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10/09/2013 07:42 CEST | Actualizado 09/11/2013 11:12 CET

Manuel Longares, maestro silencioso

Cuando uno abre un libro de Longares al azar lo puede reconocer en cualquier frase, en cualquier giro, en su pasión por la zarzuela y el sainete y la música en general, en el perfeccionismo de su lenguaje, en los personajes desmesurados, candorosos y románticos que pueblan sus páginas.

Soy de los pocos afortunados que posee un ejemplar de una conferencia que Manuel Longares impartió en Cuenca en el año 2001, al poco de publicar su celebérrima Romanticismo (solo se tiraron 1.000 ejemplares y es de los pocos textos donde el autor reflexiona sobre el arte de escribir y donde esboza una especie de breve poética).

Esa plaquette lleva por título La literatura del silencio y en ella expone su visión de lo que debe ser la tarea del escritor, un trabajo pausado, silencioso, lento, meditativo, paciente, que no debe verse afectado por los oropeles de la fama y las modas pasajeras, una vocación irrenunciable a la que el escritor debe dar rienda suelta contra viento y marea, y que cualquier autor que de verdad quiera dedicarse a este oficio debería leer, subrayar y memorizar sin falta.

El escritor Manuel Longares. Foto: Carmelo Rubio, Alfaguara.

Realmente descubrí a Longares en el mes de marzo de 2001, cuando la editorial Alfaguara me remitió un ejemplar de Romanticismo. Yo por entonces me dedicaba a hacer reseñas y entrevistas para varias revistas, y cuando me llegó el libro me alegré de encontrarme de nuevo con un autor que había leído en una editorial en la que estuve trabajando y que había publicado una novela que me resultó diferente a todo lo que leía por entonces, un juego como de sainete que me divirtió muchísimo pero que creo no llegué a entender bien. Aquella novela era Soldaditos de Pavía, y para mi fastidio no había podido conseguir un ejemplar.

Así que leí Romanticismo de inmediato, y el entusiasmo por aquel torrente de inventiva, de genialidad, de humorismo amargo como de esperpento de Valle-Inclán, y de lenguaje exuberante, que contaba la transición española en un barrio donde yo había vivido, me fascinó e hizo que al instante me sumara a la legión de seguidores de este autor hasta entonces más bien secreto. Luego, en las vacaciones de agosto de aquel mismo año, volví a leerla con un lápiz para subrayar y estudiar aquel artefacto y fue revelador descubrir la perfección artística del libro, la ambición que hay en sus páginas, y la sabiduría de su ejecución, a la altura de grandes autores como Broch, Mann, Joseph Roth o el propio Galdós.

No sobra ni una sola coma en Romanticismo, y a medida que pasan los años el valor y la importancia de la novela van aumentando progresivamente, lo que coloca al autor en uno de los más altos peldaños de nuestro panorama narrativo, algo a lo que el propio Longares parece no dar importancia cuando se habla con él, por su propia modestia y su vocación de seguir a lo suyo, metido en un rico y poderoso mundo propio, con un estilo indiscutible y único.

Cuando uno abre un libro de Longares al azar lo puede reconocer en cualquier frase, en cualquier giro, en su pasión por la zarzuela y el sainete y la música en general, en el perfeccionismo de su lenguaje, en los personajes desmesurados, candorosos y románticos que pueblan sus páginas. Es, sobre todo y ante todo, un maestro silencioso, y sus lecciones narrativas se encuentran no sólo en las novelas sino también en sus libros de relatos, como los de La ciudad sentida o el más reciente, Las cuatro esquinas, donde tiene cuentos tan excepcionales como El principal de Eguilaz o Delicado.

Y esas narraciones cinceladas meditativa y pausadamente es lo que el lector puede encontrar en su última novela, Los ingenuos (Galaxia Gutenberg). El libro cuenta la historia de una familia de porteros de la calle Infantas en Madrid, procedentes de Aragón, que aterrizan allí con la ilusión de ganarse la vida en la capital. La novela está dividida en tres partes, y narra la vida de esta familia en tres momentos distintos: años cuarenta, años sesenta y año 1975, unos días antes de que el dictador muera. No quiero desvelar más, solo recomendar la lectura de esta excelente novela que hará las delicias de los lectores más sensibles y exigentes, novela que muestra una vez más que Longares es una referencia indispensable cuando se habla de la literatura española actual.

La buena literatura se crea a fuego lento, y eso a veces puede desesperar al ansioso lector que espera la nueva entrega de su autor predilecto. Manuel Longares ha tardado siete años en darnos una novela (la anterior, Nuestra epopeya, se publicó en 2006), y ahora solo nos cabe esperar que no tarde tanto en sacar la próxima.

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