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02/01/2016 10:03 CET | Actualizado 02/01/2017 11:12 CET

¿Hasta qué punto el sistema sanitario es perjudicial para la salud?

Nos enfrentamos una tormenta perfecta de errores concatenados desde la oficina del ministro de sanidad a la consulta del último médico de pueblo del país. Cada vez acudimos más al médico, consumimos más medicamentos, nos sometemos a más pruebas diagnósticas, percibimos peor nuestra salud, y somos menos autónomos para cuidarla.

Permítanme ofrecerles un punto de vista nada ortodoxo. Imaginen que les digo que los sistemas sanitarios actuales son perniciosos para la salud. Muchos se llevarán las manos a la cabeza y expresarán ruidosamente su disconformidad. Bien, tan solo les pido un momento. Lean por favor estos dos simples argumentos:

1. Toda actividad biosanitaria tiene un porcentaje de daño (lo denominanos iatrogenia, efectos secundarios o efectos indeseables).

2. El paternalismo sanitario de décadas ha disminuido la capacidad de autocuidado de las personas.

Obviamente los sistemas sanitarios han hecho mucho bien aliviando sufrimiento, solucionando problemas de salud y aportando soluciones a millones de personas. Son una de las causas del aumento de longevidad de la población y de la disminución de ciertas enfermedades. Hay muchas cosas positivas.

Pero volvamos a los dos argumentos propuestos. ¿Qué pasaría si el sistema sanitario fuera la tercera causa de muerte de un país? ¿Qué pasaría si hubiera potentes intereses para que la ciudadanía consuma cada vez más bienes y servicios sanitarios?

Nos enfrentamos una tormenta perfecta de errores concatenados desde la oficina del ministro de sanidad a la consulta del último médico de pueblo del país. Cada vez acudimos más al médico, consumimos más medicamentos, nos sometemos a más pruebas diagnósticas, percibimos peor nuestra salud, y somos menos autónomos para cuidarla.

Por si esto fuera poco, nuestro sistema sanitario arrastra un déficit crónico de financiación (se paga con impuestos y con deuda desde su creación) que lo hace crónicamente insostenible.

¿Qué podemos hacer?

El primer paso es tomar conciencia de la magnitud y complejidad del problema.

El segundo, repensar si queremos que la salud y la enfermedad sean mercancías canjeables en el mercado o valores personales y sociales esenciales que promocionar por un lado y aliviar por otro. Si optamos por la última opción, sería básico priorizar la soberanía personal y el autocuidado en primer lugar, y la sostenibilidad y racionalidad de los cuidados en segundo. Cuantificar una cartera de servicios sanitarios basada en pruebas científicas, garantizar el acceso a un vademécum de pruebas diagnósticas y medicamentos esenciales para toda la población y potenciar la educación, la promoción de la salud y las actividades de salud comunitaria. El economista Enrique Costas Lombardía aconseja "una reforma (big bang) que rehabilite el Sistema Nacional de Salud desde sus principios y lo disponga por ley para hacer lo que tiene que hacer y nunca hizo: afrontar con recursos limitados una demanda médica sin límites naturales". Tenemos toneladas de estudios y datos económicos que avalan esta opción, pero parece que poco a poco se está imponiendo la contraria, que tiende a privatizar servicios y a favorecer el libre mercado sanitario, favoreciendo a los potentes lobbies que obtienen enormes ganancias en este sector.

Es importante que usted piense lo que más le puede interesar en primera persona y como sociedad. Al final todos nos ponemos enfermos (de verdad) y terminamos muriendo. ¿Cómo nos gustaría que nos atendieran cuando ocurra?

Imagen: Portrait Of Dr Boucard (1929), Tamara De Lempicka.

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