Rosama, guía turística gaditana: "Cádiz quiso vacilarle a Sevilla superando a la Giralda"
“En arte, cariño y salero no nos gana nadie”, asegura.

Durante siglos, la Giralda ha sido mucho más que el campanario de la catedral sevillana: es un icono reconocible en cualquier rincón de España y un símbolo de poder, arte y orgullo urbano. Su silueta, admirada y fotografiada en incontables ocasiones, ha servido de inspiración a torres levantadas dentro y fuera del país. Con semejante fama y prestigio, no es extraño que otras ciudades, en determinados momentos de esplendor, soñaran con eclipsarla.
En pleno siglo XVIII, cuando Cádiz vivía su edad de oro gracias al comercio con las Indias y la riqueza que entraba por el puerto, la ciudad también se dejó llevar por el orgullo y la ambición. Con la Giralda como referente inalcanzable, las autoridades pensaron en construir una edificación capaz de superarla. Así nació la idea de levantar una catedral que no solo compitiera en belleza, sino que buscara alcanzar la altura de la joya sevillana.
“El día que Cádiz quiso vacilarle a Sevilla superando a la Giralda”, asegura Rosama, una guía turística gaditana que relata con humor y detalle la historia. Para llevar a cabo este ambicioso proyecto se contrató a un arquitecto de prestigio de la época: Vicente Acero, conocido por su trabajo en otras catedrales andaluzas y por su dominio del lenguaje barroco. “La intención era clara: que las torres sean más altas que la Giralda. Pero aquí empiezan los problemas”, cuenta.
116 años de trabajo
Lo que vino después fue una mezcla de grandeza proyectada y realidad económica. La obra comenzó a principios del siglo XVIII, pero las sucesivas crisis, cambios de proyecto y largos parones alargaron el proceso hasta convertirlo en un trabajo de siglo y pico. La llamada “Catedral Nueva” se terminó tras 116 años de trabajo, y durante ese tiempo el gusto arquitectónico cambió varias veces, dejando en el templo una mezcla barroca, rococó y neoclásica.
“¿Y el resultado final? Pues las torres se quedaron a unos 54 metros. Vamos, que para alcanzar la Giralda todavía nos faltaba medio camino y un buen empujón económico”, cuenta Rosama. Las torres de la catedral gaditana quedaron muy por debajo del campanario sevillano, que se alza hasta aproximadamente 104,5 metros. El sueño de “superarla” quedó, por tanto, en intención y anécdota histórica.
Hoy tanto la Catedral de Cádiz como la Giralda son referentes turísticos y patrimoniales con sus propias virtudes. “¿Qué no ganamos en altura? Bueno, pero en arte, cariño y salero no nos gana nadie”, resume con orgullo la joven. Y así, lo que empezó como un intento de competencia se ha convertido en una historia que une cultura y humor, recordando que cada ciudad brilla a su manera.
