'Farsa y licencia de la reina castiza', una comedia satírica y esperpéntica sobre sexo y corrupción
Nao d'amores coge una comedia de Valle-Inclán considerada menor y la hace grande para alegría del público.

Va a resultar que esa excelencia teatral que se le atribuye a Valle-Inclán donde se está demostrando es en sus consideradas obras menores. Esos pequeños textos que escribió para marionetas o títeres de cachiporra. Ya se pudo comprobar con el éxito que tuvo La cabeza de dragón que Lucía Miranda montó en el Centro Dramático Nacional y se vuelve a comprobar con Farsa y licencia de la reina castiza que Nao d’amores acaba de estrenar en la sala pequeña del Teatro Español.
Sin ánimo de generar polémicas, la mejor defensa para la afirmación anterior se da en el teatro. En la conexión natural que se da entre lo que sucede en escena y el público que asiste a las representaciones. Donde las coartadas culturales que el respetable y el periodismo cultural usan cuando van a ver, por ejemplo, Luces de bohemia, sobran en los casos citados porque las experiencias son lo suficientemente lúdicas como para no tener que buscar ningún tipo de justificación más allá de lo bien que se lo han pasado y de que les ha gustado.
Esta vez lo que ha gustado es la comedia que se monta alrededor de la reina Isabel II, la de España en el siglo XIX, que no hay que confundir con la inglesa del siglo XX. Una reina con muchas peculiaridades, según las crónicas no oficiales de la época, entre las que se encontraba la de ser una devoradora de hombres. Amantes a los que le gustaba escribir cartas largas y tendidas.
En esta obra, una de esas cartas se convierte en moneda de cambio. Un elemento para solicitar prebendas, siguiendo las corruptelas de la Corte y su modus operandi habitual de aquella época, saltándose las leyes o cambiándolas por decreto en función de necesidades varias. Así se podía obtener desde dinero a un arzobispado, aunque fuera el de Manila en la alejada colonia de Filipinas, para asegurarse un estipendio para toda la vida, pasando por un puesto militar también remunerado.

Una corte real que parece más una corte de los milagros que una corte regia y aristocrática, pues los reyes tendían a rodearse de los personajes que les caían en gracia antes que de consejeros fiables. Pícaros que entendían que mientras fueran invitados a aquella mesa su único objetivo era forrarse antes de que fueran cambiados por otros que cayeran más en gracia. Por lo que no perdían la oportunidad de barrer para casa mientras hubiera ocasión ya que la gracia que tenían volvía ciega a la realeza y a su círculo más íntimo, la familia más cercana.
Con todo esto, que se supone que está basado en periódicos de la época, libelos que se publicaban entonces con todos estos chismes y chascarrillos, Valle se escribe una comedia al estilo versificado de las comedias de cordel. Esas comedias rimadas que cantaban los ciegos por los caminos.
Además, el autor se da libertad para jugar con las palabras, tanto con su contenido como con su sonido, que es un gustazo escuchárselo decir al elenco. Porque los actores y actrices son buenos. No solo en el decir sino en el estar y en el moverse en escena, como es la costumbre de Nao d'amores.
Y eso que esta vez se les exige ser casi títeres, marionetas histriónicas y, en cierto modo, estridentes. Además de tener que representar una gran multitud de personajes con casi solo cambiarse un sombrero, una corona o un tocado hechos con los periódicos en los que se contaban los devaneos de la reina y los trapicheos de la corte. Se produce así un milagro de los panes y los peces en versión teatral, es decir, los intérpretes se multiplican para dar cabida a todos los personajes. A veces a una velocidad que hay que ser muy bueno para que el público siga la función y no se pierda. El elenco al completo lo consigue.

Por si eso fuera poco, se acompaña de otra marca de la casa. Una excelente selección musical que comienza con el himno de España, animando al personal a tararearlo con gracia y salero. Una música con una pianista en directo que se integra dentro de la función como un personaje más y que añade una dificultad más al elenco, la de tener que cantar, de la que los intérpretes salen con bien y muy cabareteramente, al estilo de café cantante y picante de la época en que se escribió el texto. Un registro que quizás entiendan mejor los espectadores más mayores que los más jóvenes, pero al que estos no tendrán problema en entrar, sobre todo si han ido a ver y escuchar a Rodrigo Cuevas.
Lo anterior no funcionaría como lo hace sin otros elementos de la obra. Empezando por el vestuario. Los personajes van en paños menores de la época que con los gorros de papel citados y caracterizándolo con algún que otro elemento, ya sea una pelliza de piel o un pañuelo rojo oscuro tendiendo a granate, como los cortinones de los cuadros de corte. Y siguiendo con la escenografía relativamente sencilla que usa parte del vestuario.
Un miriñaque gigante que lleva la reina como elemento clave, tanto para crear una sombrilla, bajo la que se cubren todos los personajes en diferentes momentos, como una gran carpa donde se deja intuir que se produce el enredo y los detonantes de la comedia. Con todos lo anterior, Ana Zamora, la directora de la obra, crea una comedia y muestra que el estilo de Nao d’amores, un estilo muy serio y respetuoso con la tradición y el conocimiento académico del teatro, es capaz de afrontar con éxito cualquier género.
Esta vez una comedia ‘real’, porque trata asuntos protagonizados por reinas y reyes, que se escribió cuando a principios del siglo XX se estaba extendiendo un sentimiento republicano entre los españoles ante los rumores que había sobre Alfonso XIII, por cierto, nieto de Isabel II y abuelo del rey emérito. Una comedia que no deja de estar contada como si fuera un cuento para niños, sin estar dirigida a este público. Una obra de marionetas o títeres, para que los adultos recuperen, a través de la ironía, la sátira y hasta el esperpento valleinclanesco el espíritu infantil y la alegría de estar vivos a la hora de hablar de corrupción y de sexo.
