Justin McDaniel, profesor de Penn, apaga las luces y da a leer 500 páginas a sus 45 alumnos: "Nuestra existencia no la define la racionalidad, sino la irracionalidad"
Su asignatura busca marcar la diferencia y hacer pensar a sus alumnos.

En la universidad se aprende a calcular, a programar o a optimizar procesos, pero rara vez a enfrentarse a lo inevitable: el dolor, la incertidumbre o el paso del tiempo. Sin embargo, hay profesores que deciden ir un paso más allá del temario y abrir espacios donde lo importante no es la respuesta correcta, sino la pregunta incómoda. Uno de ellos es Justin McDaniel, que ha convertido la lectura y el silencio en una forma radical de educación emocional.
En la Universidad de Pensilvania, el profesor McDaniel ha convertido esa idea en una asignatura tan inusual como demandada. Su curso, ‘Existential Despair’, reúne a 45 alumnos que cada semana reciben una novela de casi 500 páginas, la leen durante horas y, al terminar, se quedan a debatir en completa oscuridad. Sin móviles, sin apuntes y sin distracciones, la clase se convierte en un ejercicio radical de atención y honestidad emocional.
En esta asignatura no se busca resumir ni producir, sino detenerse, incomodarse y pensar juntos sobre aquello que normalmente queda fuera del aula. “Si de verdad quisiéramos ser eficientes, lo seríamos. Pero nadie come perfecto, ni duerme perfecto, ni elige pareja de manera óptima. Nuestra existencia no la define la racionalidad, sino la irracionalidad”, resume el profesor en declaraciones recogidas por El País.
¿Cómo nace esta clase?
Justin McDaniel cuenta que la idea nació de la frustración. Durante años citó en clase libros, obras y referencias culturales que consideraba elementales, pero ninguno de sus alumnos parecía conocerlas ni tan siquiera prestar atención. “Un día me enfadé tanto que les grité y me fui”, asegura. Dos estudiantes fueron a buscarlo y le pidieron seguir leyendo, pero él les dijo que solo se lo creería si se leen un libro delante suya.
Por ello, los encerró un sábado en una pequeña biblioteca, les quitó los móviles y les entregó una novela de casi 500 páginas. Ocho horas después, los dos la habían terminado. “Tuvimos la mejor conversación que he tenido nunca sobre un libro. Eran brillantes. Vieron cosas que yo no había visto”, cuenta sorprendido. Desde entonces, la clase se convirtió en una de las más codiciadas del campus.
Cada semana, los 45 alumnos admitidos descubren el mismo día qué libro les tocará leer, de esta forma no pueden investigarlo antes ni llevar apuntes. Pasan varias horas leyendo y, al final, McDaniel apaga las luces para hacer el debate en completa oscuridad. El método busca aislar a los alumnos de la distracción y forzarlos a una atención poco habitual en la universidad contemporánea tal y como la conocemos.
El profesor insiste en que no está en contra de lo práctico, pero sí de reducir la formación a una especie de entrenamiento con resultados medibles. “La educación no tiene respuestas. No te da un libro de instrucciones para vivir”, explica, defendiendo la literatura como un espacio donde aprender a reconocer emociones difíciles, ajenas y propias, lejos de respuestas fáciles y fórmulas cerradas.
