Víctor Ferreres, catedrático de Derecho: "España no ha hecho ninguna reforma constitucional de verdad en 47 años y eso dice muy poco de nosotros"
El jurista cuestiona el inmovilismo constitucional, critica el "mito" del pueblo homogéneo y advierte de que sin consenso político es imposible abordar cambios de calado.

España lleva casi medio siglo con la misma Constitución… prácticamente intacta. Y eso, para el catedrático de Derecho Víctor Ferreres, no es precisamente motivo de orgullo.
"España no ha hecho ninguna reforma constitucional de verdad en 47 años y eso dice muy poco de nosotros", afirma con contundencia. Una frase que resume una idea más amplia: la Constitución de 1978 ha resistido el paso del tiempo, sí, pero también ha evitado enfrentarse a reformas profundas que muchos expertos consideran necesarias desde hace años.
El mito del “pueblo” que decide todo
Ferreres empieza desmontando una idea muy extendida en el debate político: la del “pueblo” como un sujeto único, homogéneo, capaz de levantarse y decidir una Constitución desde cero.
"No apele usted a ese sujeto homogéneo que está ahí durmiendo y que en cualquier momento podemos despertar", advierte. Para el jurista, esa visión es poco realista y simplifica en exceso la complejidad de una sociedad moderna.
"Ningún politólogo serio cree en ese mito", insiste. Las constituciones, explica, no nacen de un acto casi mágico de voluntad colectiva, sino de procesos largos, negociados y llenos de equilibrios.
Tres reformas… y ninguna de fondo
El diagnóstico de Ferreres es claro: España sí ha reformado su Constitución, pero lo ha hecho de forma mínima y, en muchos casos, forzada por circunstancias externas.
Recuerda tres cambios concretos. El primero, para adaptar la Constitución al Tratado de Maastricht y permitir que ciudadanos europeos pudieran votar y ser candidatos en elecciones municipales. El segundo, en plena crisis del euro, para introducir límites al déficit y la deuda pública. Y el tercero, más reciente, para modificar el lenguaje sobre discapacidad.
"Las dos primeras fueron casi obligadas por el contexto europeo", señala. Y la última, aunque positiva, la considera "más simbólica que otra cosa".
El problema, según explica, es que ninguna de ellas ha abordado los grandes temas estructurales del sistema.
Una Constitución imperfecta… que no se toca
Para el catedrático, la Constitución del 78 fue un éxito en su contexto. Un pacto entre fuerzas políticas que supieron ceder para construir un marco común.
Pero ese mismo consenso, que fue su mayor fortaleza, es hoy uno de sus mayores límites.
"Es una Constitución imperfecta que hace años se debería haber reformado", sostiene. Sin embargo, ese paso nunca se ha dado. Y ahora, añade, es todavía más difícil: "No hay espíritu de consenso de ninguna manera para hacer nada serio".
Reformar, no empezar de cero
Ferreres también lanza un aviso frente a quienes plantean una ruptura total. No cree que la solución pase por tirar la Constitución y empezar de nuevo.
Lo deseable, explica, es justo lo contrario: que el propio sistema tenga capacidad de adaptarse. "Lo normal es que las constituciones se reformen, no que se hundan y haya que hacer una nueva desde cero".
Porque cuando un país llega a ese punto, suele ser síntoma de algo peor: una crisis profunda del sistema político.
Qué cambiar… si hubiera acuerdo
El debate sobre qué reformar existe, aunque esté congelado políticamente. Ferreres distingue entre dos tipos de cambios.
Por un lado, reformas técnicas. Ajustes en el texto constitucional que facilitarían su aplicación y evitarían problemas interpretativos. Cuestiones que no cambiarían la vida diaria de los ciudadanos, pero sí harían más eficaz el sistema.
Por otro, reformas de mayor calado. Y ahí aparece uno de los ejemplos más claros: el Senado.
Tal y como está diseñado, explica, no cumple bien su función de representar a las comunidades autónomas. "Se pensó de una manera que hoy no responde a lo que creemos que debería ser", señala. Reformarlo implicaría redefinir el equilibrio territorial del Estado.
El problema no es el qué, sino el cuándo
Sin embargo, todo ese debate choca con una realidad política evidente: no hay condiciones para afrontarlo.
Ferreres lo resume de forma sencilla. Las reformas constitucionales requieren algo más que ideas: necesitan acuerdos amplios, similares a los que hicieron posible la Constitución del 78.
Y ese clima, hoy, no existe.
Por eso, más allá de las propuestas concretas, el verdadero problema es otro.
No es qué reformar.
Es por qué, después de 47 años, España sigue sin hacerlo.
