Karen Hao, periodista experta en ChatGPT: "Lo que está pasando en la industria de la IA es profundamente inhumano"
La periodista y autora de uno de los libros más críticos sobre OpenAI alerta de que la inteligencia artificial no solo está reestructurando el empleo, sino también agravando la desigualdad y cargando sus costes sobre los más vulnerables.
La inteligencia artificial se suele presentar como una promesa de eficiencia, creatividad y progreso. Más tiempo libre, menos tareas repetitivas y un futuro aparentemente mejor. Pero Karen Hao, periodista especializada en OpenAI y autora de uno de los libros más críticos sobre la industria, plantea una pregunta incómoda: ¿quién paga realmente ese avance?
Su respuesta es tajante. "Lo que está pasando en la industria de la IA es profundamente inhumano". Y no lo dice solo por los despidos o por el miedo a la automatización, sino por cómo se está construyendo todo este modelo desde abajo: con trabajadores invisibles, ritmos inasumibles y una desigualdad cada vez mayor.
Los trabajadores que sostienen la máquina
Hao pone el foco en una capa de empleados de la que se habla poco: las personas que etiquetan datos, corrigen respuestas y realizan tareas repetitivas para entrenar y perfeccionar modelos de IA. Sin ellos, herramientas como ChatGPT no funcionarían como lo hacen. Pero sus condiciones están muy lejos de la imagen futurista que rodea al sector.
Según explica, muchos de estos trabajadores son personas altamente formadas que han perdido su empleo o no encuentran otro sitio en una economía cada vez más alterada por la propia IA. Graduados, doctores o profesionales cualificados acaban atrapados en plataformas donde esperan durante horas a que aparezca una tarea temporal que les permita ingresar algo de dinero.
La periodista describe ese trabajo como una forma de vida deshumanizada. Personas pendientes de una notificación, sin control sobre su tiempo, sin estabilidad y sin margen para organizar su día. Una de las historias que cita resume bien ese deterioro: una trabajadora explicó que, cuando por fin aparecía un proyecto, tenía que trabajar sin parar porque no sabía cuándo volvería a tener otra oportunidad. Un día, su hijo llegó del colegio y trató de hablar con ella. Ella le gritó por interrumpirla. Después, se dio cuenta de hasta qué punto ese sistema la estaba cambiando.
Una industria que ensancha la brecha
Para Hao, el gran problema no es solo laboral, sino social. La IA, tal y como se está desplegando, no reparte sus beneficios de forma equilibrada. Los que ya tienen capital, empresas o posiciones de poder ganarán más riqueza, más tiempo y más capacidad para delegar tareas. Mientras, una parte mucho mayor de la población verá cómo su trabajo pierde valor y su autonomía se reduce.
La periodista insiste en que esta transición no es inevitable ni neutral. Está siendo impulsada a enorme velocidad por compañías que compiten entre sí por dominar el mercado. Y esa carrera, advierte, no deja tiempo para cuidar a quienes van quedando fuera o siendo absorbidos por tareas cada vez más precarias.
El coste que no se ve
Hao también alerta del impacto ambiental y sanitario de esta expansión. Los grandes centros de datos y supercomputadores que alimentan la IA consumen cantidades gigantescas de electricidad y agua, y muchas veces se instalan en comunidades vulnerables. Lugares donde la población acaba compitiendo por recursos básicos o soportando más contaminación para sostener tecnologías que no necesariamente mejoran su vida.
Por eso, su crítica no se limita a pedir prudencia. Reclama una conversación pública mucho más amplia. No sobre si la IA es útil o no, sino sobre las reglas con las que se desarrolla y quién soporta sus consecuencias.
Karen Hao no propone eliminar la inteligencia artificial. Lo que plantea es otra cosa: que no todo vale en nombre del progreso. Porque el verdadero debate ya no está en si la IA va a cambiar el mundo. Está en decidir a quién beneficia ese cambio y a quién deja atrás.