verse, una cadena sin fin, y sus pintorescas divagaciones —recuérdese su afición por Groenlandia— pueden conducir al planeta hacia un inimaginable despeñadero. Menos mal que la opinión publica norteamericana ha empezado a reaccionar, con lo que este siniestro y repulsivo personaje no tendrá más remedio que sujetarse al sistema de frenos y contrapesos —checks and balances— que también contiene la magnífica Constitución americana.
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