BLOGS
24/09/2018 07:09 CEST | Actualizado 24/09/2018 07:09 CEST

Ser Penélope

Araki Films – Poland Studio

Aberdeen Art Gallery & Museums.

Si tantos pintores academicistas y prerrafaelitas representaron entre los siglos XIX y XX a Penélope es porque en ella veían condensadas las virtudes del ángel del hogar que debían ser sus esposas. Ahí está la de 1912, pintada por John William Waterhouse, teje que teje, ajena a los cuchicheos de las sirvientas o a los regalos de los pretendientes, concentrada en ese sudario –"absurda telaraña", lo llama Mercè Rodoreda en un poema– en el que entrelaza la espera, la paciencia y la fidelidad a un Ulises que tarda tanto en regresar. No es el caso de la protagonista del recién estrenado film de Eva Vila Penèlope (2018): Carme, trasunto del personaje creado por Homero en la Odisea, sabe esperar y coser, pero también zurcir para seguir adelante llenando la ausencia del que se fue, Ramon. El cambio no es extraño, los clásicos son clásicos porque siempre tienen algo por explicar, y se adaptan a nuevos presentes que reafirman su inmortalidad.

Araki Films - Poland Studio.

Película de imponente belleza visual, Penèlope está hecha de texturas –muros desconchados, madera repintada, y pieles, uñas y cabellos que ya han vivido mucho–, de transparencias que no lo dejan ver todo –sean ventanas polvorientas, espejos picados, cortinas a contraluz, o miradas fijas en el infinito–, y de hilar reflejos y sombras –los del sol en su inexorable caminar y las de las personas que se sientan, aguardando–. De hecho, la directora Eva Vila y el director de fotografía Julián Elizalde se empeñan con acierto y sensibilidad en retratar los cuerpos y, especialmente, los rostros y las manos, igual que muestran los paisajes, tanto los domésticos como los naturales, transitados por la cámara siguiendo los caminos que antes ya ha trazado el tiempo. Quizá de eso va el cine, precisamente, del tiempo, pero no hay tanto cine que lo recuerde así.

Araki Films - Poland Studio.

Pespunteados por la hermosa música de Juan Sánchez "Cuti", también lo viejo y lo nuevo se ovillan en Penèlope. La fuerza telúrica y atávica de la sierra dentada de Montserrat, las celebraciones ancestrales, y la vibración de un pueblo, Santa Maria d'Oló, que tañe las campanas de la iglesia mediante la fortaleza de chicos y chicas recordando que tras los ascendientes –Penélope y Ulises– vienen los descendientes –empezando por Telémaco–; Eva Vila, que no da puntadas sin hilo, dedica el film hacia atrás y hacia adelante: a sus padres y a su hijo. Quizá de eso va el cine, precisamente, de la memoria y las expectativas, pero no hay tanto cine que lo recuerde así.

La llegada, la espera y el retorno son los tres capítulos en los que se divide el film, y todos se hilvanan mediante esa idea de la vida como viaje –interior para Carme y exterior para Ramon–, como un movimiento constante en el que las metas no están nunca claras, ni si se llega a tiempo. Por suerte, en medio de la incertidumbre, inherente a la naturaleza humana, todavía se levantan poderosos los mitos, sosteniéndonos con su verdad, tan antigua y solo reconocible a través de la inspiración. Trazando un paralelismo entre el cine y la escultura, del mismo modo que las pieles de Carme y Ramon se muestran arrugadas y vulnerables, pero a la vez electrificadas e iluminadas por la fuerza homérica de Penélope y Ulises, el papel y el cartón de la artista Patrícia Maseda se revelan tan estrujados y efímeros como eternos, paradoja sólo comprensible teniendo en cuenta que sus esculturas representan personajes míticos como la Medusa de 2018. Tal es la potestad del mito, hacer grande lo pequeño y exponer realidades veladas, de modo que la frágil Carme es también la majestuosa señora de Ítaca. Quizá de eso va el cine, precisamente, del mito, pero no hay tanto cine que lo recuerde así.

Cortesía de la artista.

Penèlope es más atmosférica que narrativa, y más poética que explicativa, quizá porque en la capacidad documental de Eva Vila, probada con todo el duende en Bajarí (2014), se forja la capacidad para decir menos y sugerir más. De ahí una bellísima capacidad evocadora que a los versos de Homero les van que ni bordados, y que se encuentra raras veces, como aquella luz sobre los muros de O convento (dir. Manoel de Oliveira, 1995), o las nubes de El cielo gira (dir. Mercedes Álvarez, 2004). Y de ahí que sea intensa emocionalmente, pero nada sensiblera: toca fibras muy profundas porque no echa mano de ñoñerías o recursos lacrimógenos, sino que se limita a rastrear lo personal sobrevolándolo como hace la cámara sobre las tierras arboladas y las montañas picudas, con la misma mirada aérea del cartógrafo o de la modista sobre el patrón, consiguiendo no un efecto de alejamiento, sino de universalidad. De este modo, todas y todos somos esos Carme/Penélope y Ramon/Ulises –encarnados por Carme Tarté Vilardell y Ramon Clotet Sala, ambos en estado de gracia o, mejor dicho, tocados por la Musa–. Quizá de eso va el arte, precisamente, de las personas, pero no hay tanto arte que lo recuerde así.

Araki Films - Poland Studio.

Síguenos también en el Facebook de El HuffPost Blogs

EL HUFFPOST PARA 'MATAR O MORIR'