Théodore Christakis, profesor de derecho digital: "Los gigantes tecnológicos están construyendo las mayores acumulaciones privadas de datos de salud jamás imaginadas"
OpenAI, Amazon y Microsoft ya ofrecen asistentes médicos virtuales.

En internet, casi nada es realmente gratis, ya que a cambio de navegar, consultar o simplemente descargar una app, vamos dejando un rastro silencioso de datos personales que pocas veces pensamos en medir. Durante años, esa huella ha hablado de lo que nos gusta, de por dónde nos movemos o de cómo consumimos, pero ahora el intercambio ha subido de nivel y empieza a incluir lo más íntimo: nuestra salud.
En ese contexto, el auge de la inteligencia artificial abre una pregunta incómoda sobre cuánto estamos dispuestos a compartir, y con quién, para sentirnos mejor cuidados. Empresas como OpenAI, Amazon o Microsoft ya impulsan asistentes capaces de centralizar historiales médicos, datos de dispositivos y hábitos diarios en una sola interfaz. La promesa es clara, una salud más conectada y accesible, pero con un riesgo mayor.
Nunca antes tantas compañías privadas habían concentrado tal volumen de información médica en sus manos. Por ello, expertos como Théodore Christakis, profesor de derecho digital, advierten de un giro sin precedentes. "Los gigantes tecnológicos están construyendo las mayores acumulaciones privadas de datos de salud jamás imaginadas", explica en declaraciones recogidas por Le Monde, una advertencia que resume la magnitud de una transformación silenciosa.

Una IA cada vez más presente
Cada semana, más de 230 millones de personas en el mundo preguntan a ChatGPT sobre salud y bienestar. La compañía asegura que el espacio mantiene las conversaciones aisladas del resto del chatbot, con memorias separadas y cifrado adicional, así como que esas conversaciones no se usan para entrenar sus modelos. Aun así, ese volumen de consultas refleja cómo la inteligencia artificial se ha integrado en decisiones cotidianas relacionadas con el cuerpo y la enfermedad.
En paralelo, la salud digital está dejando de ser solo una herramienta de apoyo para convertirse en una nueva infraestructura de datos a escala global, donde cada interacción, síntoma o hábito registrado alimenta sistemas cada vez más complejos capaces de interpretar, conectar y anticipar información médica a una escala sin precedentes. El resultado es un ecosistema en el que la frontera entre asistencia médica, análisis de datos y uso comercial se vuelve cada vez más difusa.
La propia Asociación Médica Estadounidense detectó en marzo que el 64% de los médicos ve con buenos ojos que los pacientes usen IA para preguntas generales de salud, pero casi la mitad rechaza su uso para interpretar resultados de patología o radiología. La IA puede aliviar carga, ordenar información y ayudar a navegar sistemas sanitarios fragmentados, pero el salto desde la orientación básica hasta la interpretación clínica exige límites muy precisos.
A Théodore Christakis le preocupa cómo encaja esta integración masiva de datos médicos y de bienestar dentro del marco legal europeo. En su análisis, este modelo choca de lleno con el artículo 9 del RGPD, que protege de forma especialmente estricta los datos de salud, además de con la normativa sobre dispositivos médicos y el Reglamento de Inteligencia Artificial. En ese cruce de normas y ambiciones industriales se juega el equilibrio entre progreso tecnológico, privacidad y control de los datos más sensibles de los ciudadanos.
