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Elsa Fernández, pastora ecuatoriana de 60 años con 300 cabras en la Sierra de Madrid: "Ser pastora es lo que me da vida"

Elsa Fernández, pastora ecuatoriana de 60 años con 300 cabras en la Sierra de Madrid: "Ser pastora es lo que me da vida"

Su vida dio un cambio hace dos décadas y desde entonces, todo lo que la rodea en su día a día es mucho más positivo y asegura que le llena.

Imagen de archivo de una mujer pastoreando
Imagen de archivo de una mujer pastoreandoGetty Images

A veces una vida cambia con una pregunta inesperada. A Elsa Fernández le ocurrió hace más de una década, cuando paseaba por el campo y se cruzó con un pequeño rebaño de cabras. Nunca antes se había planteado dedicarse al pastoreo, pero aquel encuentro terminó marcando su futuro. Hoy, con 60 años, gestiona cerca de 300 animales en Fresnedilla de la Oliva y resume su trayectoria con una frase sencilla: "Ser pastora es lo que me da vida".

Su historia no empieza en el campo, sino a miles de kilómetros. Nacida en Ecuador, llegó a España hace más de dos décadas y trabajó en distintos oficios, desde la costura hasta la serigrafía. La estabilidad nunca fue constante y, en un momento de desempleo, apareció la oportunidad inesperada. Aquel hombre que le ofreció venderle unas cabras no sabía que estaba dando inicio a una transformación completa. "No tenía ni idea de animales", recuerda. Aun así, aceptó.

Con tres hembras y un macho comenzó un aprendizaje desde cero. Sin tradición familiar en el sector ni conocimientos previos, tuvo que formarse por su cuenta: cursos, lecturas, vídeos, ensayo y error. "Fue duro, pero poco a poco vas entendiendo", explica. Lo que empezó como una salida provisional acabó convirtiéndose en su modo de vida.

Aprender desde cero; vivir sin pausa

El crecimiento de su explotación ha sido progresivo, hasta alcanzar un volumen que le permite dedicarse por completo al pastoreo extensivo. Su rutina, sin embargo, no deja espacio para idealizaciones. Las jornadas arrancan antes del amanecer y terminan con la caída del sol, siempre al ritmo de los animales.

El trabajo no se limita a sacarlos a pastar. Implica moverlos de terreno, vigilar su estado, gestionar la alimentación y atender cualquier imprevisto. A eso se suma la soledad inherente a muchas horas en el campo. "Estás mucho tiempo contigo misma y con los animales", dice. Lejos de verlo como un problema, asegura que ha aprendido a valorar ese silencio.

En ese proceso también ha encontrado apoyo en otras mujeres del sector. Forma parte de Ganaderas en Red, un colectivo que agrupa a profesionales de toda España y que surgió precisamente para compartir experiencias en un ámbito tradicionalmente masculinizado. "Siempre hemos estado, pero muchas veces sin que se nos vea", apunta.

La red ha ido creciendo hasta reunir a cientos de integrantes y ha dado un paso más con la organización de encuentros a nivel europeo. En uno de ellos, celebrado recientemente en Madrid, pastoras de distintos países compartieron realidades muy distintas, pero con problemas comunes.

Entre la vocación y la dificultad

Más allá de la pasión por el oficio, la sostenibilidad económica sigue siendo uno de los principales retos. En España, coinciden varias profesionales del sector, la ganadería extensiva atraviesa una situación compleja. Los costes aumentan, las exigencias administrativas también, y los ingresos no siempre compensan.

En el caso de Elsa, la rentabilidad depende casi exclusivamente de la venta de carne. La lana, a pesar de su calidad, ha perdido valor en el mercado hasta convertirse en un problema más que en un recurso. "No da nada", resume.

A esto se suma la dificultad para comercializar directamente los productos o encontrar infraestructuras cercanas, como mataderos. Todo ello en un contexto donde la carga burocrática ocupa cada vez más tiempo. "No es solo el campo, también son los papeles", coinciden varias ganaderas.

En contraste, otras realidades europeas muestran modelos más favorables. En países como Suiza, explican algunas participantes del encuentro, el sector cuenta con mayor respaldo institucional y reconocimiento social. Allí, la actividad ganadera se entiende como una pieza clave en la conservación del territorio y recibe ayudas acordes a ese papel.

Un oficio que resiste

A pesar de las dificultades, Elsa no se plantea abandonar. Reconoce que vivir exclusivamente del pastoreo no es sencillo, pero la motivación va más allá de lo económico. "Es un trabajo que te llena", asegura.

Esa conexión con el entorno, el contacto directo con los animales y la sensación de construir algo propio son elementos que pesan más que las incertidumbres. No es una visión ingenua: conoce bien los sacrificios que implica. Pero también tiene claro que no cambiaría su día a día por otro empleo más convencional.

De cara al futuro, admite que la continuidad dependerá de cómo evolucione el sector y de su propia situación personal. La jubilación es un horizonte que obligará a tomar decisiones. Mientras tanto, sigue aprendiendo y trabajando como el primer día.

Su historia, como la de muchas otras mujeres en el campo, refleja una mezcla de resistencia y vocación. Un camino que no siempre fue elegido desde el principio, pero que acaba definiendo una forma de vida. Porque, como ella misma resume, hay trabajos que no solo se hacen: se sienten.

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