Habermas y la democracia deliberativa
"Una idea clave, muy sintética, que puede iluminar el camino de semejante propuesta es la de que votar sin debatir no es democrático".

Acaba de morir a una provecta edad el filósofo Jurgen Habermas, un pensador retornado del nazismo que, durante su larga andadura, ha estado obsesivamente pendiente de la calidad de la democracia política y ha realizado brillantes aportaciones al perfeccionamiento de los sistemas democráticas de gobernanza que, incluso es los países más adelantados, adolecen de figuras inadmisibles.
Mucho tendrán que trabajar filósofos y sociólogos en la gestión del rico legado de Habermas, pero en esta precisa coyuntura, alterados todos por la clausura del estrecho de Ormuz —¡si Adolfo Suárez levantara la cabeza!— se me antoja que lo más urgente es revisar nuestros desgastados regímenes para vitalizar y prestigiar un cúmulo de valores democráticos, agrupados y armonizados tras la segunda guerra mundial, que se han desgastado intensamente con el uso y sobre todo con el abuso que de ellos han hecho las elites norteamericanas, apiñadas en torno a Donald Trump, un repugnante sujeto con ínfulas de dictador, pátina cultural sin estrenar y tendencia a suplantar los sutiles sistemas de decisión de nuestros modelos sociopolíticos mediante la aplicación irrevocable de su exclusiva voluntad. Es tremendo constatar que Trump en solitario ha provocado el incendio de Oriente Medio y la mayor crisis energética de la historia sin que el parlamento de su país haya podido entrar a opinar sobre el asunto.
Así las cosas, lo más urgente tras la muerte de Habermas es la recreación de un concepto decaído y agonizante, el de la democracia deliberativa, sobre el que trabajó el ilustre alemán al desarrollar su ética del discurso. EL asunto no es nuevo en España, donde la idea ha sido uno de los grandes temas de debate de la Fundación Alternativas, vinculada al Partido Socialista, y ha sido desarrollada y aplicada por plumas ilustres como las de Adela Cortina y Daniel Innerarity. Justo es recordar que el movimiento 15-M y el primer Podemos lanzaron el eslogan “democracia real, ya”, que, aunque muy cuestionado, impulsando el debate sobre formas de participación más deliberativas y directas frente al sistema representativo tradicional.
Todos ellos proponen mejorar los sistemas de gobernanza para acomodarlos mejor a la creciente complejidad de nuestras sociedades y a las fisuras que los procesos democráticos contemporáneos experimentan cuando han de enfrentarse a desviaciones totalitarias que arruinan las bases de algunos grandes consensos forjados por el propio progreso.
Una idea clave, muy sintética, que puede iluminar el camino de semejante propuesta es la de que votar sin debatir no es democrático. La simple mecánica electoral basada en constituciones inobjetables y en normas electorales técnicas contrastadas que forman parte de la materia constituyente no garantiza la adopción de decisiones «justas», si estas no han sido convalidadas a lo largo de procesos de mucha mayor enjundia que los generalmente escuetos y vacíos debates parlamentarios.
