Nisha Chellam, médica experta en longevidad: "Quienes tienen los genes de la longevidad desarrollan las enfermedades crónicas más tarde y envejecen más despacio"
Depende en un 55% genes y un 45% estilo de vida.

Retrasar el envejecimiento sigue siendo un desafío científico que va avanzando poco a poco. La médica experta en longevidad y experta en genética, Nisha Chellam, asegura que en este ámbito la genética juega un papel fundamental e incluso más importante del que se pensaba.
Basándose en investigaciones recientes que analizan la influencia hereditaria en la esperanza de vida, la especialista explica que los genes de la longevidad actúan como potenciadores que ayudan a reparar el daño en el ADN y "quienes los tienen desarrollan las enfermedades crónicas más tarde y envejecen más despacio".
Durante años, los estudios sobre longevidad estimaban que la genética explicaba entre un 20% y un 25% de la esperanza de vida. Algunos análisis más recientes incluso reducían esa cifra a apenas un 6%. Sin embargo, nuevas investigaciones que han eliminado las muertes por causas externas —como accidentes o infecciones— sitúan la heredabilidad en torno al 55%.
Esto significa que más de la mitad de la longevidad podría estar condicionada por el ADN, mientras que el 45% restante dependería de factores modificables como la dieta, el ejercicio, el sueño o el autocuidado. Según Chellam, este hallazgo cambia la forma de entender el envejecimiento, ya que sugiere que los llamados “genes de la longevidad” tienen un impacto directo en el ritmo al que envejece el organismo.
Envejecimiento más lento y enfermedades más tardías
La experta explica que las personas con estos genes tienden a desarrollar enfermedades crónicas más tarde en la vida y a sufrir menos patologías en general. El motivo es que su organismo envejece de forma más lenta a nivel biológico.
"Cuando alguien posee genes de la longevidad, el envejecimiento de los vasos sanguíneos, el cerebro, los huesos y el corazón ocurre más despacio", señala. Esto se traduce en mejor salud durante más tiempo y, en consecuencia, en una mayor esperanza de vida.
Estos genes actúan como mecanismos protectores que ayudan a reparar el daño en el ADN y a mantener el funcionamiento celular. De esta forma, se retrasa la aparición de enfermedades comunes asociadas a la edad, como cardiopatías, demencia o fragilidad ósea.
No todo depende de los genes
A pesar del papel de la genética, Chellam insiste en que los hábitos siguen siendo determinantes. Dieta equilibrada, ejercicio regular, sueño adecuado y control del estrés ayudan a que los genes alcancen su máximo potencial.
Estos factores actúan a nivel molecular reduciendo la inflamación y el estrés oxidativo, dos procesos relacionados con el envejecimiento. Además, conocer los antecedentes familiares permite diseñar estrategias preventivas más personalizadas.
La especialista concluye que la longevidad no depende de una sola variable. Aunque algunas personas parten con ventaja genética, el estilo de vida sigue siendo fundamental. “La longevidad es más sencilla de lo que creemos: ejercicio, nutrición, sueño, menos estrés y comunidad”, resume.
