De 1.500 habitantes en 1900 a menos de 500 hoy: Benarrabá revitaliza la España vaciada con nómadas digitales que aprenden a hacer queso de cabra y bailar flamenco
El teletrabajador no solo consume pueblo, sino que también aprende de él.
Mientras cientos de pueblos españoles siguen perdiendo población y viendo cómo sus jóvenes se marchan a las grandes ciudades, en distintos rincones de la llamada España vaciada empiezan a surgir fórmulas inesperadas para revertir la estadística. Algunas apuestan por atraer familias mediante incentivos económicos, otras por el turismo sostenible y, ahora, también por los nómadas digitales.
En este contexto, Benarrabá, un pequeño municipio malagueño que ha pasado de 1.500 habitantes a finales del siglo XX a menos de 500 en la actualidad, ha encontrado en el intercambio cultural y la vida comunitaria una manera tan original como eficaz de frenar la despoblación. En vez de resignarse a perder vecinos, abre la puerta a nómadas digitales que no llegan solo para conectarse a internet, sino para conectarse con el pueblo.
El municipio es cuna de la iniciativa Rooral, que lo ha convertido en un pequeño laboratorio de convivencia rural con coworking, coliving y agenda compartida con los residentes. Ya en 2024, Europa Press describía Benarrabá como un núcleo permanente de acogida para teletrabajadores, tras una experiencia piloto con 12 personas de ocho nacionalidades. A partir de ahí, el proyecto fue ganando peso hasta consolidarse como una propuesta estable.
Un fenómeno ya consolidado
Los resultados de esta iniciativa empezaron a notarse con rapidez. En julio de 2025, la Diputación de Málaga informó de la llegada de 73 nómadas digitales de 36 nacionalidades a la Serranía de Ronda dentro del programa Benarrabá WorkValley, y el Ayuntamiento comunicó en diciembre de ese mismo año que el municipio había recibido a 52 teletrabajadores de 19 países durante 2025. Una cifra que refleja un fenómeno claramente consolidado.
Rooral presenta sus estancias como experiencias regenerativas y subraya que el pueblo no funciona como una burbuja para extranjeros, sino como una comunidad donde se comparte el día a día. La propia iniciativa habla de casas rurales, fibra óptica, coworking a un minuto a pie y actividades que integran a visitantes y vecinos, desde comidas compartidas hasta aprendizaje de tradiciones locales y oficios ligados al territorio.
Esto es lo que más llama la atención: el teletrabajador no solo consume pueblo, sino que también aprende de él y devuelve algo a cambio. La iniciativa insiste en los talleres de intercambio de habilidades, desde la cestería y la elaboración de queso hasta sesiones para aprender a bailar flamenco. En vez de turismo de paso, el modelo propone arraigo real, aunque sea temporal, en el que la convivencia difumina la frontera entre visitante y vecino y convierte cada estancia en una pequeña contribución a la supervivencia del pueblo.