David Samson, antropólogo de la Universidad de Toronto: dormir menos no es un problema de la vida moderna, sino la mayor ventaja evolutiva de nuestra especie
“Somos los primates que menos duermen de todo el orden”, asegura.

Durante años nos han repetido que un adulto debe dormir entre siete y nueve horas cada noche para mantenerse sano. Sin embargo, en una sociedad cada vez más cansada y obsesionada con medir la calidad del descanso, surge una pregunta común: ¿y si nuestra relación con el sueño fuera más compleja de lo que creemos? Para algunos investigadores, la respuesta podría estar implícita en la evolución del ser humano.
En esta línea, el antropólogo David Samson sostiene que, lejos de ser un fallo de nuestro estilo de vida, la reducción del sueño podría ser una de las adaptaciones evolutivas que ayudó a convertir a los humanos en la especie dominante del planeta. Tras años estudiando primates y conviviendo con comunidades cazadoras-recolectoras en África, el investigador llegó a una conclusión tan sorprendente como controvertida.
A partir del análisis de más de una treintena de especies de primates, David descubrió que, por nuestro tamaño corporal, cerebral y forma de vida, los humanos deberían dormir bastante más de lo que lo hacen. Sin embargo, la realidad es muy distinta. “Dormimos unas siete horas. Esto nos convierte en los primates que menos duermen de todo el orden”, explica el investigador en una entrevista con El País.
Menos sueño, más desarrollo cognitivo
Lejos de interpretar este fenómeno como una carencia, David cree que esta reducción del tiempo de descanso permitió a nuestros antepasados dedicar más horas a actividades esenciales para su supervivencia, como socializar, aprender, fabricar herramientas o cazar. Los seres humanos son los primates que menos duermen, pero también los que han desarrollado mayores capacidades cognitivas, una vida más larga y una organización social más compleja.
Según sus estudios, la clave está en comparar nuestro sueño con el de otras especies y con el de sociedades no industrializadas. De hecho, una investigación publicada en Proceedings B, concluyó que las sociedades industriales duermen más tiempo y con mayor eficiencia que las no industriales, pero muestran un funcionamiento circadiano más débil. Dicho de otra forma, no estaríamos durmiendo peor que nunca, sino durmiendo de otra manera, con un reloj biológico más desajustado respecto a la luz natural y a los ciclos del entorno.
El experto también observó patrones más fragmentados y más cortos que los esperados por la narrativa moderna del “móvil que nos roba el sueño”. Asegura que el problema no siempre está en dormir menos horas, sino en cómo y cuándo se duerme. Por ello, la clave está en mantener una buena sincronización con los ritmos naturales del día y la noche. “Si consolidamos los avances en tecnología del sueño que ya hemos logrado, y a la vez recuperamos la sintonía con nuestros ritmos circadianos, estaremos en el umbral de esa Ilustración del Sueño”, explica.
