Noelia Samartín, neurocientífica, desmonta el mito de los 21 días para generar un hábito: "Es una media que ni siquiera está bien hecha"
¿Te has rendido ya con tus propósitos de 2026? La experta revela que el cerebro no se reprograma en tres semanas.
¿Cómo van tus propósitos de año nuevo? ¿Recuerdas a lo que te comprometiste a lo largo del 2026? Es probable que esa lista de resoluciones —ir al gimnasio, madrugar más o usar menos el móvil— empiece a flaquear.
La mayoría de la gente arranca con mucha motivación, pero pocos logran cruzar la línea de meta. ¿Por qué es tan difícil mantener una nueva costumbre?
La neurocientífica Noelia Samartín ha explicado en una entrevista para La Voz de Galicia que el problema no es tu falta de voluntad, sino una idea errónea que llevamos décadas aceptando como verdad absoluta: el famoso mito de los 21 días.
El cerebro necesita "andamiaje"
Para que una actividad se convierta en algo automático, como lavarse los dientes, nuestro cerebro debe cambiar físicamente. No es solo una cuestión de ganas, sino de conexiones neuronales.
"Para llegar a esa etapa final, tiene que haber cambios en nuestro andamiaje cerebral, en las conexiones neuronales. Y para que el cerebro los haga tiene que pasar determinado tiempo repitiendo el hábito, lo que favorece a consolidarlo", expone la profesional.
Es esa repetición constante la que termina consolidando la nueva ruta en nuestra materia gris.
El mito de los 21 días y la (cruda) realidad
Seguramente has escuchado que si aguantas 21 días haciendo algo, ya lo tienes hecho. La respuesta de la neurocientífica es tajante: "Las investigaciones más recientes dicen que lo de los 21 días es una media que ni siquiera está bien hecha".
"La media en los últimos estudios es de unos 68 días, pero es muy general", complementa Samartín.
En realidad, es un proceso muy subjetivo. No es lo mismo acostumbrarse a beber un vaso de agua al despertar que a salir a correr una hora diaria. Depende totalmente de la dificultad que cada individuo perciba en la tarea.
Por eso, Samartín que no intentarse adaptar al hábito de forma rígida; sino adaptar el hábito a la vida de cada persona para hacerlo más ameno. Si el proceso te genera bienestar, tu cerebro hará el trabajo sucio de automatizarlo por ti.
La clave no es el esfuerzo, es el placer
Si quieres que un hábito se quede, deja de sufrir. Samartín insiste en que el cerebro aprende mucho más rápido a través del placer que del sacrificio.
"El placer es un marcador de supervivencia. Muchas cosas que nos dan placer nos permiten sobrevivir: la comida, el descanso, la socialización, el sexo. Son cosas que ayudan a perpetuar la especie y, por tanto, el cerebro las aprende rápido", sentencia.
De hecho, la profesional destaca el aspecto social al afirmar que "hay estudios que establecen que la soledad tanto real como percibida es un factor de riesgo de muerte igual o superior al tabaquismo".