El hongo de la intolerancia
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El hongo de la intolerancia

"La persecución del agitador ultra Vito Quiles a Begoña Gómez no fue un episodio aislado ni una simple 'acción periodística'. Fue un acto de hostigamiento político".

Vito Quiles, en la Universidad de Granada.Alex Camara/Europa Press via Getty Images

Hay momentos en política en los que la ambigüedad deja de ser prudencia y se convierte en complicidad. Hannah Arendt, una de las pensadoras más influyentes del siglo XX, reconocida por su análisis profundo del totalitarismo, el poder y la naturaleza del mal, lo explicó en “Los orígenes del totalitarismo”: los fenómenos más peligrosos no crecen como árboles con raíces visibles, sino como hongos, alimentados por la descomposición del espacio público. El fanatismo y la intolerancia prosperan cuando se degrada la verdad, se erosionan las instituciones y se normaliza la violencia política.

Eso es lo que ocurre hoy en España. El insulto sustituye al argumento, el señalamiento reemplaza al debate, y el machismo se disfraza de provocación mediática. Y ante eso, no hay equidistancia posible: o se está del lado de quienes degradan la vida pública, o del lado de quienes la defienden.

La persecución del agitador ultra Vito Quiles a Begoña Gómez no fue un episodio aislado ni una simple “acción periodística”. Fue un acto de hostigamiento político y de violencia machista, alentado por un ecosistema ultra que financia a este tipo de sujetos, y que busca destruir al adversario y expulsar del espacio público a mujeres libres. Y no es un caso único ni extraño; es cada vez más habitual. Ahí están también los insultos del también ultra Bertrand Ndongo contra la diputada Aina Vidal, a la que llamó idiota en el Congreso, o la escalada verbal de Santiago Abascal llamando “chuloputas” al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. El deterioro democrático empieza siempre así: cuando la deshumanización se convierte en espectáculo y el insulto en estrategia política.

Pero el problema no es solo quien agrede. También lo es quien calla. Alberto Núñez Feijóo ha optado demasiadas veces por el silencio y la equidistancia ante esta degradación. Y la equidistancia entre víctima y victimario, nunca es neutral: termina favoreciendo al agresor. No señalar con claridad a quienes erosionan las reglas democráticas es una forma de legitimarlos.

Quienes vivimos la violencia política en el País Vasco conocemos bien esa lógica. Durante años, el terrorismo de ETA y su entorno intentaron imponer la idea de que todos eran responsables: perseguidos y perseguidores, víctimas y verdugos. Pero no era verdad entonces, ni lo es ahora. Quienes sufrían amenazas, acoso o violencia no eran culpables de ser atacados.

Lo mismo ocurre hoy. Ser perseguida o humillada públicamente, no convierte a la víctima en responsable del ataque. Confundir ambas cosas no es equilibrio: es injusticia.

Por eso, frente al fascismo, el machismo y la violencia política, no cabe la abstención moral. El silencio no es otra cosa que complicidad. La democracia no se defiende desde el cálculo ni desde el silencio, sino desde el compromiso con la verdad, el respeto y la dignidad de quienes son atacados.

Hannah Arendt advirtió de que el mayor peligro no era la brutalidad explícita, sino la normalización de lo intolerable. Ese es el terreno donde crece el hongo: cuando el escándalo deja de escandalizar, y quienes tienen responsabilidad pública miran hacia otro lado.

La disyuntiva hoy es clara: o se fortalecen las raíces democráticas —verdad, igualdad y respeto— o se deja avanzar el hongo de la intolerancia. Porque frente al victimario no cabe la neutralidad. Y frente a la víctima no basta el silencio: hace falta apoyo.

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Rafaela Romero es portavoz adjunta de Justicia y de Memoria Democrática y diputada del PSOE por Gipuzkoa

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