La vida social convertida en una droga
No son las redes sociales el único factor que causa la llamada “crisis de la salud mental juvenil”, pero sí uno de los principales: es difícil no pagar un precio emocional al enfrentarse con trece años a esa catarata de narcisismo, de cruel rivalidad por el éxito social, de bullying, de sexualización ponzoñosa...
Elijan la palabra que menos les inquiete ideológicamente: regular, controlar, supervisar, vigilar… la que quieran, pero al final tenemos que conseguir reducir al mínimo el acceso libre de los menores a las redes sociales. Sí o sí. Y esta medida es previa a ser de izquierdas o de derechas. Como reducimos todo lo que podemos su acceso al alcohol o a la conducción de vehículos. Ya sé que muchos menores encuentran la forma de beber a pesar de todo. Ya sé que la prohibición no consigue perfectamente su objetivo. Pero a nadie se le ocurriría argumentar esto para defender que hay que levantar el veto al alcohol en la infancia. Y, desde luego, a los que más hay que señalar ante el problema de la venta de alcohol a menores es a los que quieren vender alcohol a menores. Es muy fácil establecer el paralelismo.
Sobre todo, teniendo en cuenta que las redes sociales en la adolescencia son tan tóxicas como el Jägermeister. ¿Sabían ustedes que los veinteañeros estadounidenses tienen las cifras de ansiedad y depresión que hace cincuenta años tenía la población presidiaria? No son las redes sociales el único factor que causa la llamada “crisis de la salud mental juvenil”, pero sí uno de los principales: es difícil no pagar un precio emocional al enfrentarse con trece años a esa catarata de narcisismo, de cruel rivalidad por el éxito social, de bullying, de sexualización ponzoñosa, de exposición a materiales malvados, de manipulación comercial, de destrozo de la atención y la tolerancia a la frustración. Y todo presentado en un formato cómodo, directo, simple, con una capacidad de fascinación y seducción como jamás conoció la especie humana.
Lo ideal, claro, sería no prohibir nada —y eso que asusta un poco pensar en qué idea de la educación tienen quienes esta semana contrapusieron la educación a la prohibición—. La prohibición provoca antipatía hacia el educador, aumenta el interés por lo prohibido, convierte en héroe al que viola la norma, pero estamos esperando sentados a quien invente un método mejor de evitar que los menores hagan cosas que les perjudican cuando ellos sienten que no. Volviendo al alcohol, ¿levantamos el veto y damos charlas muy amenas a los menores acerca de los peligros del tequila en las primeras salidas adolescentes? Seguro que de esa forma las noches de los fines de semana de nuestras ciudades se llenarán de jóvenes bebiendo mosto. Tomémonos unos segundos para reír antes del último párrafo.
El enemigo es gigantesco. Inimaginable en dinero y maldad. En el momento en el que usted lee esto, los mejores —es decir, los peores— psicólogos del mundo buscan cómo mejorar el algoritmo para hacer las redes más adictivas. Los mejores —es decir, los peores— ingenieros del mundo depuran sonidos, vídeos, interfaces, para ir ganando minuto a minuto veinticuatro horas de atención al día de los adolescentes. Y les importa una mierda el daño que les hagan si hacen ganar un dólar a sus empresas. Por encima de detalles, acierta el gobierno cuando intenta atajar este problema, que sólo podrá paliarse —solucionarlo es imposible— si, además, familias y centros educativos actúan como un frente solidísimo contra los que quieren convertir la vida social en una droga y vendérsela adulterada a los menores.
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