Pierre, 71 años, tras recorrer 900 kilómetros en una moto de 1969 a 40 por hora durante cinco días hasta Lourdes: "No me crucé con una sola persona desagradable en todo el viaje"
Condujo entre siete y ocho horas diarias a una velocidad máxima de 40 km/h y gastó apenas 27 euros en combustible.
En una época en la que los viajes se miden en rapidez, eficiencia y tecnología, Pierre Hostettler decidió hacer exactamente lo contrario. A sus 71 años, este jubilado francés emprendió una travesía de más de 900 kilómetros hasta Lourdes conduciendo un pequeño ciclomotor Honda PS50 de 1969, el mismo modelo que utilizó cuando era joven para intentar llegar al famoso encuentro motero de la ciudad mariana.
Cinco décadas después de aquella aventura juvenil, Pierre volvió a ponerse el casco, cargó unas pocas pertenencias y salió desde la región francesa del Jura rumbo al santuario de Lourdes. El viaje duró cinco días, recorriendo carreteras secundarias a una velocidad que rara vez superó los 40 kilómetros por hora. Pero para él, el objetivo nunca fue llegar rápido.
Una promesa que comenzó hace más de medio siglo
La historia se remonta a principios de los años setenta. Con apenas 18 años y sin permiso de conducir, Pierre decidió viajar desde Vesoul hasta Lourdes para asistir a una concentración de motociclistas. "Había aprobado el bachillerato y mi padre me dijo que tenía que ir", recuerda en declaraciones a La Depeche.
Sin coche ni motocicleta, compró un pequeño ciclomotor y recorrió más de 2.200 kilómetros en quince días. Sin embargo, una avería mecánica frustró sus planes y llegó al encuentro un día tarde. Más de 50 años después quiso cerrar aquella historia pendiente.
Cinco días de carretera a 40 kilómetros por hora
El viaje comenzó el 15 de junio y terminó cinco días después frente al santuario de Lourdes. Pierre recorrió más de 900 kilómetros conduciendo entre siete y ocho horas diarias. La velocidad reducida, lejos de ser un inconveniente, se convirtió en parte esencial de la experiencia.
Gracias al reducido consumo de su vieja Honda, gastó únicamente 27 euros en gasolina durante todo el trayecto. "Lo importante era el camino", explica.
Redescubrir lo que se pierde cuando se viaja deprisa
Durante la travesía cruzó algunas de las zonas rurales más tranquilas de Francia, incluyendo la región de Creuse. Según relata, el verdadero lujo fue recuperar sensaciones que los viajes modernos suelen eliminar.
"Olí los castaños en flor. Son cosas que no se experimentan dentro de los coches modernos", asegura. La lentitud le permitió observar el paisaje, detenerse cuando lo necesitaba y mantener un contacto constante con el entorno.
Una avería y una lección sobre la naturaleza humana
Uno de los momentos más complicados llegó cuando sufrió una avería mecánica en una zona aislada. Pierre logró llegar hasta un taller donde el propietario le explicó que no tenía tiempo para reparar el ciclomotor.
Sin embargo, al pedir permiso para intentar arreglarlo él mismo, el mecánico le cedió un espacio de trabajo. El problema era simplemente un cable roto. "Lo reparé y seguí mi camino", recuerda.
Más allá de la reparación, lo que más le impresionó fue la actitud de las personas que encontró durante el recorrido. "No me crucé con una sola persona desagradable en todo el viaje", afirma.
Para él, esa experiencia supone una demostración de que la amabilidad sigue estando muy presente, incluso en una época marcada por el individualismo y la prisa.
Dormir en casas particulares o bajo una tienda
Lejos de hoteles o alojamientos cómodos, Pierre quiso mantener un estilo de viaje sencillo y austero. Cada noche buscaba alojamiento en casas particulares o montaba una pequeña tienda de campaña para descansar.
Según explica, esta forma de viajar se ha convertido en una especie de ejercicio de introspección personal. "El objetivo es redescubrir una vida más sencilla", señala.
Lo que comenzó décadas atrás como una promesa de inspiración religiosa se ha transformado con el tiempo en una búsqueda mucho más personal.
"Estoy acumulando felicidad"
Una vez alcanzado Lourdes, Pierre no ocultaba su satisfacción. Mientras los curiosos se acercaban para observar su ciclomotor de más de medio siglo de antigüedad, él resumía la experiencia con una frase sencilla: "Estoy acumulando felicidad, con mayúsculas".
Aunque el viaje de regreso será más cómodo —la Honda volverá en una furgoneta—, la aventura ya está completada.
Y quizás la enseñanza más importante no tenga que ver con los kilómetros recorridos ni con la edad del vehículo, sino con la conclusión a la que llegó después de cinco días de carretera: que todavía es posible atravesar un país entero y descubrir que la mayoría de la gente sigue dispuesta a ayudar a un desconocido.