Periodistas
Cualquier sinvergüenza con un micrófono se lanza a la calle para crear momentos de crispación extrema con sus adversarios políticos, sabiendo que los likes le garantizarán una buena monetización de su canal.
No son ni más ni menos honestos que los agentes de seguros o los guardas forestales. No son ni más ni menos cultos que el personal de administración de los hospitales o los técnicos informáticos. No son ni más ni menos inteligentes que los recepcionistas de los hoteles o los abogados. En la práctica totalidad de los casos, su éxito profesional no depende de la verdad y relevancia de las noticias que transmiten a la ciudadanía, sino de la verosimilitud con las que las transmiten, la confirmación ideológica que el espectador siente al escucharlas, los likes y la atención que obtiene gracias a su estilo. Quitando casos heroicos —que no son más frecuentes que los que encontramos entre los profesores de matemáticas o los anatomopatólogos—, hacen lo que les conviene.
Forman parte del show. Tienen poder, pero no tanto. La mayoría ha estudiado grados universitarios, a pesar de que la única forma de aprender el oficio es haciéndolo y no hace falta saber nada para empezar a hacerlo. Han sido elementos fundamentales en la caída de gobiernos, denunciando corrupciones multimillonarias. Han sido elementos fundamentales en el mantenimiento de gobiernos, silenciando corrupciones multimillonarias. No conocen los límites de su profesión, no se sabe bien qué frontera les separa de los tertulianos, de los presentadores, de los columnistas. De los políticos. A veces dan a entender que saben más de lo que realmente saben. A veces dan a entender que saben menos. Han aprendido rápidamente las verdaderas reglas de su profesión y tienen un mapa preciso de la selva.
Eso sí, hacen lo que les conviene en un escenario dominado por la falsa conciencia. Porque forman parte de ese grupo extraño de profesiones que deben fingir que su conducta está gobernada por la búsqueda altruista e imparcial del bien. Firman manifiestos sobre la paz mundial y el calentamiento global como si fuesen actores de cine, como si su opinión tuviera más validez que la de los conductores de trenes. Bordean con ansia no disimulada el clero de la cultura y algunos hasta administran sacramentos. Saben interpretar a la perfección el papel del que no tiene la opinión ya formada de antemano, como si las conclusiones a las que llegan no estuvieran ya decididas antes de empezar los razonamientos y no fueran más previsibles que el eclipse del doce de agosto.
Cualquier sinvergüenza con un micrófono se lanza a la calle para crear momentos de crispación extrema con sus adversarios políticos, sabiendo que los likes le garantizarán una buena monetización de su canal. Algunos políticos —¡qué bochorno, Tellado!— se pondrán de su lado y lo llamarán periodismo. Otras redactoras trabajarán años y años, a pesar de feroces campañas en su contra, hasta demostrar tramas de corrupción que nos parecían inverosímiles al principio. Algunos políticos —¡qué vergüenza, Puente!— les pondrán motes y las llamarán pseudoperiodistas. Están ahí porque un día se encontraron con la posibilidad de ganarse la vida de esta manera. Empezaron en un medio, luego pasaron a otro y ahora están en uno diferente. Se conocen todos. Se aman a veces. A veces se odian a muerte.
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