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19/10/2015 07:04 CEST | Actualizado 18/10/2016 11:12 CEST

Reivindicando a Eva: ciencia frente a la biotecnofobia

bioSi un intelectual desdeña los resultados científicos y le bastan los posicionamientos ideológicos a priori respecto a cuestiones como la homeopatía o los transgénicos, poco le podemos exigir a un ciudadano con menor formación. Por eso creo que a los investigadores nos ha llegado el momento de desterrar nuestra cómoda cobardía y arremangarnos en estos debates.

Ilustración: Alfonso Blanco

La escena se repite con frecuencia creciente: en una agradable charla de café, un amigo comenta de pasada que ha decidido comprar únicamente fruta y verduras "orgánicas", tratar sus dolencias con homeopatía, o interrumpir el calendario de vacunaciones de sus hijos; todo ello motivado por su convencimiento de que el modo de vida occidental está degradando nuestra salud y nuestro bienestar. Lo suele decir con absoluta seguridad, sin la menor duda de que su afirmación será compartida por quienes le escuchan. El amigo es persona de cultura humanística extensa, y sabe que tú te dedicas profesionalmente a la ciencia, pero ni siquiera concibe que alguien progresista y leído pueda discrepar de su comentario. Él está convencido de que la comida transgénica es dañina para el que la come y para el planeta, de que la eficiencia de la homeopatía es incuestionable, o de que las vacunas suponen un riesgo mayor que la infección que previenen.

En esa tesitura siempre tengo el mismo dilema: ¿contradigo a mi amigo e inicio un debate con él que le cuestione sus certezas y decisiones, o finjo no haber oído lo que ha dicho y reoriento nuestra amistosa charla hacia la injusticia del comité Nobel con Murakami o hacia la épica historia del Real Betis Balompié? ¡A qué negarlo! La mayor parte de las veces la placidez de lo segundo vence al remordimiento por la deserción como científico. Me consta que eso solemos hacer los que formamos este gremio. Escarmentados por el disgusto que en el pasado nuestra objeción ha producido en el ánimo de nuestros contertulios, nos comportamos como Torrente ante el delito: mejor mirar para otro lado que defender la evidencia científica. La consecuencia global de este cobarde comportamiento colectivo es la expansión de ese estado de opinión, que excede las charlas de sobremesa y se extiende cada vez más en la sociedad, alcanzando los parlamentos y las mentes políticamente más relevantes. Hace solo unos días, un conocido político, y a la par persona de notable trayectoria intelectual (no viene al caso su nombre porque el suyo es un ejemplo entre muchos), lanzaba en Twitter varios comentarios descalificadores sobre la biotecnología, combinando críticas contra las multinacionales de la agricultura con acusaciones contra la tecnología transgénica.

Es frecuente ese totum revolutum, donde se mezclan la censura de determinadas fórmulas de negocio basadas en la innovación tecnológica, con la descalificación global de la tecnología en sí misma. Ante las reacciones contrarias de muchos biotecnólogos, el político en cuestión respondía ignorando la abundantísima literatura científica que demuestra la inocuidad de los alimentos transgénicos, y en su lugar se hacía eco de opiniones publicadas por activistas del movimiento antitransgénicos. Es más, acusaba de "antidemocráticos" a quienes le criticaban, confundiendo el deseable carácter dialéctico del conocimiento (ciencias incluidas) con la indiscutible tozudez de los datos experimentales. Si un intelectual desdeña los resultados científicos y le bastan los posicionamientos ideológicos a priori, poco le podemos exigir a un ciudadano con menor formación. Creo que a los investigadores nos ha llegado el momento de desterrar nuestra cómoda cobardía y arremangarnos.

Ya no sirven las recetas del pasado. Las soluciones han de ser nuevas y surgirán de más ciencia, no de más creencia, por más que ésta se disfrace de falsa progresía.

Imaginemos, por ejemplo, que alguien acusase al pensamiento de Erich Fromm (la especialidad académica del intelectual que protagonizó esa polémica) de contribuir a la falta de libertades durante el régimen soviético, basándonos en la relación de Fromm con el ideario marxista y su teoría sobre las religiones monoteístas como origen de las aberraciones políticas del siglo XX. Es obvio que dichas acusaciones no resisten la más mínima crítica y basta con leer la obra de Fromm o la de aquellos que lo han estudiado a fondo para rebatirlas. Pero si ignoro la investigación rigurosa sobre Fromm y me quedo en el ámbito de las opiniones, siempre encontraré a alguien dispuesto a afirmar lo que necesito para mantenerlas. Especialmente si introduzco por el camino la utilización de las teorías de Fromm por el lobby del psicoanálisis y los abundantes beneficios que les genera a quienes rentabilizan el diván, o las pretendidas conspiraciones del sionismo, movimiento en el que Fromm militó durante su juventud. Podría pedir a cuenta de ello que se proscriban El arte de amar y El miedo a la libertad. ¿Disparatado, no es cierto? Pues en un disparate semejante se desenvuelve el debate social sobre las biotecnologías.

En mi opinión, la raíz de este problema no está alejada de la conexión entre religión y totalitarismo propuesta precisamente por Fromm. Bajo la biotecnofobia subyace una consideración sagrada de la naturaleza: lo natural y aquello que la tradición asimila a nuestros ojos con lo natural, aunque no lo sea, son algo bueno y perfecto de por sí, y cualquier modificación que el ser humano haga de ello supone su degradación. El espacio de las religiones clásicas de Occidente, hoy en una profunda crisis, va siendo ocupando por este difuso panteísmo donde lo natural se ha constituido en divino. Una divinidad tangible y a la vista, espiritual y a la vez material; más judeocristiana, imposible. La biotecnología no se rechaza porque sea físicamente dañina, sino porque es simplemente pecado. Pero al igual que los curas en nuestra infancia nos decían que la masturbación nos llevaría al infierno y antes de eso nos dejaría ciegos, los sacerdotes de la nueva religión nos admonizan sobre los alimentos transgénicos o las vacunas, que a la par de ofender a la diosa Naturaleza, dañarán nuestra salud. ¿Pruebas? ¿Para qué hacen falta pruebas si se ha violado nuestra intuitiva fe en lo natural?

En el fondo no hemos cambiado tanto ideológicamente durante los últimos milenios. En opinión de muchos cultivar el árbol de la ciencia amenaza de nuevo con dejarnos fuera del paraíso. Los cazadores-recolectores de Mesopotamia debieron achacar el agotamiento de las manadas que cazaban a la airada respuesta de su dios por la osadía de los pioneros de la agricultura, simbolizados en la Eva transgresora del Génesis. Hoy como entonces, la biotecnología es paradójicamente juzgada como causa de los males colectivos en lugar de como solución. Pero sólo el conocimiento científico y su utilización tecnológica nos permitirán superar los graves desafíos que plantea el aumento de la población mundial. Volver al ayer tecnológico no remediaría nada; lo empeoraría y mucho. No es cierto que cualquiera tiempo pasado fue más sano -vean el aumento sostenido de la esperanza de vida en los últimos decenios- pero aunque así lo fuese, los problemas del planeta Tierra de hoy, con sus más de 7.000 millones de habitantes, no se parecen en nada a los de hace tan solo un siglo. Ya no sirven las recetas del pasado. Las soluciones han de ser nuevas y surgirán de más ciencia, no de más creencia, por más que ésta se disfrace de falsa progresía.

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