'Los Miserables', ¿has escuchado al pueblo cantar?
'Los Miserables', algo más que un musical porque tiene mucho que contar (te) y que cantar (te).
La nueva producción en español del musical Los Miserables de Alain Boublil y Claude Michel Schönberg lleva ya más de cien representaciones en el Teatro Nuevo Apolo de Madrid. Aunque viendo la venta de entradas y la reacción del público en el teatro, le quedan muchas funciones mientras los productores aguanten y los propietarios de los derechos lo permitan.
Es cierto que, a parte del elenco y el equipo encargado de poner en pie esta nueva producción en España, poco la diferencia de la anterior. En el sentido de que reproducen la que permiten en la actualidad los dueños de los derechos de autor. La que tiene, además de la partitura y las canciones originales, una escenografía basada en las acuarelas de Victor Hugo, el autor de la novela en la que se inspira este musical.
Un novelón de esos del siglo XIX con multitud de personajes y peripecias. Un dramón de rompe y rasga protagonizado por Jean Valjean. Un hombre hambriento que fue pillado robando pan por lo que se lo condenó a galeras. Un castigo desproporcionado para el delito. Lo que le marca como ladrón, a pesar de haber cumplido la pena, y le dificulta tener una vida en aquella época, oscura y gris, sino vuelve a la delincuencia.
En esta situación, un obispo le enseña lo que es la compasión cuando está robando en la iglesia, cubriéndole con una coartada, consciente de que es la necesidad y no otra cosa lo que le hace robar. Y ese aprendizaje es usado por Jean Valjean para hacerse, a pesar de todo, un hombre de provecho y, también, un hombre que pueda ayudar a sus semejantes. Y lo habría conseguido, de no haber sido por el inspector Javert. Que nunca creyó en la rehabilitación de aquel que robó una vez y menos lo que pasó en la iglesia.
Sobre ese fondo de miseria y crueldad se producen muchas cosas. Entre otras las conspiraciones y los levantamientos que dieron lugar a la Revolución Francesa, justificados por esa situación de injusticias sociales que se vivían. Y, por supuesto, también hay romances, pues una cosa no quita la otra, y la vida siempre sigue. Y, por supuesto, también están los advenedizos que saben sacar tajada de cualquier ocasión.
Todo esto la convierte en una obra de una gran complejidad, en el sentido de las tramas y personajes que se cruzan para contar la historia. Así como la cantidad de lugares en los que sucede la historia que van desde las galeras de un barco, hasta salones palaciegos pasando por fábricas, los puentes del Sena, y los antros en los que se conspiraba contra el rey absolutista. Y todo esto está puesto en escena. Lo que lo convierte un montaje espectacular, quizás necesitado de un teatro con una boca más ancha que el teatro en el que se representa en la actualidad, por ponerle a este montaje un pero.
Se añade a esta historia, que no deja un momento sin resuello, una partitura y unas canciones difíciles de olvidar. De las que se pegan al imaginario del espectador. Cada uno tendrá su preferida, pero desde luego acumula temas como para que se hayan hecho cada cierto tiempo conciertos solo con las canciones y se hayan prestado a cantarlas tanto los grandes artistas de los musicales anglosajones, como cualquier artista al que le han ofrecido la ocasión. Incluso, es habitual que en los programas televisivos de talentos musicales se cante alguna de ellas, porque son de las que siempre llegan al corazón del público.
En esta producción, encima, lo que es la parte orquestal está cuidada al máximo. Por lo que la música se disfruta. Al menos el día al que pertenece esta crítica que dirigía Enric García, el director musical. Y es muy importante, porque al contrario de otros musicales, en este todo es cantado. No quiere decir que todo sean canciones, sino que hay diálogos o comentarios que se dicen con musicalidad y acompañado por la música.
Es cierto que el día a la que pertenece esta crónica el espectáculo empezó frío. Con una primera parte en la que se contaba lo que sucedía en la historia, pero no se permitía que sucediese en escena. Parecía apresurado. Pero aquello se fue calentando hasta los momentos de ignición y cuando llegó al segundo acto la cosa iba como un reloj.
Y Carlos Solano, el alternante y hermano del cantante del primer reparto que interpreta a Jean Valjean, encogió el corazón al respetable con la canción Sálvalo, ganándose un cálido, espontáneo y sincero aplauso del público. De esos que interrumpen la función, tanto que casi se le pide un bis y que si no se lo pidió seguramente fue porque era entre semana y la obra es larga y acaba tarde.
De todas formas, es Pitu Manubens, que hace del malo malísimo de Javert el que se lleva el gato al agua. Tiene la voz adecuada y cavernosa para interpretar a ese burócrata implacable que persigue el delito y al delincuente. Una voz que cree que en la existencia de un orden por encima de todos y que dicho orden es sacrosanto y no se puede cambiar. Y él, como representante del poder y su lacayo, se cree con el derecho de ejercer la violencia y la traición para mantenerlo.
¿Es todo esto suficiente para mantener viva la llama de Los Miserables durante cuarenta años? Podría serlo. Pero lo cierto es que lo que se cuenta no dista mucho de lo que pasa en la actualidad. Una actualidad en el que las noticias un día sí y otro también se ve como la compasión y la consideración por el otro, por el que no ha tenido las mismas oportunidades, se va desvaneciendo como un azucarillo en un vaso de agua en las sociedades occidentales, como pasa en esta historia.
Porque esta historia es un canto a la igualdad y a la fraternidad entre todos los seres humanos, vengan de donde vengan y sean quienes sean. Un canto para compadecerse unos de otros, antes de verlos como siervos de un orden y de un poder. Un canto a la solidaridad, como fuente de prosperidad. En la que esta no se quede en manos de unos cuantos y cuantas, con la complicidad de todo tipo de poderes.
Es de suponer que todos los espectadores que acuden y han acudido a ver en masa este musical allí donde lo han representado, incluso en el cine ya que hay una versión cinematográfica, sean ese pueblo que canta en la obra por tener las mismas oportunidades gracias a una sociedad que promueve la igualdad. Y que, viendo los resultados electorales, las intenciones de voto y lo que se hace con ellas, canten todos alto, fuerte y claro por ese mundo sin que sea necesaria una revolución tan violenta y sangrienta como fue la Revolución Francesa.
Zohran Mamdani ya ha comenzado a hacerlo en Nueva York, pero hacen falta más como él que permitan sintonizar, tararear y cantar otras canciones. Canciones que hablen de sueños humanos de prosperidad, que no es lo mismo que riqueza, y que canten por la salvación de todos los habitantes del planeta Tierra, sobre todo de aquellos que están a punto de perderlo todo incluida la vida, y no solo la de unos cuantos que consideran el mundo su parque de juegos y al resto sus siervos a los que mantienen en la miseria. Pero, de ser así, ¿quiénes son los miserables?