La distopía del alquiler
"Aún no se ha escuchado en público ni un solo argumento que justifique la negativa frontal del partido socialista a incluir a los inquilinos en el escudo social y económico".

En solo cuatro episodios, la tragicomedia distópica “The Architect” nos sumerge en la crisis de la vivienda y sus consecuencias. Excluida del mercado inmobiliario, sin acceso a una hipoteca o un alquiler decente, Julie, su protagonista, acaba viviendo en una plaza de garaje subterráneo transformada en habitación. Una ingeniosa y precaria solución que la lleva a dormir bajo tierra entre cuatro paredes de plástico. Aunque parezca exagerado, basta con rascar un poco para comprobar que no hay tanta ficción como nos gustaría.
Porque la realidad, aquí y ahora, se parece demasiado a ese parking sin ventanas.
Los datos son demoledores. Según Intermon Oxfam, el 85% de los inquilinos destinan más del 30% de sus ingresos al alquiler. La inmensa mayoría supera el umbral que el propio Banco de España considera razonable. Pero lo verdaderamente alarmante no es el titular, sino lo que esconde: un 13% de arrendatarios están obligados a dedicar siete de cada diez euros que ganan para pagar un techo. Siete de cada diez euros. Una auténtica barbaridad La constatación de que, como señalaba otro informe de la Red Europea de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión Social, vivir de alquiler es un factor de riesgo.
Y, aún así, hay quienes se niegan a proteger a los inquilinos e inquilinas.
No hace falta leer investigaciones. Basta con salir a la calle, hablar con la gente o mirar Idealista. Cualquiera que no viva en una burbuja sabe que pagar el alquiler es, a día de hoy, la mayor carga económica y mental en cualquier hogar. La primera preocupación al empezar el mes y la última antes de acostarse. Una presión constante que tensiona el bolsillo, ennegrece el humor y condiciona todas las decisiones vitales: tener hijos, cambiar de ciudad, aceptar un curro o simplemente planificar el futuro. Es una losa que se agranda por la avaricia de los rentistas y la desprotección de los poderes públicos. Y a todo ese cóctel hay que sumarle las turbulencias económicas derivadas de la guerra ilegal que Israel y Estados Unidos han desatado contra Irán.
En un escenario de incertidumbre geopolítica, de fervor belicista y de espiral de precios desbocada, hacen falta medidas que alivien el bolsillo de las familias trabajadoras. Reducir el impacto de las guerras iniciadas por genocidas, pederastas y supremacistas en las economías domésticas debe ser una prioridad. No hay mejor declinación nacional del “No a la guerra” que aprobar una moratoria y congelar los alquileres. No sería la primera vez y se ha demostrado eficaz, justo y necesario.
De la derecha cipaya no esperamos nada. A los vendepatrias, lamebotas y arrastrados a los intereses de potencias extranjeras no les exigimos nada. Ya sabemos cuáles son sus intereses y para quiénes trabajan. Su negativa a incluir la vivienda en el escudo social es conocida y encaja con el modelo de sociedad, postrada ante el mercado más salvaje, que defienden. Lo que no es razonable es que el PSOE se alinee en esas posiciones.
Frente a las voces de Pablo Bustinduy y Mónica García defendiendo que el decreto anticrisis incluya medidas de vivienda, al otro lado silencio. Aún no se ha escuchado en público ni un solo argumento que justifique la negativa frontal del partido socialista a incluir a los inquilinos en el escudo social y económico. Lo que sí existen son poderosas razones para hacerlo.
Una ideológica. En el buen sentido de la palabra. Se trata de una medida que detiene el crecimiento de la desigualdad, reduce la pobreza y protege a colectivos vulnerables. Es una política que da un balón de oxígeno a miles de familias y jóvenes. Una norma que hace la vida más sencilla a quienes ya demasiados obstáculos encuentran en su día a día. No es una receta mágica que resuelve los problemas estructurales de la economía española pero sí apunta en la buena dirección.
Otra electoral. Es cierto que Pedro Sánchez se ha erigido como autoridad moral de Occidente por su posición, tan de mínimos como revolucionaria dado el contexto, sobre cuestiones internacionales. Sin embargo, no es que el PSOE vaya sobrado ni en las encuestas, ni en las elecciones. Ha dinamitado dos de los pilares sobre los que ha basado su última etapa: la lucha contra la corrupción y el voto de las mujeres mayores. El doble desencanto provocado por los casos Ábalos y Salazar no se apacigua mirando hacia otro lado. Parte del desánimo en capas del electorado progresista nacen de estos escándalos y se ve acentuado por la inacción y la tibieza en materia de vivienda que el PSOE impone en el gobierno.
No importa el motivo. Ya sea la férrea convicción de que hay que atajar las desigualdades o el cálculo electoral para las siguientes citas en las urnas. No es relevante. Lo que sí lo es, lo que es urgente, es que los alquileres dejen de devorar los salarios. Que vivir bajo techo no sea una gymkana imposible. Que la realidad deje de parecerse tanto a esa ficción incómoda donde las plazas de aparcamiento se acaban convirtiendo en la solución. Porque si no hacemos nada, lo verdaderamente distópico no serán solo las series.
