José Antonio Donaire, comisionado de Turismo Sostenible de Barcelona: "No queremos más turistas, ni uno más. Hemos llegado al final del camino"
"Muchos ciudadanos sienten que el centro de la ciudad ya no les pertenece".

Barcelona quiere cambiar de modelo turístico después de décadas de crecimiento sin freno. Y esta vez el mensaje del Ayuntamiento es mucho más duro que en ocasiones anteriores. José Antonio Donaire, el nuevo comisionado de Turismo Sostenible de la ciudad, lo resume sin rodeos: “No queremos más turistas, ni siquiera uno más”, afirma en declaraciones publicadas en The Guardian. La capital catalana, asegura, ha alcanzado el límite de visitantes que puede asumir sin deteriorar todavía más la vida cotidiana de sus vecinos.
La cifra explica parte del problema. El área metropolitana de Barcelona recibió el año pasado 26 millones de visitantes, un 2,4% más que el año anterior. El turismo sigue siendo uno de los grandes motores económicos de la ciudad, pero también uno de los focos de mayor tensión política y social.
El acceso a la vivienda, la saturación del centro histórico, el auge de los pisos turísticos y la pérdida del comercio tradicional han convertido el debate turístico en una cuestión casi identitaria.
“Muchos vecinos sienten que el centro ya no les pertenece”
Donaire, profesor de la Universidad de Girona y experto en investigación turística, representa un cambio de tono dentro del Ayuntamiento. Durante años, Barcelona vendió internacionalmente una imagen de ciudad abierta, mediterránea y global. Ahora el objetivo es contener el impacto del turismo masivo y recuperar espacios para los residentes.
“Hemos llegado al final del camino”, afirma el comisionado. “Muchos ciudadanos sienten que el centro de la ciudad ya no les pertenece”. La frase resume un sentimiento que lleva años creciendo en algunos barrios. En zonas como Ciutat Vella, el Gòtic o el entorno de la Sagrada Familia, los vecinos denuncian desde hace tiempo la desaparición del comercio tradicional, el aumento de los alquileres y la masificación permanente de las calles.
El plan de Barcelona: menos pisos turísticos y más control sobre cruceros
Una de las medidas más importantes llegará en 2028. Ese año, el Ayuntamiento prevé retirar las licencias de los 10.000 apartamentos turísticos legales de la ciudad. La intención es que gran parte de esas viviendas vuelva al mercado residencial y ayude a aliviar la crisis del alquiler.
El consistorio calcula que Barcelona incorpora unas 2.000 viviendas al año. Si esos 10.000 pisos turísticos regresaran al mercado convencional, equivaldrían, según Donaire, a cinco años de crecimiento del parque residencial.
El Ayuntamiento sabe que no será automático. Otras ciudades, como Nueva York, endurecieron las restricciones a Airbnb sin lograr una bajada clara de los alquileres. Por eso Barcelona plantea incentivos para empujar a los propietarios a volver al alquiler residencial.
La ciudad también quiere reducir parcialmente el impacto de los cruceros. Barcelona pasará de siete a cinco terminales de cruceros, aunque seguirá recibiendo más de tres millones de pasajeros anuales. Para el comisionado, este tipo de visitante deja pocos beneficios reales: “Crean más problemas que beneficios”, asegura.
La Boquería y el intento de recuperar la Barcelona de antes
Uno de los símbolos de este cambio es el mercado de La Boquería. Durante años fue uno de los grandes iconos gastronómicos de Barcelona, pero también uno de los ejemplos más citados de turistificación extrema.
El plan municipal pasa por devolverle parte de su función original. La idea es limitar progresivamente la comida preparada para llevar y reforzar los puestos de producto fresco destinados al consumo cotidiano de los vecinos.
La imagen de turistas haciendo cola para comprar vasos de fruta cortada o snacks rápidos se convirtió en los últimos años en una metáfora incómoda para muchos barceloneses. El Ayuntamiento quiere revertir parte de esa transformación.
El turismo que Barcelona sí quiere
La estrategia de Donaire no consiste solo en reducir visitantes. También busca cambiar su perfil. Actualmente, alrededor del 65% de quienes llegan a Barcelona son turistas de ocio. El resto viaja por congresos, cultura, festivales o negocios.
El objetivo es reducir el peso del turismo más vinculado al consumo rápido y al ocio de masas, especialmente el asociado a despedidas de soltero, rutas organizadas de bares o excursiones de pocas horas.
Barcelona ya ha endurecido medidas contra ese tipo de turismo. Entre ellas, restricciones a las rutas de bares, aumento de tarifas para autobuses turísticos y nuevas normas de aparcamiento para excursionistas que llegan solo unas horas a la ciudad.
A cambio, el Ayuntamiento quiere potenciar visitantes culturales o viajeros que permanezcan más tiempo y se distribuyan mejor por la ciudad. Donaire menciona espacios como Montjuïc, con museos y equipamientos culturales, pero con mucha menos presión vecinal que el centro histórico.
Un debate que ya afecta a toda Europa
Barcelona no está sola. Ciudades como Ámsterdam, Venecia o Palma llevan años aplicando límites a apartamentos turísticos, cruceros o grandes grupos organizados.
La diferencia es que Barcelona ha pasado de hablar de “turismo sostenible” a reconocer abiertamente que el crecimiento ilimitado ya no encaja en la ciudad. Después de más de tres décadas de expansión turística constante, el debate ha cambiado.
