Carla García, geógrafa experta en dunas: "Construimos donde nunca debimos hacerlo: tenemos que retroceder, no expandirnos"
El bucle de dragar arena del fondo marino para reponerla en la costa… y perderla de nuevo tras el siguiente temporal.

Hay playas que parecen eternas. Y luego está la realidad. En la Costa Dorada, una de las franjas más urbanizadas del Mediterráneo, el mar lleva años avisando: la arena desaparece, las tormentas son más agresivas y el equilibrio natural se ha roto. La respuesta ya no pasa por añadir más cemento ni más paseos marítimos. Todo lo contrario.
La geógrafa Carla García Lozano lo resume con una frase que incomoda: “Construimos donde nunca debimos hacerlo. Necesitamos retroceder, no expandirnos”.
No es teoría. Es lo que ya está ocurriendo en municipios como Vila-seca, donde el ayuntamiento ha decidido eliminar carreteras junto al mar para devolver espacio a la playa y reconstruir dunas. Un giro radical tras décadas de urbanización sin freno.
Demoler para salvar la playa
En Vila-seca, el cambio se ve —y se oye—. Máquinas moviendo arena, carreteras que desaparecen, zonas verdes que se transforman. El objetivo es ensanchar la playa más de 50 metros y crear sistemas de dunas que actúen como defensa natural.
El proyecto afecta a más de 33.000 metros cuadrados y cuenta con una inversión de 8,4 millones de euros. Pero más allá de la cifra, lo importante es el mensaje:
por primera vez en décadas, se deshace lo construido en primera línea de costa.
El alcalde, Pere Segura Xatruch, lo explica sin rodeos en Taz: “Nuestra playa está enferma. Ha perdido su equilibrio natural”. Durante años, dunas, pinares y humedales actuaban como barrera. Absorbían temporales, retenían arena y protegían la costa. Luego llegaron los apartamentos, los hoteles, los paseos marítimos. Y ese equilibrio desapareció.
El problema invisible: puertos y corrientes
No todo se ve a simple vista. Uno de los grandes responsables de la erosión está unos kilómetros más allá: el puerto de Tarragona.
Su crecimiento ha alterado las corrientes marinas y ha bloqueado el flujo natural de sedimentos. Antes, el río Francolí llevaba arena hasta la playa. Hoy desemboca dentro del puerto. Resultado: la playa pierde lo que el mar se lleva… y no lo recupera.
El efecto es desigual. En algunos tramos la arena se acumula. En otros desaparece. Es lo que los expertos llaman 'playas en desequilibrio'. Y ahí empieza el bucle: dragar arena del fondo marino para reponerla en la costa… y perderla de nuevo tras el siguiente temporal.
Las dunas: la solución que siempre estuvo ahí
Mientras durante años se apostaba por hormigón y espigones, la solución estaba más cerca —y era mucho más simple—: las dunas. En municipios como Torredembarra o Calafell se están recuperando con resultados visibles. No es magia. Es física básica: las dunas retienen la arena, frenan el viento, absorben la energía del oleaje y protegen el interior.
El ambientalista Ramón Ferré, del grupo Gepec, lo explica señalando dos tramos de playa: uno con dunas, otro sin ellas. En el segundo, el viento arrastra la arena hacia la ciudad. En el primero, se queda. En Calafell, las dunas han retenido entre 3.000 y 4.000 metros cúbicos de arena, el equivalente a cientos de camiones.
Y hay otro detalle que dice mucho: ha vuelto el chorlito patinegro, una especie en peligro que solo anida en ecosistemas bien conservados.
El error de fondo: agrandar artificialmente la costa
Durante décadas, la lógica fue siempre la misma: si la playa pierde arena, se añade más. Si el mar avanza, se construye un muro. Pero esa estrategia tiene un límite. Y ya se ha alcanzado. Carla García Lozano explica que "la erosión no es tan grave como parece. En muchos lugares, las playas se expandieron artificialmente. El mar está reclamando lo que nunca debió existir".
Es una idea incómoda. Porque implica asumir que parte del problema no es el mar… sino lo que se construyó.
A este desequilibrio se suma un elemento que lo cambia todo: el cambio climático.
En la costa catalana, el nivel del mar ha subido 6 centímetros en los últimos 20 años. Puede parecer poco. No lo es. Más altura del mar significa olas más potentes, temporales más destructivos y mayor pérdida de arena.
Y eso en un litoral donde el 45% de la población vive en solo el 7% del territorio, precisamente la costa. Lo que está ocurriendo en la Costa Dorada no es un caso aislado. Es un adelanto de lo que puede venir en muchas zonas del Mediterráneo.
