Miguel Romero, el escultor del astronauta de la catedral de Salamanca, sobre la IA: "En el arte, hace falta sangre de toro que corra por las venas"
Defiende que el verdadero arte no nace de un algoritmo, sino de la pasión.

Hemos llegado a un punto en el que la inteligencia artificial ya no solo escribe textos o crea imágenes. Ahora también empieza a abrirse paso en disciplinas tan tradicionales como la escultura, donde robots e impresoras 3D son capaces de reproducir piezas con una precisión impensable hace unos años. Ante este imparable avance, muchos artistas defienden que hay algo que ninguna máquina puede replicar.
Uno de ellos es Miguel Romero, el escultor salmantino conocido por haber dado forma al famoso astronauta de la Catedral Nueva de Salamanca. Tras más de tres décadas dedicadas a la restauración y a la talla en piedra, no oculta su inquietud ante el auge de la IA, aunque tiene claro que el arte nunca podrá depender únicamente de la tecnología, porque la creatividad y la sensibilidad humanas siguen siendo insustituibles.
El artista reconoce que la irrupción de herramientas como la inteligencia artificial, los robots o las impresoras 3D abre un escenario de incertidumbre para un oficio que siempre ha estado ligado al trabajo manual, pero tiene una cosa muy clara. "En el arte, hace falta sangre de toro que corra por las venas", afirma en declaraciones recogidas por El País, defendiendo la intuición, la experiencia y la emoción que hay detrás de cada obra.
Temor por los oficios tradicionales
Miguel, que tiene un taller situado junto al río Tormes donde restaura esculturas y comparte sus conocimientos con estudiantes, sostiene que ninguna máquina puede sustituir el instinto del escultor ni la relación física entre el artista y el material. A su juicio, el arte nace de la capacidad de emocionar, de interpretar la piedra y de imprimir en cada obra una parte de quien la crea, algo que considera imposible de replicar con un algoritmo.
Su preocupación no se limita a la tecnología, sino que también alerta sobre la desaparición de oficios tradicionales y de materiales esenciales para conservar el patrimonio. Explica que en Salamanca las históricas canteras de piedra de Villamayor prácticamente han desaparecido. “De ocho que había, solo queda una”, denuncia, algo que dificultará futuras restauraciones de los edificios monumentales que han dado identidad a la ciudad durante siglos.
Aunque la jubilación se acerca, Miguel Romero no contempla abandonar el cincel. Su intención es trasladar el taller a un pueblo cercano y seguir esculpiendo piedra, madera o porcelana. Porque, para quien convirtió un astronauta en un icono de Salamanca, el verdadero arte no nace de un algoritmo, sino de las manos, la mirada y la pasión de quien es capaz de descubrir una obra escondida dentro de una simple roca.
