En los chimpancés la curva de la felicidad funciona, en nosotros ya no: el misterioso cambio de la 'curva J' que desconcierta a los científicos
Diversas encuestas en países desarrollados muestran descensos persistentes en indicadores de satisfacción vital, bienestar emocional y salud mental entre jóvenes.
Cualquier tiempo pasado fue mejor o nunca se ha vivido mejor. Tú eliges: las dos corrientes extremas, porque nos cuenta encontrar un punto medio, o bien caemos en lo general a partir de nuestra situación. Ni tanto ni tan calvo, dice el refranero, ¿o no? Sea como fuere, hay un hecho que reflejan estudios y encuestas: los jóvenes son cada vez más infelices, en una tendencia que comenzó en 2012.
Aquí volvemos a los dos extremos, en este caso en boca de padres: unos dicen que "lo tenéis ahora todo y no lo valoráis"; otros, que "por primera vez en la historia, los hijos vivirán peor que los padres". Una vez más, la felicidad marca la realidad, sea más o menos subjetiva, porque al final, uno es feliz por lo que siente, pero también por lo que tiene o anhela y no puede.
Un poco de antropología
En los chimpancés la curva de la felicidad funciona. En los humanos, ya no. Durante décadas, la ciencia sostuvo que el bienestar a lo largo de la vida dibujaba una curva en U: alto en la juventud, mínimo en la mediana edad y repunte en la vejez. Hoy, ese patrón clásico se está rompiendo.
Los datos más recientes muestran otra cosa: una curva en J, con un arranque más bajo entre adolescentes y jóvenes y una recuperación tardía. El cambio desconcierta a los investigadores —y tiene implicaciones sociales claras.
De la U a la J: qué decía la teoría clásica
La "curva en U" fue uno de los consensos más sólidos en economía y psicología del bienestar. Encuestas transversales y longitudinales, repetidas en países y culturas distintas, mostraban niveles elevados de satisfacción en el primer tercio de la vida. La explicación era intuitiva: expectativas altas, salud, redes sociales activas.
A partir de los 30, el bienestar descendía de forma sostenida hasta tocar fondo alrededor de los 40-50, cuando pesan el estancamiento profesional, las cargas familiares y la ansiedad por lo logrado. Después, el bienestar repuntaba: menos presión, más aceptación y prioridades más claras.
Ese patrón se observó incluso en primates no humanos. El economista David Blanchflower, uno de los grandes impulsores de esta literatura, recuerda que la U aparecía también en chimpancés y orangutanes. Por eso el giro actual resulta tan llamativo.
Así, cada vez se ven más jóvenes amargados con su vida y más personas en la madurez o ancianidad felices, incluso viviendo sus mejores años. ¿Es una cuestión material, cultural, de educación...?
El dato incómodo: la felicidad juvenil cae desde 2012
La primera sospecha fue la pandemia. Aislamiento, educación interrumpida, incertidumbre. Pero al ampliar las series temporales surgió un hecho clave: el deterioro del bienestar adolescente empieza alrededor de 2012, mucho antes del coronavirus. Es justo cuando el smartphone y las redes sociales se generalizan. Además, aunque fuera eso, ¿es comparable con guerras o hambre sufridas por sus abuelos e incluso padres?
Desde entonces, múltiples encuestas en países desarrollados muestran descensos persistentes en indicadores de satisfacción vital, bienestar emocional y salud mental entre jóvenes. La U se "rompe" por la izquierda: el punto de partida es más bajo. El resultado agregado es una J: caída temprana y recuperación tardía.
Blanchflower lo ha descrito con sorpresa en entrevistas recientes: un hecho que se daba por establecido "desaparece" en apenas una década. No es habitual en ciencias sociales.
Redes sociales: comparación global y presión constante
El mecanismo no es único, pero hay un candidato central. Las redes sociales amplifican la comparación social a escala global. Antes, el marco de referencia era local. Ahora compites —o crees competir— con vidas cuidadosamente editadas desde cualquier lugar del mundo. La exposición continua a cuerpos, viajes y éxitos filtrados eleva expectativas y reduce la satisfacción relativa.
A eso se suma la exigencia de construir una identidad pública permanente. El sociólogo Andreas Reckwitz lo llama en declaraciones a NNZ el "yo performativo": mostrase, optimizarse, gustar. El coste es estrés crónico y sensación de insuficiencia. La evidencia empírica no acusa a una plataforma concreta, pero sí a patrones de uso intensivo y a la edad temprana de exposición.
No es solo tecnología: trabajo y vivienda pesan
La tecnología no explica todo. Los sociólogos apuntan a factores estructurales que erosionan el optimismo juvenil. El primer empleo ya no estabiliza como antes: contratos más precarios, trayectorias menos previsibles y menores expectativas de progreso que las de generaciones anteriores.
A ello se suma el acceso limitado a vivienda asequible, clave para la autonomía y la formación de proyectos vitales.
Cuando las promesas implícitas —estudia, trabaja y mejorarás— dejan de cumplirse, el bienestar sufre. La comparación en redes actúa como acelerador de una frustración que también es económica. Antes todo era más "fácil", aunque pareciera más complicado.
¿Se recupera la felicidad? Sí, pero más tarde
Para bien o para mal, todo se van retrasando: maduramos o nos independizamos más tarde, pero con los avances también envejecemos y nos sentimos mayores más tarde.
Además, la curva no se invierte del todo. Incluso una J asciende. A partir de la madurez, muchos indicadores mejoran: se reducen las comparaciones, cambian las prioridades y aumenta la resiliencia emocional. El problema es el tramo inicial: generaciones que entran en la vida adulta con peor bienestar de partida.