Elena, monja: "Era feliz con mi novio y ansiaba una carrera gratificante, pero algo me faltaba"
Un fraile pronunció una frase que la marcaría para siempre.

Durante años, la vida de Elena Francesca Beccaria parecía seguir un guion perfecto, como si cada capítulo estuviera cuidadosamente escrito. Mantenía una relación estable desde hacía siete años, contaba con el apoyo constante de una familia presente y avanzaba con paso firme en una carrera profesional que prometía grandes logros.
Licenciada con matrícula de honor, apenas cuatro días después de defender su tesis consiguió un excelente puesto en una empresa del sector químico-farmacéutico en la localidad italiana de Novi Ligure, donde ya asumía responsabilidades y proyectaba un futuro lleno de satisfacciones.
“Me sentía bien con mi novio, en el trabajo tenía una carrera llena de satisfacción. Y sin embargo, me estaba perdiendo algo”, recuerda en el medio italiano Avvenire. Bajo esa normalidad se escondía una sensación persistente de vacío, una angustia difícil de explicar. “Mi vida estaba llena de cosas importantes, pero vacía”, escribe Elena. No entendía el origen de esa inquietud, y eso era precisamente lo que más la asustaba.
“¿Siempre será así?”
Cuando la posibilidad del matrimonio comenzó a tomar forma, Elena se sintió atrapada. Según cuenta, no rechazaba el amor ni la idea de formar una familia, pero algo en esa perspectiva la hacía sentir “enjaulada”. Prefirió frenar, tomarse un tiempo para pensar. Ese paréntesis fue, en realidad, un punto sin retorno. La pregunta se repetía: “¿Siempre será así?”.
La idea de una vida construida únicamente con lo que tenía delante la angustiaba profundamente. Ni siquiera sus relaciones familiares, sanas y cercanas, lograban disipar ese malestar. Desde fuera, nada parecía faltar pero desde dentro, la sed de algo más se hacía cada vez más evidente.
El descubrimiento del silencio
El giro decisivo llegó de manera inesperada. Cada mañana, camino al trabajo, Elena pasaba junto a una antigua abadía a las afueras de Tortona. Un día, sin saber muy bien por qué, decidió desviarse y entrar. Allí, sin grandes referencias religiosas y sin un hábito de fe consolidado, se encontró con algo nuevo.
“Esa mañana, por primera vez, no me sentí juzgada por mi insatisfacción, sino acogida”, relata. Salió de la abadía con una profunda paz interior. A partir de entonces, empezó a detenerse allí cada día, a rezar, a acudir a misa con regularidad. El silencio y la oración comenzaron a transformar su vida cotidiana.
La decisión definitiva
El camino espiritual se intensificó y, aunque Elena no contemplaba la vida religiosa, quienes la acompañaban empezaron a percibir algo distinto. Durante unos cursos vocacionales en Asís, que presentaban a los jóvenes la variedad de posibles vocaciones en la Iglesia, un fraile pronunció una frase que la marcaría para siempre: "Ya has traspasado esa puerta". Además, le dio el consejo de volver a casa, retomar la vida normal y no obsesionarse. Si aquello era auténtico, emergería por sí solo.
Elena lo intentó, pero durante a su vuelta algo se aclaró definitivamente en su interior. No quería volver a la vida que tenía antes. Había sido buena, pero no suficiente. En el momento en que aceptó la vocación como una posibilidad real, sintió “una paz infinita”.
Ese fue el comienzo de un nuevo camino que la llevó al claustro, primero durante 25 años en el monasterio de Città della Pieve y, desde 2013, al monasterio de Santa Chiara en Roma, donde hoy es abadesa. Su historia queda recogida en el libro Alegría en el Silencio: Cómo Descubrí el Mundo desde la Vida Claustral.
