Diego Garate, catedrático de Prehistoria: "El arte rupestre no fue solo decoración, sino quizá el origen de la desigualdad humana"
En Altamira podría esconderse una primera forma de jerarquía social.

El arte rupestre constituye uno de los legados más valiosos de la humanidad. Miles de años después, esas pinturas y grabados siguen hablando no solo de los animales que admiraban o cazaban nuestros antepasados, sino también de cómo pensaban, se relacionaban y construían sus sociedades. Ese legado, que ha sobrevivido al paso del tiempo, sigue ofreciendo nuevas pistas sobre los orígenes de lo que somos.
Precisamente en esa búsqueda se enmarca el trabajo de Diego Garate, catedrático de Prehistoria y uno de los mayores especialistas en arte paleolítico de Europa. Tras años estudiando cuevas como Altamira y otros grandes santuarios rupestres, el investigador plantea que las pinturas no fueron únicamente una forma de expresión simbólica, sino que también podrían revelar cómo se organizaban las primeras comunidades humanas y el surgimiento de las primeras diferencias sociales.
Diego insiste en que la creación de estas obras implicaba tiempo, conocimiento técnico y acceso a espacios concretos dentro de las cuevas, factores que no estarían al alcance de todos por igual. “El arte rupestre no fue solo decoración, sino quizá el origen de la desigualdad humana”, sostiene el prehistoriador en declaraciones recogidas por The Guardian. Una idea que apunta a que detrás de la belleza de Altamira podría esconderse también una primera forma de jerarquía social.
¿Cómo puede ser?
En un estudio reciente sobre el coste social de producir arte rupestre, Diego y otros investigadores sostienen que la complejidad de estas acciones permite inferir cuestiones estructurales como jerarquía, división del trabajo, transmisión del conocimiento e incluso desigualdad. Dicho de otro modo, pintar o grabar en una cueva no era un gesto espontáneo, sino una inversión de recursos, tiempo y cooperación que dice mucho de quién podía organizar, ejecutar y sostener esa actividad.
Según esta hipótesis, la producción artística requería una planificación que iba mucho más allá de la simple inspiración. Era necesario obtener pigmentos, fabricar herramientas, iluminar galerías subterráneas y transmitir técnicas especializadas de una generación a otra. Todo ello apunta a una organización colectiva en la que determinadas personas o grupos pudieron desempeñar funciones concretas y acumular un conocimiento que no estaba repartido de forma homogénea.
Además, las cuevas decoradas no eran espacios de acceso sencillo. Muchas de las representaciones se encuentran en zonas profundas y difíciles de alcanzar, lo que sugiere que estas imágenes pudieron tener un valor especial dentro de las comunidades paleolíticas. Para Diego, entender cómo participaron los humanos en su creación permite mirar más allá del arte y conocer cuándo comenzaron a diferenciarse socialmente.
