POLÍTICA
16/09/2015 07:23 CEST | Actualizado 16/09/2015 07:23 CEST

Daniel Innerarity: "No es verdad que todos los políticos hagan las mismas políticas"

Iñaki Porto

No deja de tener un punto arriesgado colocar una grabadora ante todo un señor filósofo, premio Príncipe de Viana de la Cultura 2013, para someterle a una batería de preguntas que no son tal, sino un listado de topicazos sobre política que todos hemos escuchado en conversaciones con amigos, en tertulias de televisión o, cómo no, en comidas con el ínclito cuñado.

Más aún cuando ese doctor en Filosofía es Daniel Innerarity y acaba de publicar La política en tiempos de indignación (Galaxia Gutemberg), un análisis y revisión de la idea que sobre la política tiene la sociedad de la crisis y las cenizas del 15 -M. Una propuesta para cambiar las ideas de los idiotas, término con el que se conocían en la antigua Grecia a los que no se ocupaban de los asuntos públicos.

O dicho en lenguaje mitad de andar por casa mitad el filosófico propio del autor: cómo refutar los cansinos argumentos del cuñado.

Todos los políticos son iguales

Detrás de esas críticas hay, aparte de una generalización injusta, un desprecio hacia la mayor parte de los políticos, que en el fondo es gente que no cobra, que pierde mucho tiempo y que tiene un trabajo poco agradecido, poco brillante. A veces nos quejamos de que los políticos, en realidad, acaban haciendo prácticamente lo mismo, propiciando que ya sea indiscernible la derecha y la izquierda. Sostengo que la distinción derecha-izquierda va a seguir existiendo, pero el conflicto social se va a pluralizar. No se va a fijar solamente en el asunto redistributivo clásico sobre el que se ha formado el antagonismo conservador-socialdemócrata, sino que va a poner en la agenda, ya ha puesto en la agenda, otro tipo de asuntos, como los derechos sociales de nueva generación o las cuestiones identitarias. No es verdad que todos los políticos hagan las mismas políticas.

Los términos izquierda-derecha ya no existen

Las diferencias son muy persistentes. Y el ejemplo más claro es que, a partir del 15-M, surge Podemos con una pretensión de transversalidad. Aspira, sobre todo en la segunda fase, a hacer irrelevante el eje derecha izquierda, y lo que desmiente esa pretensión es la aparición de Ciudadanos. Es decir, en el eje de la nueva política aparece una división radical entre una derecha y una izquierda. Podemos no es capaz de aglutinar la ola de indignación del 15-M en una sola clave partidaria.

No podemos definir ya derecha-izquierda con la simplicidad de otros momentos, por ejemplo mercado contra Estado. Hay derecha estatalista y hay derecha desreguladora. Hay una izquierda liberal y otra estatalista. En buena parte lo que está pasando es que, además del eje izquierda-derecha, hay otros ejes de identificación política sobre los cuales nos tenemos que posicionar. En Italia hay cuatro grandes partidos que sólo se entienden si tenemos en cuenta que hay un eje que es izquierda-derecha, sí, pero hay otro que es tecnocracia-populismo. Y hay un partido tecnocrático de derechas y un partido populista de derechas, al igual que un partido tecnocrático de izquierdas y un partido populista de izquierdas.

A la hora de configurar su identidad política, un ciudadano o hace un patchwork o es insincero. Nuestra identidad política será más de patchwork que de kit. Antes uno nacía con el kit político, deportivo, cultural. Nacía en el Bilbao de los años 50 y lo primero que tenía era el carné de socio del atleti, el manto de la Virgen de Begoña, el batzoki correspondiente… Y hoy en día lo que nos encontramos en la sociedad, y de lo cual yo me alegro enormemente, es a un Iñaki Williams que habla euskera muy bien o a personas de identidades muy poco previsibles. La sociedad está llena de gente rara. Cada vez somos más raros porque configuramos más nuestra identidad con dietas variadas. Lo digo muchas veces: hay que comer de todo. Y hay que leer al adversario. Pero este país es muy sectario y hay mucha gente que sólo come un producto, que se alimenta informativamente de un único producto. Esto hace imposible la transacción, el diálogo. No sólo político, sino con los cuñados [Risas].

Todos los políticos son unos corruptos

Hay que saber cómo funciona el mundo de la información y el de la política. Y el juego de unos y otros. De lo que tenemos noticia pública es de lo negativo. No estoy haciendo una crítica a los medios de comunicación, sino tratando de explicar por qué la política es una blaming game, un juego de comentarios negativos. Pocas alabanzas del adversario oímos en la política, y además no tendría mucho sentido. Generalmente lo que hay es crítica, oposición, alternativa, impugnación. Se subraya lo malo del otro. La política no se puede hacer de otra manera, y me parece muy positivo. Además, cuando la crítica sale bien tenemos escándalos que se descubren y se denuncian, la corrupción se conoce… Es decir, cosas que nos pueden llevar a un error de percepción, a pensar que esto va muy mal. Y yo propongo contraituitivamente que hagamos lo contrario: que nos alegremos cuando aparece una caso de corrupción. Porque la peor corrupción es la que no se ve, la que no se denuncia y no se sanciona. Y en muchos tiempos de la historia de este país hemos vivido así.

Votar no sirve para nada

Hace unos años estábamos muy preocupados con la desafección, el desinterés, la baja participación en las elecciones. Y realmente en la sociedad española se ha producido una repolitización en muy poco tiempo. Han subido los niveles de participación, de interés por las cuestiones públicas, de manifestantes… Y ahora estamos en una tercera fase en la que tenemos que conseguir que todo esto dé lugar a una transformación efectiva de la realidad política y social. En cada uno de esos períodos hay que hacer cosas distintas. Si en uno teníamos que intentar el compromiso cívico, si en otro teníamos que permitir el cauce de expresión de gente que tenía todo el derecho del mundo a hacerlo, probablemente ahora estemos ante una tarea más sutil que es cómo conseguimos como sociedad democrática que esto no sea un desahogo improductivo. Y por eso hay que ir a votar, hay que opinar, hay que configurarse una opinión propia bien informada, incluso hay que participar en política…. Y hay que entender de qué va la cosa. Si no hacemos el esfuerzo de intentar entender de qué va la cosa otros decidirán por nosotros.

Los diputados no trabajan

¡La tenemos cogida con el poder legislativo! ¿Por qué, tanto a la izquierda como a la derecha, cuando se nos ocurre una medida de austeridad en el sistema político lo primero que se viene a la cabeza son los pobres diputados y diputadas? Puestos a ahorrar se me ocurren otros muchos sitios. Un diputado socialista, [José Andrés] Torres Mora, escribió un artículo magnífico titulado Cambio coche oficial por asesor parlamentario. Y explicaba que le gustaría cambiar un coche oficial, que no tenía, por un documentalista que necesitaba para configurarse una opinión. Hay una gran contraste entre el tiempo, el saber, el acceso, el dinero, los medios de los que dispone un parlamentario, que es el que debe controlar al poder ejecutivo, respecto a los lobbies, que tienen una capacidad de influencia brutal.

Todos los políticos son incompetentes

La democracia no es un régimen en el que mandan los expertos, por principio. Hay un valor en que no nos manden los expertos, porque la política no tiene que ver con una objetividad ante la que deberíamos rendirnos. En la universidad nos interesa la verdad y, por eso, en nuestras discusiones siempre hay un punto de evidencia que pone fin a la discusión. En la política no. En la política hablamos de lo justo, de lo correcto, de lo oportuno. No sólo de lo verdadero. Y por tanto no estamos gestionando una evidencia. Por consiguiente, los que están en la política son personas que discuten hasta el agotamiento porque nunca habrá una objetividad que ponga punto y final a su discusión. En el siglo XVIII y XIX se criticaba a los políticos porque hablaban en vez de hacer. Y ahora nosotros la volvemos a repetir. Cuando hablar es una forma de hacer. ¡Qué peligrosa es una sociedad que considera que hablar tiene que ser sustituida por hacer!

No nos representan

Hay una ilusión en el mundo actual de inmediatez, de que las cosas están a nuestra disposición sin ninguna necesidad de mediación. Vivimos en un momento de crisis de la representación y de todas las profesiones que establecen una mediación. Preferimos un filtrador a un periodista, una ONG a un Gobierno, Wikipedia a un profesor… En este mundo, la idea de representación tiene que ser reconfigurada. Pero la representación no es, como se piensa muchas veces, un remedio para compensar el hecho de que la democracia directa no es posible. Tendríamos que pensar que la representación en vez de ser concebida como un mal remedio para una supuesta democracia directa, que sería lo magnífico, es un elemento fundamental para calibrar, deliberar acerca de nuestros intereses y construir la voluntad popular. Mejoremos la representación. Hay mil cosas que se pueden hacer a este respecto. Y hay gente que no nos representa bien. Pero pensar que los representantes son una mera correa de transmisión de intereses identificados y definidos exógenamente respecto del sistema político, es una manera muy torpe de entender cómo funciona la democracia. Yo defiendo una democracia deliberativa y, por tanto, una democracia en la cual yo no accedo al espacio público de discusión sabiendo perfectamente qué es lo que me interesa y qué es lo que quiero, sino que lo descubro en el contacto, en el diálogo con otros de manera conflictiva. Quizá no nos representan bien, pero alguien nos tiene que representar.

Yo soy apolítico

Las conductas llamada apolíticas favorecen un cierto tipo de políticas y favorecen a otro cierto tipo de políticas. Por tanto con esa actitud hay gente que se frota las manos y hay gente que se desespera. Basta con eso para entender que la neutralidad no es posible.

Hay que acabar con las puertas giratorias

Es verdad que hay una circulación obscena que va de las instancias de control a las instancias controladas. y eso está muy mal. Y hay muchas disposiciones para impedirlo, y tendríamos que habilitar alguna más. No puede ser que una persona que ha estado controlando un sector de la economía pase directamente a trabajar en ese ámbito. Ahora bien, al mismo tiempo es necesario que por el Parlamento pase gente activa en ciertos sectores profesionales. Porque eso es una manera de conseguir que sea un lugar en el que se gestione conocimiento, se sepa de los temas. Y eso no es posible si no pasan por ahí universitarios que saben de la universidad, empresarios que saben de la empresa, sindicalistas que saben del mundo laboral… Es bueno que el Parlamento sea un lugar de tránsito. Si ponemos muchas dificultades para ese tránsito vamos a un parlamento constituido por gente que no tiene nada que perder. Es decir: por funcionarios.

Al final los que mandan son los bancos

Es verdad que se ha acabado el tiempo de la política del ordeno y mando. Es verdad que el político no dispone ya de esa discrecionalidad que antes tenía y debe actuar en espacios de decisión compartidos. Un presidente del Gobierno ahora mismo tienen que construir mayorías internas que son muy complejas, con lo cual tiene que ceder mucho, está en medio de poderes de otro tipo, fundamentalmente económicos, y tiene pocos recursos. Estamos en espacios de interdependencia en los que las decisiones son siempre codecisiones, pero eso no significa que la política no exista, que no tenga ámbitos de elecciones, diferentes espacios y posibilidades. ¿Porque ya no podamos ejercer el poder de una forma jerárquica o soberana ya no tenemos ningún tipo de poder?

Los políticos improvisan

En entornos de complejidad y de aceleración como los que existen hoy y en los que hay que tomar decisiones políticas, la idea de planificación estratégica se ha convertido en un desiderátum casi inalcanzable. Y hay una buena parte de las decisiones políticas que tienen que ser tomadas con velocidad, agilidad y sin planes quinquenales que valgan. Hay una cuestión de equilibrio. Los agentes políticos tienen que recuperar capacidad estratégica reflexionando, anticipándose a los cambios, introduciendo un elemento de pensamiento en la vida polìtica, pero hay que saber que en los años venideros no es previsible una política sin un elemento de adaptación a un entorno tremendamente cambiante. Hay un modelo alternativo a esto, que es el modelo chino, si es que eso nos interesa especialmente. Los chinos han descubierto que la planificación estratégica es posible si no hay elecciones, si prescindimos de ese elemento de vulnerabilidad política que es contar de manera continua con la aceptación popular. En muchos países emergentes, en muchas escuelas de negocios y en ciertos sectores de los think tanks de la nueva derecha el modelo chino está empezando a tener sex appeal. O defendemos que la política tiene que ver con la gestión de un mundo muy cambiante de certezas con fechas de caducidad o vamos a tener una gran presión de otros modelos que son más bien de tipo autoritario.

Los políticos prometen y nunca cumplen

Como tenemos una desequilibro en virtud del cual las campañas pesan más que el Gobierno, de tal manera que nos dedicamos a ganar elecciones y luego nos preguntamos qué hacer con esas elecciones que hemos ganado, el escenario público está lleno de promesas, de expectativas que permiten el acceso al poder a gente que no ha reflexionado lo suficiente sobre qué hacer con el poder. Pensemos en el caso de Obama, dicho sea con todas las admiraciones que le tengo. El Obama candidato es tan bueno (no sé si ha habido alguno recientemente mejor que él) que el Obama gobernante es una decepción. Sólo puede defraudar. Yo recomiendo siempre a los políticos que manejen con cuidado las expectativas que suscitan. Es como Podemos, que decepciona incluso antes de empezar a gobernar. Estamos en un proceso de aceleración tal que los procesos de decepción se han acortado dramáticamente. Los carismas se desvanecen, las promesas se incumplen, lo nuevo aparece ya como viejo y la lógica de la moda se ha apoderado de la lógica de la política, por la que ésta ya es una cuestión de fashion, de temporada: Y, además, como la moda funciona como reposición de lo viejo eso da oportunidades a que lo viejo se recicle y vuelva a aparecer. Estamos en un ciclo infernal en el que no estaría de más recomendar serenidad.

Los políticos sólo saben discutir

Muchas veces el espacio público está lleno de exigencias contradictorias y muchas veces no caemos en la cuenta suficientemente de ello. Yo he oído a una misma persona y en la misma conversación la queja de que en el fondo los partidos terminan haciendo lo mismo y que, por tanto, da igual la izquierda de la derecha. Y diez minutos después he oído a esa misma persona defender que los partidos se tendrían que poner de acuerdo. Tenemos una desorientación tremenda… ¡En qué quedamos! En la política hay veces que sobra consenso y otras que falta disenso. O hay temas en los que sobra lo uno o sobra lo otro. Propongo que que como sociedad hagamos un ejercicio de reflexión que consista en poner en un papel tres, cuatro o cinco temas en los que necesariamente tenemos que ponernos de acuerdo —son pocos: la organización territorial, la política educativa y la relativa a la investigación, la sostenibilidad del Estado del bienestar— y el resto lo dejemos a la libre discusión. Hoy en día no se consigue una transformación en temas centrales que definen nuestros marcos de convivencia si no hay acuerdos amplios en los parlamentos y complicidad en la sociedad civil.

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