El Everest 30 años después: de la tragedia de 1996 a la montaña de los drones, las colas y TikTok
La catástrofe que conmocionó al mundo marcó un antes y un después en el Himalaya, pero tres décadas más tarde el techo del planeta vive otra revolución: más tecnología, más negocio, más turistas y nuevas preguntas sobre hasta dónde puede llegar la montaña más famosa del mundo.

En mayo de 1996 el Everest todavía parecía pertenecer a otra época. No había drones sobrevolando la cascada del Khumbu. No existían Instagram ni TikTok. Los partes meteorológicos llegaban con enormes márgenes de incertidumbre y subir al techo del mundo seguía siendo, para la mayoría del planeta, algo cercano a una expedición imposible reservada a una élite muy pequeña.
Entonces llegó la tormenta.
Ocho personas murieron en apenas unas horas cerca de la cima del Everest y la montaña más alta del planeta se convirtió también en escenario de una de las tragedias más famosas de la historia del alpinismo. Aquellos hechos, inmortalizados después en libros como Mal de altura de Jon Krakauer, cambiaron para siempre la percepción pública del Himalaya.
Treinta años después, aquella montaña casi ha desaparecido. No se asusten, es metafórico.
El Everest de 2026 es otro lugar: una industria multimillonaria, una montaña hiperconectada, vigilada por drones, llena de clientes que pagan decenas de miles de euros por intentar alcanzar la cima y convertida cada primavera en un fenómeno viral que vive minuto a minuto en redes sociales. Pero, al mismo tiempo, sigue siendo exactamente el mismo Everest.
Porque a más de 8.000 metros la montaña continúa imponiendo las mismas reglas, las suyas, que hace décadas: falta de oxígeno, agotamiento extremo, tormentas imprevisibles, hipoxia, edemas y errores que se pagan con la vida.
De expedición extrema a industria global
La tragedia de 1996 llegó justo en el momento en el que el Everest empezaba a transformarse. Fue un punto de inflexión. Una concatenación de errores, acompañados de una tormenta, terminó con la vida de ocho alpinistas. Faltaron cuerdas, no se ajustaron a los tiempos, demasiada gente intentando hacer cima... Y esa llamada de teléfono de una leyenda del alpinismo como Rob Hall, completamente aislado tras pasar 24 horas a más de 8.000 metros y siendo consciente de su fatal destino, a su mujer embarazada , que se convirtió en el símbolo de lo que allí se vivió.
Ahora bien, las expediciones comerciales, por tanto, ya existían, pero todavía eran relativamente nuevas. Empresas como Adventure Consultants o Mountain Madness ofrecían a clientes adinerados la posibilidad de subir el Everest acompañados por guías profesionales, algo que hasta pocos años antes parecía impensable.
Hoy esa industria se ha disparado.
Cada temporada cientos de personas intentan alcanzar la cima desde Nepal y el Tíbet pagando paquetes que pueden ir desde los 40.000 hasta más de 150.000 euros dependiendo del nivel de lujo, apoyo logístico y oxígeno suplementario contratado.
Hay cocineros de altura, wifi en el campo base, cafeterías temporales, tiendas de material de última generación y hasta duchas calientes en algunos campamentos.
La montaña ya no es solo una expedición. También es un negocio gigantesco del que depende buena parte de la economía del turismo de Nepal.
Y eso ha provocado una de las imágenes más polémicas de los últimos años: las famosas colas humanas cerca de la cima.
El Everest de las colas
¿Tienen en su cabeza esa imagen que dio la vuelta al mundo en 2019? Si no es así, se lo cuento yo: un reguero de 'escaladores' intentando atacar la cima.

Decenas de alpinistas esperando literalmente en fila a más de 8.000 metros de altura para alcanzar la cima del Everest. Una escena casi surrealista en la llamada "zona de la muerte", donde el cuerpo humano empieza lentamente a apagarse por falta de oxígeno, donde la vida no es posible, donde, sin uno saberlo, ya te estás muriendo.
Aquellas imágenes simbolizaron para muchos la transformación definitiva del Everest. Ya no era solo la montaña de los grandes exploradores o de los himalayistas legendarios. También era el Everest de los clientes, de las expediciones masivas y de una cierta sensación de "turismo extremo".
Porque hoy muchísima gente siente que, si tiene dinero suficiente, puede intentar subir al techo del mundo. Aunque la realidad siga siendo mucho más cruel.
La montaña sigue matando
El Everest ha cambiado radicalmente en tecnología, logística y comunicaciones, pero la mortalidad sigue formando parte de la montaña. No es falta de técnica ni bajo nivel de escalada, son los casi 8.900 metros, la falta de oxígeno... Y no solo en la cima.
En 2014 una gigantesca avalancha en la cascada del Khumbu mató a 16 sherpas en lo que muchos consideran una de las peores tragedias de la historia moderna del Everest.
Un año después, el devastador terremoto de Nepal de 2015 provocó otra enorme avalancha que arrasó el campo base y dejó 22 muertos. Fue el desastre más mortal jamás registrado en la montaña.
Aquello recordó algo que en el Everest nunca desaparece: el peligro absoluto.
Porque incluso con mejores previsiones meteorológicas, ropa infinitamente más avanzada y comunicaciones satelitales, hay elementos imposibles de controlar.
Un serac que se desploma. Una tormenta inesperada. Un edema cerebral. Una simple decisión equivocada a 8.500 metros.
Del Everest de Krakauer al Everest de TikTok
Treinta años también han cambiado completamente la manera de contar el Everest.
En 1996 el mundo descubrió la tragedia a través de reportajes, documentales y libros que tardaban meses en publicarse. La montaña conservaba todavía un enorme halo de misterio. Ahora todo sucede en directo.
Cada primavera TikTok, Instagram y YouTube se llenan de vídeos desde el campo base, drones grabando la arista cimera, rescates virales y expediciones retransmitidas prácticamente en tiempo real.
Hay influencers de montaña, streamers de expedición y cuentas que convierten cada jornada en contenido para millones de personas.
El Everest ya no se mira desde lejos. Se consume desde el móvil. Y eso también ha cambiado la percepción de la muerte.
En 1996 la tragedia conmocionó al planeta entero. Hoy las noticias sobre fallecidos aparecen prácticamente cada temporada y, en ocasiones, desaparecen del ciclo informativo en apenas unas horas.
La montaña más extrema del mundo convive ahora con la lógica vertiginosa de las redes sociales.
Drones, Starlink y rescates imposibles
La tecnología ha revolucionado por completo el Himalaya.
Hoy existen previsiones meteorológicas muchísimo más precisas, teléfonos satelitales permanentes, conexiones Starlink en algunos puntos del Everest y sistemas GPS capaces de seguir expediciones en tiempo real.
Pero quizá el gran símbolo del nuevo Everest sean los drones.
En los últimos años Nepal y varias empresas privadas han empezado a utilizarlos para transportar material, revisar rutas e incluso mover pequeñas cargas a través de zonas extremadamente peligrosas como la cascada del Khumbu.
Una tarea que durante décadas realizaron sherpas arriesgando constantemente la vida.
El objetivo es claro: reducir exposición humana en algunos de los tramos más mortales de toda la montaña.
Hace solo 30 años algo así habría parecido ciencia ficción.
Los sherpas dejaron de ser invisibles
Otra de las grandes transformaciones del Everest tiene nombre propio: los sherpas.
Durante décadas, muchas historias del Himalaya estuvieron centradas casi exclusivamente en alpinistas occidentales. Los sherpas aparecían como figuras secundarias pese a sostener literalmente gran parte de las expediciones.
Eso ha cambiado muchísimo.
Hoy muchos de ellos son auténticas leyendas del Everest, líderes empresariales y protagonistas absolutos de las expediciones.
Nombres como Kami Rita Sherpa, que posee el récord histórico de ascensiones al Everest, simbolizan esa nueva realidad.
Aunque también persiste otra verdad incómoda: siguen siendo quienes más riesgo asumen. Especialmente atravesando la cascada de hielo del Khumbu, una de las zonas más peligrosas de toda la ruta sur y que está en el tramo inicial.
El Everest se derrite
Y luego está el cambio climático.
Muchos veteranos del Himalaya aseguran que la montaña ha cambiado físicamente de forma muy visible en apenas tres décadas. Y no solo el famoso escalón Hillary -esa última dificultad técnica que te encuentras por encima de los 8.700 metros cuando ya divisas el techo del mundo- que los expertos lo ven "muy diferente" desde el terremoto de 2015.
Hay menos nieve, más roca expuesta, glaciares más inestables y cadáveres que reaparecen tras décadas sepultados bajo el hielo.
Algunas zonas del Everest son hoy técnicamente más peligrosas precisamente porque el hielo se está retirando; así que la montaña también refleja la crisis climática global. Incluso allí arriba, donde las reglas del juego siempre son diferentes.
El techo del mundo sigue teniendo la última palabra
Treinta años después de la tormenta de 1996, el Everest es más accesible, más famoso y más tecnológico que nunca, pero sigue siendo una montaña capaz de destruir cuerpos, proyectos y vidas en cuestión de minutos.
Han cambiado los drones, los teléfonos móviles, las chaquetas térmicas y las redes sociales, pero hay algo que permanece intacto a 8.848 metros.
El Everest sigue teniendo la última palabra.
