'Timón de Atenas', quien tiene amigos ¿tiene un tesoro?
Pepe Viyuela se muestra como un excelente actor trágico en Timón de Atenas de Shakespeare en el Festival de Mérida.

Se puede decir que la verdadera inauguración del Festival de Mérida ha sido esta semana con el estreno absoluto de Timón de Atenas de Shakespeare dirigido por Hernán Gené y protagonizado por Pepe Viyuela. Es el que por ahora ha atraído más atención mediática y, según los organizadores del festival, el primer espectáculo con una muy buena venta de entradas, incluso el domingo a pesar de que la selección de España juegue la final del Mundial de Fútbol 2026.
Seguramente, tiene mucho que ver que el cabeza de cartel sea Pepe Viyuela. Un actor muy popular gracias a series como Aida y su papel de Mortadelo en varias películas. Y, en general, por el haber interpretado personajes simpáticos, majetes y buena gente al que se le suele asociar en distintas comedias. Sin quitarle mérito a su capacidad actoral y de payaso, alabada tanto por los profesionales del teatro como por la crítica de artes escénicas. Dotes por las que acaba de recibir el Premio Corral de Comedias del Festival de Almagro 2026.
El problema viene cuando el público va a ver una comedia con Pepe Viyuela y se encuentra con una tragedia de Shakespeare. Porque Timón de Atenas es una tragedia en toda regla. Historia de un rico ateniense que correspondía a los regalos, las dádivas, las loas y otras lindezas de sus amigos con regalos aún mayores, fiestas y banquetes que el creía dentro de sus posibilidades, pero que no lo estaban. Lo que le lleva a la ruina.

Y cuando busca ayuda para hacer frente a los pagos, todos esos amigos y arrimados tan dados a exaltarlo, elogiarlo y prometerle lealtad en la riqueza y en la pobreza, hacen mutis por el foro con extrañas excusas. Lo que hace que Timón se dé de bruces con una realidad que no esperaba encontrarse y tenga que huir de la ciudad al no poder saldar sus deudas.
Una huida en la que se vuelve pobre y misántropo. Alguien que vive en soledad debido a la gran decepción que le han producido sus amistades, decepción que extiende a todos los seres humanos. Una herida y dolor tan grandes que ni siquiera una vuelta del destino random, como son las caprichosas decisiones de los dioses, consiguen curar. Un dolor que alimenta con las raíces y plantas que encuentra por el campo y de pequeñas interacciones que agrandan la herida en vez de curarla.
A este primer shock se le añade el hecho de que aun siendo un espectáculo de Mérida no deje de tener un aire de circuito teatral off o alternativo. Espectacularidad no le falta ya que una inmensa diosa fortuna, muy kitsch y virginal, preside el escenario. Pero la presencia de sillas y mesas multiusos, en el sentido de que cumplen varias funciones escenográficas, y el que los camerinos, donde se cambien los actores para interpretar la multitud de personajes de la obra, estén en el escenario y a la vista ayudan a esta impresión. Y eso que es bastante probable que esté hecho así para que las transiciones entre escenas sean mucho más fluidas, más rápidas. Aunque es posible que a la mayoría del público prefiriese no ver los cambios de vestuario.

Luego está la marca de la casa Hernán Gené, el director de escena. En el sentido de apayasar, poner máscaras y caricaturizar a todos los personajes menos a Timón, el protagonista, y, quizás, a Flavio, el criado esclavo de aquel. En este sentido, hay que reconocer que, por lo que se ve en Timón de Atenas, este director de escena sabe jugar ese registro en términos de la tragedia, haciendo, en este caso, una farsa trágica. Manteniendo, cuando así se requiere, la seriedad de las escenas.
El mejor ejemplo es cuando Alcibiades, un aclamado militar amigo de Timón, pide clemencia al senado y los senadores apayasados y enmascarados, como una caricatura, responden. Una respuesta que, curiosamente, suena a dicha por los salvapatrias actuales que aparecen en televisión, llamando al decoro y a mantener las formas y el respeto con el poder.
Puede que ambas cosas, Pepe Viyuela como actor dramático y asistir a una tragedia, hagan que el público en vez de dar un paso adelante, de un paso atrás. Es decir, en vez de pensar, ‘ya que estoy aquí voy a ver que proponen’, opte por pensar ‘no me voy a ir porque he pagado, pero a mí qué me cuentan’. Con la actitud de paso atrás se perderán una profundad y bella reflexión sobre la amistad, sobre cómo construirla grande, sana y libre. Pues tanto engordarla artificialmente como rechazarla de plano no llevan nunca a buen puerto. Y en ese proceloso mar de los Sargazos, donde se quedan varadas tantas naves, es necesario saber conducirse y navegar haya viento o no.

No solo eso. También se asiste a lo importante que es la amistad para el desarrollo y mantenimiento de una sociedad. Son esas redes amistosas las que crean el entramado social y público que moverán el poder y la política, incluso al nivel más micro. Por eso es importante que se establezcan de forma sana y humana. Haciendo un símil con los que van al gimnasio a muscularse, lo importante que es crear amistades basadas en ejercitarlas y no en hormonarlas.
Esto hace que la obra tenga dos partes claramente. Una primera más luminosa. Llena de color. De boato. Son los tiempos exitosos de Timón. En los que tiene una corte de aduladores. Y una más oscura, cuando Timón caído en desgracia vive apartado de la gente y de su pueblo, en un lugar inhóspito, entre los animales.
La primera son tiempos festivos, alegres, en los que se adapta al autor para mostrar la estupidez y banalidad humanas con rasgos de presente. Desde los militares a los artistas pasando por los comerciantes del lujo y los filósofos, gente esta última siempre enfurruñada por lo que no se la encuentra adecuada para sentarla a la mesa, que estos piensan y tras pensar señalan o dicen lo que no se quiere oír.

La segunda son tiempos duros, en los que Viyuela en solitario se marca con mucha naturalidad unos monólogos agrios contra los atenienses, entendidos como la humanidad, y donde es capaz de emocionar. Esta vez, no para sacar la risa o sonrisa de los espectadores, sino para hacerles partícipes de la tristeza de su personaje y crear en ellos reconocimiento y compasión. Sin duda de los mejores momentos de la obra por lo que dice, por cómo lo dice y por cómo él solo llena un espacio tan inmenso como el del Teatro Romano de Mérida.
Momentos que compensan una producción que en su totalidad deja el poso y la sensación de que le falta algo. De que no es redonda y no acaba de cuajar. Puede que porque se quede en contar la historia en vez de hacerla llegar a través del sentimiento. En ese sentido tienen razón los que a la salida decían que les había resultado larga y reiterativa en algunas partes, pues cuando cuentas con que indiques cada cosa una vez es suficiente.
Sin embargo, Hernán Gené ha incluido suficientes elementos en su puesta en escena, en su forma de dirigir la obra, que ponen de manifiesto que su intención no es contar una anécdota y allá te las apañes con la historia. Busca el sentimiento.
De ahí, que haya aspectos menos cuidados y tratados a la manera económica del teatro que se hace en el off, junto a otros momentos donde parece encontrar ese sentimiento que está buscando que son los que le interesan, en los que se detiene. Momentos hechos con claridad y necesidad para que el público sienta y a través del sentir, entienda. A tenor de los aplausos, fueron suficientes momentos, para que aquellas personas que fueron con ideas preconcebidas sobre lo que iban a ver, por falta de información, se sintieran apelados por lo que habían visto y oído. Y poder decir, como cuando acaban los episodios de los Looney Toons, ¡Eso es todo amigos!
