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01/02/2014 17:16 CET | Actualizado 05/02/2014 13:29 CET

La última cena en el corredor de la muerte

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¿Puede la última cena de los condenados a muerte ser indicador de su inocencia? Sobre esa hipótesis han trabajado científicos estadounidenses que han analizado lo que pidieron para comer centenares de reos de aquel país antes de ser ejecutados. Han encontrado que hay una fuerte correlación entre sus afirmaciones de que eran inocentes y lo que comieron por última vez.

En Estados Unidos, todo lo que rodea a una ejecución se ha convertido en un ritual. Como muestran infinidad de películas de Hollywood, los preparativos del condenado a muerte siguen toda una serie de pasos reglados por la tradición. En las horas previas, grupos a favor y en contra de la pena de muerte se concentran extramuros, un reducido grupo de testigos asisten al espectáculo dentro, un pastor invita al condenado a congraciarse con dios y todos, desde el verdugo que aplicará la inyección letal hasta el prisionero, esperan hasta el último segundo de la hora fijada a que suene el teléfono y el gobernador del estado aplace o revoque la sentencia a muerte.

Uno de los elementos más simbólicos, y macabros, de este ritual es la opción que tiene los que van a morir de elegir su última comida. Prueba de su carga simbólica es que generalmente se la denomina la Última Cena, en mayúsculas. Pueden pedir lo que quieran, desde caviar del Caspio hasta una hamburguesa de su cadena de comida rápida preferida.

Investigadores del Laboratorio de Alimentación y Marcas de la Universidad de Cornell (Estados Unidos) han aprovechado este hecho para indagar en la relación entre la última cena y la inocencia del ejecutado, al menos en su versión.

Para ello, analizaron lo que comieron 247 prisioneros en el corredor de la muerte que acabaron siendo ajusticiados. Como el índice de revisiones de su condena una vez muertos es muy bajo, usaron sus últimas palabras, las que pueden pronunciar antes de dejar este mundo, como indicador de su inocencia o culpabilidad.

Aunque la mayoría pidieron esa última cena, muchos otros la rechazaron. En concreto, el 92% de los que admitieron su culpabilidad, pidieron algo de comer. Pero, el 72% de los que se negaron a pedir algo especial su última noche, mantuvieron su inocencia hasta el final.

“Los que negaron su culpabilidad declinaron la última comida 2,7 veces más que aquellos que admitieron su culpabilidad, el 29% contra el 8% del total”, dice el psicólogo Kevin Kniffin, coautor del estudio. La base psicológica de estas dos opciones parece clara. Para los que mantienen su inocencia hasta el final, “aceptar la tradicional última comida implica un cierto consentimiento al proceso de ejecución”, explican en sus conclusiones. Por contra, los que han aceptado su culpabilidad, estarían en paz y quieren irse con un buen sabor de boca.

Esta idea se ve reforzada por el hecho de que los que habían reconocido su culpa y pidieron perdón antes de ser ejecutados, tendían a pedir comidas con mas calorías: 2.786 frente a las 2.085 del resto, un significativo 34% más. Una diferencia difícilmente atribuible al capricho o el azar. Un último dato ayuda a reforzar la tesis de los investigadores. Los que mantenían su inocencia pidieron, de media, menor número de alimentos de marcas reconocidas.

Así que, la última cena podría ser considerada un test de inocencia, o mejor, de autoinocencia de los condenados a muerte en Estados Unidos. “Sería una consecuencia exagerada de estos resultados que los jueces de apelación y gobernadores los tuvieran en cuenta en las apelaciones de última hora de los que rechazaron la última comida”, aclara Kniffin. La simple existencia de este estudio, podría en el futuro animar a los futuros habitantes del corredor de la muerte a rechazar este privilegio por interés y no por principios.

Sin embargo, como escribe en las conclusiones de su estudio, “nuestros hallazgos deberían ser más útiles para comprender y establecer la inocencia o la inocencia percibida de los que fueron ejecutados en el pasado”.

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